MAURICIO BACARISSE








































Madrid-España, 1895-1931
BEBEDOR DE AJENJO

Si siempre estoy ensayando
mi sonrisa amarga y triste,
es porque estoy esperando
a una mujer que no existe.

Víctima del desencanto
sufro martirios letales;
por eso adoro yo tanto
mis dichas artificiales.

Paraísos artificiales
que huyen del ruido y del sol...
¡Mis rimas son inmortales,
pues son hijas del alcohol!

Soy mísero y decadente;
en mi alma el Hastío muerde.
Por eso adora mi mente
los sueños del licor verde.

Licor venenoso y triste
que como un suave beleño,
un grato perfume diste
al cadáver de mi ensueño.

Licor que tiene el matiz
de unos ojos que yo amé,
y del tinte del tapiz
en que danzó Salomé.

(Ojos glaucos y perversos
que asesinasteis mi vida,
y les disteis a mis versos
fragancia de flor podrida.)

Turbio ajenjo sibilino
que tienes el sabor fuerte;
que harás de mi desatino
vestíbulo de la Muerte.

Cómplice de la locura,
mis hojas muertas no arranques,
licor que todo lo cura,
licor de color de estanques...

Si siempre estoy ensayando
mi sonrisa amarga y triste,
es porque estoy esperando
a una mujer que no existe.

LA LUNA

La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.

No vale buscarle imágenes,
ni tropos ni semejanzas.

Yo acaricié aquella noche
las breves manos doradas,

las que ni desear pude,
las manos nunca soñadas.

En el río de arco iris
coreaban mil cascadas.

No eran laderas fluidas
de cordilleras de agua;

no eran tampoco caderas
de las náyades más cándidas.

No eran de piedra ni carne
sino de cosa más clara,

que sigue siendo lo que es
aunque sea destrizada.

Eran un poco de música
única e inesperada.

Sus manos eran sus manos,
en las mías anidadas.

La luna era incomparable,
redonda, contenta y alta.

¡Quién me volviera esa noche,
aunque muriera mañana!

La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.

LECTURA

Corazón mío, no te exaltes.
Fija los ojos en el libro;
mira las gráciles letras, en la celulosa,
como las momias en los siglos.

Olvida el canto y la medalla.
(El rizo olía a miel de otoño.)
Aún le han de crecer al libro muchas yemas cuando
estés perdido en el reposo.

Todo será para la cifra.
Han de cifrarse tus latidos,
y han de ser piedras, como las que descansan
en las meditaciones de los ríos.

(El paraíso desdeñado)

RUISEÑOR

La pálida luna en flor
y la fuente, en mil promesas,
son dos hermanas siamesas
unidas por un temblor.
Riela trinos, ruiseñor,
sobre agua de astros en calma,
tú, que humedeces la palma
de la mano de Dios, y osas
probar a las lindas rosas
la inmortalidad del alma.

(Mitos)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada