RUBÉN BONIFAZ NUÑO


Veracruz-México, 1923

A TU PUERTA LLAMÉ. NO ESTABAS


A tu puerta llamé. No estabas.
Aspas de viaje te arrancaron.
¿Quién volverá cuando regreses?
Viento sin recuerdos, en la noche
se envuelve de inútiles presagios.

Dicen que la vida prosigue.
Entre nieves remotas, luces
que desconozco, abro los brazos
-lazarillos a ciegas-; busco.

Desde aquí, junto a la oreja sorda
amo en secreto, y enmudezco.
Dicen que la vida no perdona.
A tu puerta llego, y sin mirarte,
maravillado te contemplo.

¿Regresaste, vives, te escondiste?
Frente a tu casa silenciosa
-pienso que estás-, no llamo. Espero.
Y pasa la vida, y se detiene.

ALBUR DE AMOR


En el vértigo del pozo angélico
gira y echa flor en los desiertos
de la sal, y les procura puertas
y pájaros cálidos y frutos.
Nueva, la carne se acrisola
bajo la estéril costra; humea
la ciudad corrompida: antorchas
y granizo de azufre. Y sigue
la derrota de mis fantasmas
en su remolino de cegueras.

Y en lo que no puede comprenderse
ejerzo ahora las palabras.

Yo, el desterrado; yo, la víctima
del pacto, vuelvo, el despedido,
a los brazos donde te contengo.

De rodilla a rodilla, tuyas,
la palma del tenaz espacio
se endominga y tensa su llamado:
su noble cielo de campanas,
su consumación en la sapiencia,
su bandera común de espigas.

Y el tacto mira, y en sus ojos
se inscriben hechos memorables
a salvo de ayer y de mañana.

Envejece inútil el castigo
a lo lejos, mientras tú, de estrenos,
suavizas tus misterios vírgenes,
la migración de tus arroyos
placenteros, tus racimos trémulos.
Yo errante y vivo, te conozco.

Tú, la estatua blanca, establecida
en el centro que no se muda;
la sal asombrosa del incendio,
el horno sagrado de estar viva.

La ciudad pequeña, tú, mi puerto
de tierra adentro; sembradora
de claros jardines, habitada.

Depuesta por las llamas últimas
sobre las playas de ceniza,
tú, milagro de la estrella fósil,
o pasmo de moldes interiores
en el caracol de tibia púrpura,
o perfecto mascarón de proa
en el tajamar erosionado.

Y con qué exigencias me reclamas;
me enriqueces con qué trabajos;
a qué llamados me condenas.

Cuando un girar de golondrinas
arteriales, se transparenta
por entre estériles desiertos; rige
lo incomprensible en las palabras;
cobra el fruto ansiado de las puertas
con los cerrojos descorridos.

ALGO SE ME HA QUEBRADO ESTA MAÑANA

Para Abril Boliver


Algo se me ha quebrado esta mañana 

de andar, de cara en cara, preguntando 
por el que vive dentro. 

Y habla y se queja y se me tuerce 
hasta la lengua del zapato, 
por tener que aguantar como los hombres 
tanta pobreza, tanto oscuro 
camino a la vejez; tantos remiendos, 
nunca invisibles, en la piel del alma. 

Yo no entiendo; yo quiero solamente, 
y trabajo en mi oficio. 
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa 
y todo, nuestra vida es nuestra. 
Pero cuánta furia melancólica 
hay en algunos días. Qué cansancio. 

Cómo, entonces, 
pensar en platos venturosos, 
en cucharas calmadas, en ratones 
de lujosísimos departamentos, 
si entonces recordamos que los platos 
aúllan de nostalgia, boquiabiertos, 
y despiertan secas las cucharas, 
y desfallecen de hambre los ratones 
en humildes cocinas. 

Y conste que no hablo 
en símbolos; hablo llanamente 
de meras cosas del espíritu. 

Qué insufribles, a veces, las virtudes 
de la buena memoria; yo me acuerdo 
hasta dormido, y aunque jure y grite 
que no quiero acordarme. 

De andar buscando llego. 
Nadie, que sepa yo, quedó esperándome. 
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo 
y pienso en esta vida que no es bella 
ni mucho menos, como dicen 
los que viven dichosos. Yo no entiendo. 

Escribo amargo y fácil, 
y en el día resollante y monótono 
de no tener cabeza sobre el traje, 
ni traje que no apriete, 
ni mujer en que caerse muerto. 

AMIGA A LA QUE AMO: NO ENVEJEZCAS


Amiga a la que amo: no envejezcas.
Que se detenga el tiempo sin tocarte;
que no te quite el manto
de la perfecta juventud. Inmóvil
junto a tu cuerpo de muchacha dulce
quede, al hallarte, el tiempo.

Si tu hermosura ha sido
la llave del amor, si tu hermosura
con el amor me ha dado
la certidumbre de la dicha,
la compañía sin dolor, el vuelo,
guárdate hermosa, joven siempre.

