LUCRECIO


Roma-Italia, I 99 a. C. - 55 a. C.

VICTORIA DE EPICURO SOBRE LA RELIGIÓN


Cuando la humana vida a nuestros ojos
oprimida yacía con infamia
en la tierra por grave fanatismo,
que desde las mansiones celestiales
alzaba la cabeza amenazando
a los mortales con horrible aspecto,
al punto un varón griego osó el primero
levantar hacia él mortales ojos
y abiertamente declararle guerra:
no intimidó a este hombre señalado
la fama de los dioses, ni sus rayos,
ni del cielo el colérico murmullo.
El valor extremado de su alma
se irrita más y más con la codicia
de romper el primero de los recintos
y de Natura las ferradas puertas.
La fuerza vigorosa de su ingenio
triunfa y se lanza más allá de los muros
inflamados del mundo, y con su mente
corrió la inmensidad, pues victorioso
nos dice cuáles cosas nacer pueden,
cuáles no pueden, cómo cada cuerpo
es limitado por su misma esencia:
por lo que el fanatismo envilecido
a su voz es hallado con desprecio;
¡nos iguala a los dioses la victoria!

ELOGIO DE EPICURO
(Fragmento)

Los hombres se arrastraban torpemente
por tierra, derrotados bajo el peso
terrible de la Fe, que desplegaba
su rostro amenazante entre las nubes,
buscando horrorizar a los mortales,
cuando un hombre de Grecia fue el primero
que osó desafiarla y que sostuvo
con sus ojos mortales su mirada.
Ni la fama divina, ni los rayos,
ni el cielo con bramido amenazante
pudieron detenerlo, sino que
más fuerte espolearon su deseo
de hacer saltar los goznes de las puertas
del Mundo Natural por vez primera.
Su espíritu venció, vívida fuerza
que, yendo más allá de las murallas
de fuego de este mundo, recorrió
el Todo inmensurable, en mente y alma.
Y desde allí nos muestra, victorioso,
qué nace, qué no nace, en fin, las leyes
que dan poder y límite a las cosas.
De modo que la Fe yace rendida
y el hombre, vencedor, asciende al cielo.



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