JUAN NATALICIO GONZÁLEZ



Villarrica-Paraguay, 1897-Ciudad de México, 1966

ELEGÍAS DE TENOCHTITÁN
PRIMERA ELEGÍA

Fatigado caminante ¡oh Nezahualcóyotl! llego
al país del aire claro y leve, intacto el apego a mi solar guaraní;
y me hablan tus versos, lumbres de tu alma manumitida,
de cuán efímeras son las grandezas de la vida; dícenme que para ti,

es más bello el infortunio del justo perseguido
que la gloria del tirano, pávido y enceguecido por engañoso esplendor.
Y si las humanas pompas se disipan como nieblas,
lo que el espíritu crea triunfa sobre las tinieblas de la muerte y el dolor.

El mundo es un incesante fluir, nada se eterniza.
Todo es como el verde sauce que fina en llama y ceniza, según la inflexible ley
que tus desgarrados cantos enunciaran hace siglos
a un mundo orgulloso y duro del que apenas los vestiglos quedan ¡oh poeta rey!

Junto al fabuloso lago que añora el alma transida,
junto al Texcoco de agua salobre como la vida, trozo de un demente mar
que soñó con irse al cielo... hoy, bajo la noche bruna
plateada por los lívidos resplandores de la luna llego errante a meditar,
y sólo un lúgubre viento que murmura un himno vago
alza columnas de polvo del negro lecho del lago que ha tiempo no existe ya.
En sus chinampas no canta como antaño la torcaza
ni corta ya sus ausentes olas la imperial barcaza, y sólo el jacarandá

yergue sus morados búcaros de vacilantes estrellas,
mientras bajo sus ramajes suenan risas de doncellas que sueñan con el amor,
sin reparar que a lo largo de su trabajosa meta
sólo encontrarán, tal como lo enseñaste ¡oh rey poeta! desengaños y dolor.

Tantas pétreas pirámides en cuyas cimas moraban
los enigmáticos dioses que, sedientos, devoraban vida del que los amó;
tus recios, claros palacios; los mágicos esplendores
de Tenochtitlán; sus pájaros raros, sus frutos y flores un nuevo Dios los frustró.

Ya no bullen los canales de la gran ciudad lacustre
con sus barcas florecidas que derraman gracia o lustre bajo la luz matinal;
y las blancas teorías de las pálidas doncellas
en los templos ya no danzan ni cantan, tiernas y bellas, rojo cántico coral.

¡Oh triste Nezahualcóyotl! no todo pasa y perece
en esta ondulante vida que sin cesar reflorece impetuosa y tenaz;
tus propios sabios versos, deslumbrante meteoro,
cruzan los espesos siglos con intactas alas de oro, llegan a esta edad falaz,

y nos brindan su lección de sabiduría antigua
con el primordial sentido de lo eterno que atestigua la fresca longevidad
de cuanto lo justo engendra, de lo que la mente crea,
y nos dicen de la fuerza invencible de la idea y de la clara verdad.

Para mi raza optimista, que cree en el genio humano,
para quien el bien ni el mal surge y se encona en vano, tampoco hay nada fatal:
quien en las cosas penetre podrá guiar a la suerte
y quien domeñe la vida sabrá vencer a la muerte, antigua, ciega y casual.

La mano del taumaturgo que cicatriza la herida,
el sabio que cauto aluenga y colma de hechos su vida, saben más de eternidad
que los frágiles palacios, que las penas y los goces
efímeros de los hombres, y que los callados dioses que mueren de soledad.

La carne del hombre fluye como una corriente oscura
pero en sus entrañas vive una fuerza que perdura en fosca profundidad,
y ese ser pensante y flébil, que un momento brilla y pasa,
siente el tétrico dolor de vivir que le traspasa y le infunde humanidad.

En la noche que se impregna de no sé qué hechizo mago
un lúgubre viento sopla sobre el fabuloso lago convertido en un erial;
y tu canto amargo y sabio ¡oh Nezahualcóyotl! suena
desoladamente triste, eco errante de una pena resignada, inmemorial.

