LEONARDO SCIASCIA


Racalmuto, Agrigento-Italia, 1921 - Palermo, 1989

LOS MUERTOS

Los muertos se van, en el coche negro

incrustado de fúnebre oro, al ritmo lento
de los caballos, y muchas veces
la banda suena por ellos.
A su paso, las mujeres se apresuran
a cerrar las ventanas de la casa,
se cierran los negocios: apenas una hendija
para ver el dolor de los parientes,
el número de amigos que acompañan,
la clase del coche, las coronas.
Así se van los muertos, en mi tierra;
ventanas y puertas cerradas, para implorarles
que pasen de largo, que ignoren
a las mujeres ocupadas en las casas,
al tendero que pesa y roba,
al niño que juega y odia,
a los ojos vivos que se agitan
detrás del engaño de las puertas cerradas.

LA NOCHE

La noche cae ciega sobre las casas.
En ella queda de nuestra vida
un calco atroz: el último rostro nuestro
en la última noche del mundo.

BAILARINAS EN EL TREN
Llevan polleras largas, bufandas
arcoiris — y se abandonan cansadas,
estiran las piernas en los asientos.
Lamentan la cuenta del hotel,
el apuro de la partida, el sueño
cortado al alba.
Sus nombres — Mónica, Marisa —
tienen el triste brillo de las perlas
que las muchachas compran en las ferias.
Pobres, locuaces golondrinas que migran
de un desierto a un desierto,
golondrinas cansadas sin primavera.

Cierran los ojos; un frío
velo de sueño cubre sus rostros,
aflora una infancia de dolor: blanca,
apenas viva en el aliento
sobre el iris chillón de las bufandas.

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