CLEMENTE LÓPEZ TRUJILLO



Mérida, Yucatán - México, 1905 - 1981

FERIA DE FRUTAS Y OTROS POEMAS 2

Sentido Frutal 
este color, estos matices, estos 
alborozos de luz en la bandeja pronta; 
estas frutas danzando 
en mis ojos y en mi boca. 

Conocimiento del sentido frutal 
arraigado en mi alma rumorosa… 
penden de mis caricias los racimos 
de las uvas utópicas. 

Nervios dorados de la vida, 
cuerdas aladas, fértiles, gozosas 
de las frutas danzando 
en la feria cordial y honda. 

Alegría en lo alto de la feria, 
en lo más alto de la feria toda: 
las estrellas, las estrellas 
en el pulso invisible de la sombra. 

Luz en la luz, más luz, 
en esta soledad mía, tan lógica 
en esta soledad en que no hay nada 
de nadie, sí de mí… Y esta congoja 
de la luz en la punta de mis dedos 
que humedecen al tacto de las frutas redondas. 

Oh, mis frutas, las frutas 
mías, en mi canción. Mis locas 
frutas, este sentido de los colores 
de su carne en la carne de mis prosas. 

Piña 

Así, con tu epidermis trascendental, 
y tus crestas de esmeralda, 
y los pezones de tu superficie, 
juegan mis manos enguantadas 
al ajedrez del gozo en tu tablero 
donde se me desnudan, sin sentirlo, las damas. 

Mamey 

Llameante es su carne maciza 
-raza roja en las manos del héroe-. 

Su pulpa casi revolucionaria 
eclosiona en la boca del poeta. 

En el crucero fértil de todos los caminos 
donde se dan la mano las ideas 
-la Poesía y la Revolución-. 

Extracto del poema “El Venado” 
12 

Amanece en la tierra y amanece 
en mí y en esta noche de mi alma. 
(Después de tantos siglos estoy solo 
y nada me acompaña sino el viento.) 

Amanece en la tierra… 
la vida es como un júbilo redondo 
que hiende carnes con gozosos clavos. 

Esto está bien arriba, pero abajo, 
en este debajo de la sed que llueve 
menuda y pertinaz, trágicamente, 
el indio su fuego alimenta 
y bebe su maíz en anchas jícaras, 
y vive y muere y muere y se levanta. 

Y yo estoy escuchándome en el viento 
que me regala su amistad de piedra 
grande en la que el venado se hace inmenso 
de soledad con sol y con estrellas, 
de soledad de hombre que aparece de pronto 
deportistas de sangre en la selva. 

TE AMO EN TRES PALABRAS

Te amo en la plenitud de mi tristeza, 
en la boca esperada y en espera, 
en las manos que tiemblan y se rompen 
de eternidad en el contacto, 
y en los huesos del alma de Dios estremecido. 

Terriblemente, irremediablemente 
te amo hasta quemarme y consumirme, 
hasta caer en gotas y relámpagos, 
hasta decir: “Dios mío, todavía 
me queda un corazón y un dulce aliento 
para vivir en ti dándote muerte”. 

Te amo en esta hora 
de tu boca diciéndome: “no quiero”, 
y tus ojos: “el tiempo es de nosotros”, 
y tus manos: “qué bien, eres ya mío”. 

Te amo con dolor y hambre del mundo 
y con estas palabras de mi júbilo. 

He dicho ya cómo te amo, ¡oh mía! 
pero no he dicho nada todavía. 

Te amo en el invierno de mi otoño 
y en las seis estaciones de mi sangre. 

Te amo en maya de mi tierra 
pero con la gramática paloma 
-nervios del corazón en el espíritu- 
y grácil madurez de la amapola. 

Te amo yo, te amo yo… Te amo 
en el avión correo trasatlántico, 
en las máscaras indias y los peces sombríos, 
en el verde remoto de las jades 
y en el azul de la obsidiana mística. 

Te amo con mi vida en una fuga 
de venados que danzan y cristales, 
y con jugo de fruta en vasos bíblicos 
de melón y con su sangre de la tierra. 

Te amo con un verde y con un rojo 
que se quiebran en ti por los perfectos; 
con el verde Fray Luis que le nacía 
del alma y en el campo lo ponía; 
y con el otro verde García Lorca 
que lo decía verde y lo quería. 

Con un rojo tan rojo envejecido 
de verse rojo hasta la nieve Góngora, 
que amanece la noche en las alondras. 

Te amo en estos pájaros sin alas 
que dicen rosas los que entienden olas, 
o pájaros con alas que no vuelan 
o alas nada más que no se mueven, 
y si movidas por el aire, quedan 
volando aprisa en la ilusión del tallo, 
tallo motor en el florero, y cantan 
todos los pulmones de las hojas. 

Qué bien estoy cuando te amo en estas 
frutas amigas de tu gozo lento; 
guanábanas fáciles al gusto 
muy señoras cuando están de fiesta. 

Pero tú no conoces la guanábana 
sino por fotográfica dialéctica, 
con un trópico casi conmovido 
por árboles extraños y paisajes con prisa. 

