MANUEL ORTIZ GUERRERO


Villarrica del Espíritu Santo, Paraguay, 1897-Asunción, 1933

AL POETA
Juan Zorrilla de San Martín


Luminoso charrúa de los versos fragantes,
fue muy larga, muy larga, para mí tu tardanza:
de mirar tanto el río, de tu arribo anhelantes,
hoy ya tienen mis ojos un color de esperanza.
Visitante llegado de una tierra sonora
a esta otra historiada de perfume y leyenda;
cárganos las espaldas con tus fardos de aurora:
para nuestras heridas déjanos una venda.
Allá, poeta, en loma que tu mirada abarca,
está el árbol solemne cuyo tronco fue asiento
del Artigas proscripto, de aquel gran patriarca
que unir quiso la América en un gran pensamiento.
Aquel árbol, poeta, dice algo al oído,
algo de tu leyenda, semejante al latido
de algún gran corazón,
porque allí el patriarca, como fantasma herido,
memoraba en cien noches su gran sueño perdido,
enfermo de nostalgia y de desolación.
Olvidé de decirte que en una tarde lila
he visto a tu indio dulce de paso por aquí:
Tabaré melancólico de verdosa pupila,
en busca de su hermano perdido, Guaraní.
Oh mártires sin nombres, sin gestos y sin huellas
que muerto habéis ya siglos y os enterró el olvido:
el vate por vosotros sus llantos ha vertido
en vuestro sacro abismo como caer de estrellas...
Ataviado, poeta, de tus versos fragantes,
Tabaré se ha perdido en la azul lontananza
y... también es por eso: de su vuelta anhelantes
que hoy ya tienen mis ojos un color de esperanza.

De: Raúl Amaral, ed., Antología. El modernismo poético en el Paraguay
[1901-1916], 1982

¡LOCA!

¡Paso! ¡Dadle paso!
Es reina y es pobre. No quiere ni el raso
que bese sus formas; es loca la reina.
Dad paso a la reina de honda pupila color de esmeralda,
la loca desnuda que, regia, despeina,
por único manto,
su astral cabellera, como un sueño de oro cubriendo la espalda.
¡Dad paso! Que corre la reina, la loca,
llevando un gran beso y un tibio pedazo de canto
en la boca.
En noches de estío se empapa de luna, perfume y penumbra
y corre devota al templo del arte a hacer su plegaria;
allí no le alumbra
ni lámpara débil, ni pálido cirio de luz funeraria,
sino la belleza, la sacra belleza le da luminaria.
Amigos, en caso que alguna
mujer de rodillas, desnuda, en la sombra rezando encontréis,
pasad, no le habléis;
es ella la loca, devota del Arte que reza a la Luna.
Crudeza de invierno no seca y consume
la rosa del canto que lleva en la boca...
Sus llagas lumíneas que sangran perfume,
las besa y bendice mil veces la loca.
Le da primavera sus salvas de olores,
las ondas del río su perpetuo y suave rumor de oraciones;
la noche morena le da su silencio, sus sidéreas flores...
Y aun tiene hambre de más sensaciones.
En noches augustas de inútil martirio,
la loca pretende, con sed de grandeza,
tomar una estrella volviéndola lirio.
–¡Oh loca divina!– que canta y que llora, que ríe y que reza;
Atrévete siempre, es ese un gran culto que pocos profesan.
¡Loca!: soporta la tortura sacra y luminosa
de todas tus ansias y tus padeceres
y sigue cantando canción olorosa;
tú eres la bendita loca mujer entre todas las mujeres.
¡Amigos, en caso que alguna
mujer de rodillas, desnuda, en la sombra rezando encontréis,
pasad, no le habléis;
es ella la loca, devota del Arte que reza a la Luna;
¡es ella mi Alma! Reina que está loca,
alma luminosa, de bohemio y de artista, que va entre vosotros,
llevando un gran beso y un tibio pedazo de canto en la boca.

Villa Rica, mayo de 1917.
(De: Romualdo Alarcón Martínez, ed., El parnaso guaireño, 1987

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