MILOSZ CZESLAW


Šeteniai, Lituania, 1911 - Cracovia - Polonia, 2004


ENCUENTRO


Estuvimos paseando a través de los campos 
en un vagón al amanecer.
Una herida rosa roja en la oscuridad.

Y de pronto una liebre atravesó la carretera.

Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace tiempos. Hoy ninguno de ellos está vivo,

Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán.




Oh, amor mío, dónde están ellos, a dónde han ido?
El destello de una mano, la línea de un movimiento, 
el susurro de los guijarros.
Pregunto no con tristeza, sino con asombro.


Versión de Rafael Díaz Borbón


UN POEMA PARA FINAL DE SIGLO

Cuando todo estaba bien

Y el concepto de pecado había desaparecido 
Y la tierra estaba lista 
En paz universal 
Para consumir y disfrutar 
Sin dogmas y utopías, 


Yo, por razones desconocidas, 

Rodeado por los libros 
De profetas y teólogos, 
De filósofos, poetas, 
Buscaba una respuesta, 
Frunciendo el ceño, gesticulando, 
Caminando de noche, refunfuñando al amanecer. 


Lo que me oprimía en demasía 

Era un poco vergonzoso. 
Hablando de ello en voz alta 
No mostraría ni tacto ni prudencia. 
Podría incluso parecer un agravio 
En contra del bienestar de la humanidad. 


¡Ay de mí!, mi memoria 

No quiere dejarme 
Y en ella, la vida comienza 
Cada una con su propio dolor, 
Cada una con su propio morir, 
Con su propia turbación. 


¿Por qué entonces la inocencia 

En playas paradisíacas, 
Un cielo impoluto 
Sobre la iglesia de la higiene? 
¿Será porque eso 
fue hace mucho?


A un hombre santo 

-Así dice un cuento árabe- 
Dios le dijo con maldad: 
"He revelado a tu pueblo 
Cuán gran pecador eres, 
Ellos no te podrán alabar." 
"Y yo", contestó el devoto, 
"Les he descubierto a ellos 
Cuán misericordioso eres, 
Ellos no se preocuparán por ti." 


¿A quién recurriría 

Con asunto tan oscuro 
De dolor y también de culpa 
En la estructura del mundo, 
Si ninguno aquí abajo 
O allá arriba en las alturas 
Puede abolir 
La causa y el efecto? 


No piensen, no recuerden 

La muerte en la cruz, 
Aunque cada día Él muera, 
El único, el siempre-amado, 
Aquél que sin necesidad alguna 
Consintió y permitió 
Existir a todo lo que es, 
Incluyendo las garras de tortura. 


Completamente enigmático 

Enredo imposible. 
Mejor dejar de hablar aquí. 
Este lenguaje no es para personas. 
Bendita sea la jubilación. 
Vendimias y cosechas. 
Aun si nadie 
Tiene la serenidad garantizada.


Versión de Luis Ignacio Sáinz


ELEGÍA PARA N.N.

Si es demasiado lejos para ti, dilo.

Habrías podido correr sobre las pequeñas olas del Báltico,
atravesar el campo de Dinamarca, la floresta de hayas,
virar hacia el océano, y ya está, cerca,
el Labrador, blanco en esta estación del año.
Tú, que soñabas una isla solitaria,
si temes las ciudades, el parpadeo de los fuegos sobre las autorrutas,
habrías podido tomar el camino de los bosques sordos,
sobre torrentes revueltos y azules, y rastros del ciervo y del reno,
hasta las Sierras, hasta las minas de oro abandonadas.
El Río Sacramento te habría llevado entonces,
por entre las colinas recubiertas de encinas espinosas. 
Todavía un bosque de eucaliptos, y estarás en mi casa.


Es cierto, cuando la manzanita florece, 

y la bahía es azul en las mañanas de primavera,
yo pienso a mi pesar en la casa entre lagos
y en las redes recogidas bajo el cielo Lituano.
La cabaña donde te despojabas de tu traje antes del baño
se cambió para siempre en un cristal abstracto.
Y en él está la oscura miel de la tarde, junto al balcón,
y las pequeñas lechuzas, graciosas, y el olor de los arneses.


Cómo podíamos vivir entonces, yo no puedo decirlo.

Las costumbres, los trajes, vibran imprecisos,
inconsistentes, tensos hacia el final.
Es tal vez que pensábamos en las cosas tal como son?
El saber de los años fogosos ha enrojecido los caballos ante la forja,
y las pequeñas columnas en el mercado de la aldea,
y los peldaños de madera y la peluca de Mamá Fliegeltaub.


Mucho hemos aprendido, tú bien lo sabes:

cómo nos es quitado, cosa por cosa, todo aquello que no podía ser, 
la gente, las comarcas.
Y el corazón no muere cuando uno creyó que debería,
pero sonreímos, el té y el pan sobre la mesa.
Sólo el remordimiento de no haber amado como se debe
esa pálida ceniza de Sachsenhausen
con un amor absoluto, que no está a la medida del hombre.


Tú te has acostumbrado a nuevos inviernos, húmedos,

a la ciudad donde la sangre del propietario alemán 
fue raspada de los muros, y a donde él jamás regresó.
Tampoco yo he llevado más de lo que podía, ciudades y país.
No se puede entrar dos veces en el mismo lago,
sobre hojas descompuestas de abedul,
y quebrando una estrecha estría de sol.


Tus faltas y las mías, no fueron grandes faltas,

tus secretos y los míos, no eran grandes secretos.
Cuando te anudan la mandíbula con un pañuelo,
cuando te ponen una cruz entre los dedos,
y a lo lejos un perro ladra, brilla una estrella.


No, no es porque estés tan lejos

que no has venido el otro día, la otra noche.
De año en año madura en nosotros y nos invadirá,
yo, como tú, lo he comprendido: la indiferencia.


Berkeley, 1963
Versión de William Ospina

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