Dicen que los paisajes son estados 
del alma, pero un árbol tiene siempre 
su alma gravitando en el paisaje, 
y así, las almas, árbol y paisaje 
se entrelazan y gritan con mi sangre 
-esta manera de gritar tan mía- 
que yo te amo en un estado de almas 
que viven con su muerte mi amor desesperado… 

Oh, pero yo te amo, yo te amo 
en su sorbo de música surtida 
de guanábana cósmica, quemada 
por la nieve de sed de los poemas. 

No la conoces, pero yo te digo: 
¿para qué, si en un diálogo de fresas 
entran a compartirlo las granadas, 
y en una fresca atmósfera de jícamas 
llueven –solaz pletórico- las uvas? 

Te amo en la montaña y en el bosque… 
árboles retorcidos por el canto 
de las aves, y erguidos en el tiempo, 
y relojes del tiempo… Yo he soñado 
árboles que caminan en la noche 
de mi amor hacia ti –sonámbulas raíces-, 
llorando con un llanto seco y acompasado. 
árboles como dioses, como niños, 
como niños y pájaros y árboles, 
como hombres que rezan implorando 
paz al viento que pasa huracanado. 

Pero hay árboles, árboles y hombres… 
hombres tan primitivos que olvidaron 
fácilmente el sombrero por ganarle 
espacio a la cabeza y a la lluvia. 

Oh, pero ellos no saben, no lo saben, 
que los árboles mismos inventaron 
su sombrero muy alto, y yo lo digo, 
lo digo por mi amor derramado en los mares. 

Te amo en la montaña y en el bosque 
-decía- y sí te amo por tus hombros, 
y por mi hambre de hombre destruido 
por un amor flexible, y deshojado 
or dentro, como un árbol, 
-un flamboyán-… Las hojas las recojo 
y el alma luce con su carga, estrellas. 

Te amo por tu voz y por tu nombre, 
y tú lo sabes por mi nombre. Amo 
tu voz de lluvia fina, de esmeralda, 
tu voz diciendo de tus ojos 
palabras de cristal y cristalinas, 
tu voz, suave presencia de tus ojos 
en forma que se oyen, aunque digan 
tus ojos sus palabras sin sonido, 
a veces, si es la hora del silencio, 
de mi cordial silencio muchas veces 
tan sonoro de ti si estoy contigo. 

Te amo por tu voz de madreselva, 
de trigo y de cantárida, te amo 
por tu voz en mi voz y por las voces 
eternas del espasmo, cuando sufres. 

Te amo en tres palabras: YO TE AMO, 
y te amo también porque lo sabes, 
oh mía, oculta en mis sedientos dardos 
por decir que te amo, que te amo. 

Te amo por tu boca que se besa 
a sí misma al hablar, y por tus ojos 
resbalando en mi lengua hasta gustarlos, 
y cayendo en mis manos confundidos 
con la sensual tristeza de mi tacto. 

Te amo cuando pisas la hierba y no lo sabe 
a hierba pero el cielo se estremece, 
y cuando dices: “Bien, esto es muy lindo 
y su frescura se me sube al rostro”. 

Te amo por tus pies y por tus brazos, 
dulces raíces como dulces flechas; 
raíces, unos, si caminan, y otros 
y otros en actitud de orar gime tu cuerpo. 

Raíces de tus pies, sobre la tierra, 
en el agua y la tierra, sobre el sueño; 
raíces de tus brazos 
aéreas sosteniendo tu belleza. 

Te amo en una isla abandonada 
por el hombre, una isla de papel, 
con pedazos de nube en el silencio, 
en la que sólo pájaros alientan 
con un estar de fiesta por nosotros. 

Te amo en una casa destruida 
en el mar; las gaviotas en el cielo 
subrayan mis lecturas preferidas: 
Nietzche y Pascal y los poetas místicos. 

Y te amo y te amo y no es posible 
romper el grito de mi amor… te amo 
por tu cuerpo, raíz felinamente 
ondulante. Te amo por tu cuerpo, 
raíz de carne y hueso, raíz grande; 
por la raíz del cuerpo de mi alma, 
y por el alma de tu cuerpo. Grito 
en voz baja mi amor por alcanzarte 
y flechar en tu espíritu la flecha 
de la esperanza conmovida en gritos. 

Y te amo en la paz y por los nervios, 
estos nervios, la guerra del espíritu, 
y este espíritu mío de los nervios. 

Sí, te amo en el cuerpo y por el alma; 
de ahí que yo te ame con el largo 
deseo de un amor crucificado, 
con muy honda y atlántica zozobra 
clavada con puñales y con clavos 
apuñalada por la vieja sombra. 

Esta ni vieja sombra de los días 
parados en el ángulo del sueño, 
donde se han dado cita tus pestañas, 
las aguas gemebundas de tus ojos 
y el río inexpresado de mi fiebre… 

Te amo, yo te amo, y no es posible 
decir ya más si sabes que te amo. 

LIBÉLULAS (FRAGMENTO)

II 

Hipnotizados por una 
lasitud en la alameda, 
miramos que era la luna 
un grave incendio de seda. 

Y sintiendo inoportuna 
tristeza que desenreda 
bajo la noche moruna, 
lloraste, lloraste queda. 

Tus ojos tuvieron luego 
un surgimiento florido 
con radiaciones de fuego. 

Latieron los corazones, 
y en cada intenso latido 
florecían sensaciones. 



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