KATHERINE MANSFIELD


Wellington, Nueva Zelanda, 1888 - Fontainebleau, Francia, 1923




FUEGO DEL INVIERNO


Invierno afuera, pero en el cuarto cortinado
Sonrojada hasta la belleza por el fuego que flamea 
Aislada de la fealdad de la calle por postigos y persianas 
Una mujer está sentada -las manos rodeando las rodillas 
Inclinada hacia adelante... 
Sobre su pelo suelto 
La luz del fuego teje una trama de oro brillante 
Quema su boca pálido con apasionados besos 
Envuelve su cuerpo cansado en caliente abrazo... 
Apoyadas contra el guardafuego sus botas empapadas 
Humean, y colgadas de la cama de hierro
Su chaqueta y su falda -su sombrero marchito y desastrado. 
Pero ella es feliz. Acurrucada junto al fuego 
Todos los recuerdos del día gris y penumbroso 
Se reducen a nada, y ella olvida 
Que afuera en la calle la lluvia que cae 
Embarra la vereda hasta un grasoso pardo. 
Que, en la mañana debe empezar de nuevo 
Y otra vez buscar lo que no vendrá – 
No siente esa desesperación insana 
Que se filtra en sus huesos durante el día. 
En sus grandes ojos -Cristo querido- la luz de los sueños 
Se demoró y brilló. Y ella, otra vez una niña, 
Vio imágenes en el fuego. Aquellos otros días 
La casa amplia, los cuartos frescos dulcemente perfumados 
Los retratos en las paredes, y cuencos chinos 
Llenos de 'pot pourri'. En su mecedora 
El almohadón bordado con su nombre – 
Vio otra vez su dormitorio, muy desnudo
La colcha azul trabajada con margaritas blancas y doradas 
Donde dormía, sin sueños...
... Abriendo la ventana, desde el jardín recién segado 
El aroma fragante, fragante del pasto perfumado 
Las lilas lanzando en el aire brillante 
Sus penachos de púrpura El saúco 
Sus capullos como manos pálidas entre las hojas 
Temblando y oscilando. Y, Oh, el sol 
Que con su beso vuelve a darle calor y vida 
Así que es joven, y extiende los brazos...
La mujer, acurrucada junto al fuego, se mueve inquieta 
Suspira un poco, como una niña con sueño 
Mientras las rojas brasas se deshacen en gris...
De pronto, de la calle, una explosión de sonido,
Un organillo, giró y chirrió & resolló
La ebria, el hipo bestial de Londres.



TE DE MANZANILLA


Afuera el cielo está encendido de estrellas
Un hueco bramido llega del mar
¡Y qué pena las pequeñas flores del almendro! 
El viento estremece el almendro.

Nunca imaginé un año atrás
En aquella horrible casucha en la ladera 
Que Bogey y yo estaríamos sentados así 
Tomando una taza de té de manzanilla.

Leves como plumas vuelan las brujas
El cuerno de la luna es fácil de ver
Sobre una luciérnaga debajo de un junquillo 
Un duende tuesta una abeja.

Podríamos tener cinco o cincuenta años 
¡Estamos tan cómodos, juiciosos, cercanos! 
Bajo la mesa de la cocina 
La rodilla de Jack oprime la mía.

Pero los postigos están cerrados el fuego está bajo
Gotea la canilla con suavidad
Las sombras de la olla en la pared
Son negras y redondas y fáciles de ver.



EL ENCUENTRO



Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
Las lágrimas subían a mis ojos 
Pero no podía llorar 
Deseaba tomar tu mano 
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban P
ara nuestro próximo encuentro 
Pero las dos sentíamos en el corazón 
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­
Escucha, dije, es tan fuerte 
Como el galope de un caballo en un camino solitario 
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche. 
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones. 
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí 
Está aquí para siempre'.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.



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