No quiero ni pensar lo que tendría
de soledad mi corazón necesitado,
si la vejez dañina, prejuiciosa
cargara en ti la mano,
y mordiera tu piel, desvencijara
tus dientes, y la música
que mueves, al moverte, deshiciera.

Guárdame siempre en la delicia
de tus dientes parejos, de tus ojos,
de tus olores buenos,
de tus brazos que me enseñas
cuando a solas conmigo te has quedado
desnuda toda, en sombras,
sin más luz que la tuya,
porque tu cuerpo alumbra cuando amas,
más tierna tú que las pequeñas flores
con que te adorno a veces.

Guárdame en la alegría de mirarte
ir y venir en ritmo, caminando
y, al caminar, meciéndote
como si regresaras de la llave del agua
llevando un cántaro en el hombro.

Y cuando me haga viejo,
y engorde y quede calvo, no te apiades
de mis ojos hinchados, de mis dientes
postizos, de las canas que me salgan
por la nariz. Aléjame,
no te apiades, destiérrame, te pido;
hermosa entonces, joven como ahora,
no me ames: recuérdame
tal como fui al cantarte, cuando era
yo tu voz y tu escudo,
y estabas sola, y te sirvió mi mano.

COMO RUMOR DE MUCHEDUMBRE


Como rumor de muchedumbre, o ruido 
de torrentes huyendo, se construye, 
sobre el silencio del durmiente, 
el silencio de afuera: el que levantan 
los dispuestos en cerco, los que miran 
despertando sus armas en tu contra. 

Herencia mía, mi plegaria, 
hembra fundada en extensiones 
hostiles, respirando entre insidiosos 
oleajes de ahogo, desarmada. 

Ciudad encomendada a mi vigilia, 
a salvo junto a mí, con su riqueza 
de cuerpos maternales, y de enfermos 
tiernamente guardados, 
y de suntuosas luces coronadas 
y de manos de huérfanos en sueños. 

Voy y vengo delante 
de ti, sobre mis pasos, en tu orilla, 
cómplice de tu cuerpo silencioso; 
soy, en tus bordes, atalaya 
que te cubre de lejos; voz velando, 
llamando, transmitiendo 
su noticia nocturna 
de centinela sobre el muro. 

No para ti los perros de la furia 
ni los enrojecidos 
humeantes jinetes al asalto; 
no la puerta rajada, ni el relámpago 
de la espada en la alcoba, 
ni el temblor de las sábanas terribles 
bajo la violación, ni los gemidos. 

Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto 
mi corazón. Clavado a la mirada 
mía, y a mis pasos, 
y al grito de mi boca, y a mi oreja.

DESDE SU NUDO A CIEGAS


Desde su nudo a ciegas, desde
su ramazón violeta, suena
encogida en su hervor la sola
fuente del conjuro que te llama.
Tú, palabra antigua, bajo el lirio
del vientre de la noche sabes
lo que no soy; desde lejanos
nombres como ciudades, vienes;
como pueblos de alas retenidas
vienes; como bocas no saciadas.

Mañana espacial entre despojos
nupciales; lecho reviviente
del amor de ramas libertadas
sobre la herrumbe de otras hojas;
juicio universal de cada instante.
Del tiempo matinal emerges
con terrestre peso de estaciones
al sol; en mi cuerpo te alimentas;
orden de vida restableces
en mi corazón desengranado

ESTA NOCHE DE TRENES


Esta noche de trenes, 
de poblaciones emigrando, 
de corporales sueños, de violadas 
respiraciones en la arena 
movediza del viaje, lo recuerdo. 
(Fue, tal vez, necesario el incipiente 
amor; callar a solas con extraños, 
y las cosas más tiernas, 
mientras la boca se endurece 
y una crecida barba, de cadáver 
reciente, me prolonga.) 

Y sin embargo, cuántas veces 
te habrán reconocido; por los ojos, 
o por la ausencia que dejaste; 
por el cabello sobre el hombro, al irte, 
y el andar que descubre lo que eras. 

Pues sé que nos pusieron, 
al nacer, otro nombre, y un camino 
que recorrer, y un tren para el camino. 

Un tren sonámbulo que huye, 
en dirección opuesta, irreversible, 
de los que cruzan ya perdidos; 
por un saludo heridos ya de muerte, 
marcados para siempre, señalados; 
buscadores de un signo en la mazorca 
muchedumbre de rostros. 

Y todo esto sin falta, aconteciendo; 
todo pasando, 
todo viniendo y alcanzando y yéndose. 

Amiga, no me olvides; no me olvides, 
amigo; no te pierdas, espérame. 

Como a la máscara del baile, 
vengo de lejos a ocupar mi cara; 
por detrás y en silencio, a mis balcones 
lacrimales, al sabor de mi boca, 
al olor de las cosas que esperabas. 

Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, 
a donde quiero, de estas últimas 
lentas horas de viaje que termina; 

sombra larguísima, pantano 
de silbatos, de ruedas que repiten 
su palabra distinta a cada uno; 

estaciones mendigas, como fechas 
alumbradas apenas, donde duele 
lo que se aprende dormitando. 
No me olvides, espérame. 

Yo, el de las cartas sin destino; 
el de palabras no creídas, 
el que siembra en lo oscuro, te lo pido.

HAZ QUE YO PUEDA SER, AMOR, LA ESCALA
Haz que yo pueda ser, amor, la escala
en que sus pies se apoyan, el torrente
de luz para su sed, o, suavemente,
el cauce en que su vida se resbala.

Sólo soy un espejo para el ala
de un ángel dividido, que así siente
que le soy necesario, y dulcemente
a mi dolor su claridad iguala.

Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.
No escala, luz ni cauce, en que pudiera
subir, brillar, o transcurrir ligera.

Únicamente el sueño de un espejo
mudo a veces, y opaco, en donde anida
la imagen solitaria de su vida.

HOY, PORQUE NO QUIERO ENTRISTECERTE


Hoy, porque no quiero entristecerte,
no has de llevarme a donde quieras;
en marchita cuna está meciendo
a tu ajeno corazón el alma.

Bajo el tiempo enraízan los pesares
viejos, cansados ya de serlo;
ni con el tiempo, aunque te olvide,
se desaparecen; no me dejas.
Tú sin conciencia; tú, sin pena,
de esta muerte vienes a apartarme.

Llevado por la mala, canto,
para contentarte, cosas míseras;
sólo por venir a verte, vengo.

-Ya no sufras, corazón; a nadie
le va a importando lo que alumbras;
fuera mejor que te apagaras,
mejor que se acabara esta querencia.-

Desvelado, te sueño; insomne
me apasiono por soñarte sola.
Y se me cargan la premiosa
verdad, y la cantina espesa,
y los licores del recuerdo.

Tú me das en qué pensar. Y mientras
yo pienso, puedes tú reírte.
Vas a vivir sin mí. Ya alguno
te dice -y mejor- lo que te dije.
Tú, como nueva; tú, sin pena.
Y no negaré que te he querido.

En tu lección de despedidas,
aprendo cuanto soy. Decrépito,
cabizbajo y sin llorar, me miro
en los agujeros del zapato.
De agujeros en mi espejo ahora.

Desencordado y sin guitarra,
hago segunda a tus adioses
con mi desgracia. Estás conmigo.

Hablo nada más por darte el gusto
de ver cumplidas mis habladas.
Al otro lado de este puente
roto, de esta puerta clausurada.
Y me hago el dormido, porque quiero
pensar que no vuelvo a despertarme.

Un orgullo tan sólo tengo:
no me encontrarán cuando me busquen
de espaldas, porque estoy de frente.

NINGÚN OTRO CUERPO COMO EL TUYO
Ningún otro cuerpo como el tuyo
vino a salir sobre la tierra, 
porque él es tú. Domingo diario, 
simposio y lecho y mesa puesta
para los sentidos no platónicos. 

Sin verte ni oírte, voy formándole
el molde de un instante tuyo; 
el estuche justo, tu morada. 
Espacio puro, impenetrable, 
donde guardarlo aprisionado.

Siguiendo los innumerables
peldaños infinitesimales
de tu olor, bajando y ascendiendo,
las superficies reconozco, 
maravilladas, de tu cuerpo.

Hueles a escollo soleado,
a huertas en la sombra, a tienda
de perfumes; a desierto hueles,
tierra grávida, a llovizna; 
a carne de nardo macerada, 
a impulsos de ansias animales.

Y cada aroma halla respuesta
en un sabor que lo sostiene, 
y el regusto de la sal, el agrio
del fruto en agraz; dulcísimo,
el del fruto maduro y pleno, 
el amargor donde floreces, 
mezclándose, ardiendo, disolviéndose,
hacen de ti un sabor; el único
sabor, el que te vuelve en suya.

Y con él completo la armadura
del perfecto espacio: tu recinto
inequívoco, el sitio de ti misma.

YO SEGUIRÉ CANTANDO, TÚ HABRÁS MUERTO
Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto.
Habré yo muerto y seguiré cantando.
Ha de sonar mi voz de vida, cuando
la muerte en celo me haya descubierto.

Como surgidas del sepulcro abierto,
mis palabras; en ellas, abrasando,
irá este amor, hoy pasajero y blando;
entonces ya, definitivo y cierto.

Y nosotros, ya entonces, ni siquiera
huesos ni polvo ni recuerdo, juntos
estaremos. Es triste nuestra vida.

Sólo mi voz hará la primavera
que quisimos; los cálices difuntos
que arderán con tu nombre y su medida.

http://amediavoz.com/bonifaz.htm

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