ALEXANDER PUSHKIN


Moscú, Rusia 1799-1837



ESTANCIAS

       Cuando vago por calles tumultuosas, 
cuando penetro en un templo colmado 
o me siento entre jóvenes dementes, 
me entrego a mis ensoñaciones. 
 
       Me digo: pasarán los años, 
y cuántos de todos los que estamos aquí 
descenderemos bajo la bóveda eterna, 
y tal vez la hora de alguien está cercana ya. 
 
       Si miro a un roble solitario, 
pienso: patriarca de los bosques, 
sobrevivirás mi siglo, destinado al olvido, 
como sobreviviste el siglo de mis padres ya. 
 
       Si acaricio a un niño dulce, 
le digo: ¡Adiós! Te cedo mi sitio. 
Para mí es tiempo ya de marcharme; 
para ti, de florecer. 
 
       Suelo seguir con mi pensamiento 
cada día y cada año 
tratando de adivinar entre ellos 
la cita de mi muerte por llegar. 
 
       ¿Dónde el destino me dará la muerte? 
¿En la batalla, en un viaje, entre las olas? 
¿O el valle de la vecindad 
recibirá mis restos fríos? 
 
       Aunque sea igual para el cuerpo insensible 
el lugar donde se descomponga, 
cerca del ámbito querido 
me gustaría descansar. 
 
       Dejad que juegue la vida joven 
a la puerta del sepulcro, 
y que la naturaleza indiferente 
luzca su hermosura eterna.

A...


(Kern)*


Recuerdo aquel instante prodigioso
en el que apareciste frente a mí,
lo mismo que una efímera visión
igual que un genio de belleza pura.

En mi languidecer sin esperanza,
en las zozobras del ruidoso afán,
tu tierna voz se oyó en mi largo tiempo
y soñaba con tus divinos rasgos.

Transcurrieron los años. La agitada
tormenta dispersó los viejos sueños
y al olvido entregué tu tierna voz
así como tus rasgos celestiales.

En cautiverio oscuro y tenebroso
mis días en silencio se arrastraban,
sin la deidad y sin la inspiración,
sin lágrimas, sin vida, sin amor.

Mas ahora que el despertar llegó a mi alma,
y de nuevo apareces ante mí,
lo mismo que una efímera visión
igual que un genio de belleza pura.

Y el corazón me late arrebatado
porque en él nuevamente resucitan
La inspiración y la divinidad
y la vida, y el llanto y el amor.

*Anna Pyetróvna Kem (1800-1879)
Versión de Eduardo Alonso Duengo

YO LA AMÉ

Yo la amé,
y ese amor tal vez,
está en mi alma todavía, quema mi pecho.
Pero confundirla más, no quiero.
Que no le traiga pena este amor mío.
Yola amé. Sin esperanza, con locura.
Sin voz, por los celos consumido;
la amé, sin engaño, con ternura,
tanto, que ojalá lo quiera Dios,
y que otro, amor le tenga como el mío.


1829


Versión de Rubén Flórez Arcila


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