SEGUNDA ELEGÍA

El árido corazón del Hombre jamás reposa.
Perenne inquietud le infunden la corriente de la vida,
el ansia de penetrar y fundirse en cada cosa
y de extraer del hermético mundo la esencia insabida.

Clavada por los constantes puñales del tedio, el alma
sus rebeliones trasunta en la absorción amorosa
del contorno, en una búsqueda de la inaprensible calma
que los seres sólo alcanzan en la plenitud lograda.

Somos entes incompletos que angustiosamente tienden
por el mundo sus tentáculos, en una ciega, esforzada
tentativa de captar las lívidas luces que hienden
la solitud, como lampos de alguna estrella apagada.

La áspera sequedad que a los hombres aisla,
que convierte su vergel en sitibundo desierto,
que reduce su horizonte al agrio muñón de una isla,
deshumaniza su mente y estrecha el Sino incierto.

Como el tumultuoso río que circunda la llanura
sacia la sed de la tierra y enciende en oro los granos,
el hombre en plenitud vierte sobre el mundo su ternura
para nutrir las ideas y los ensueños humanos.

Por el amor se agudiza el afán inquisitivo.
Amar es darse en ofrenda, es goce de conocer,
enlace de nuestro mundo vitalista y afectivo
con el misterio recóndito de otro mundo o de otro ser.

Amor cubre con su peplo mágico el rostro del mundo
y viste de perfección, belleza y gracia ondulante
a la mujer, los celestes abismos, el mar profundo,
al ser que pasa, a las ásperas rocas y a la nube errante.

En el corazón del hombre languidece el sufrimiento,
nacen extrañas ternezas, y al sortilegio perverso
del mal le suple el augusto despliegue del pensamiento
que vierte sus dones sobre la amplitud del universo.

El humilde encuentra paz, rima el poeta su canto,
los encrespados instintos tienden a ser más humanos,
y derramando perdón por los caminos, el santo
a la flor, al agua clara, a la bestia llama "hermanos".

El hombre en llamas de amor se torna superbo Artista.
Encarna en la carne frágil el bello sueño inmanente
que le tortura; corrige, pule las duras aristas
de las cosas, escultor de la perfección creciente.

En la fatigada tierra sopla un viento de poesía.
Una recóndita y mágica fuerza a provocar alcanza
el loco cascabeleo de la fugaz Alegría
y a prender la lumbre pálida de la última Esperanza.

Mas vuelven la torva envidia, las penas, el odio insano,
a morder la carne triste, a apagar la débil lumbre
de amor que aún palpitaba en el corazón humano,
y queda la virtud alta y sola como la cumbre.

Hay que sentir y vivir las ingentes soledades;
ser como la nieve, gélida; y como la roca, dura;
congelar y desgarrar; y a las negras tempestades
brindar la testa entre los relámpagos de la altura.

Sólo el que su noche alumbra con lunas y con estrellas
y prende en su solitud genitores pensamientos
ha dejado en los caminos del mundo indelebles huellas,
indemne al grito pestífero de hampones y de violentos.

La bondad sólo subsiste bajo su manto de espinas.
Las panteras del bosque huyen del resplandor de la hoguera;
y para domar la bestia humana con sus inquinas
es fuerza arder y colmar de luces su madriguera.

Hombre: acepta virilmente la brega con el destino.
Entre el dolor y el placer eleva tu mente al cielo,
aviva en tu corazón lo que en ti haya de divino
y triunfará de la muerte y del tiempo tu desvelo.

No sé qué mágicas fuerzas se adormecen en tu mano
que domeña y que esculpe la materia fría y dura,
al par que el alma esclarece lo turbio que hay en lo humano
y hacer brotar en el barro vil una luz que perdura.

Fatigas, amores, odios, ambiciones, todo pasa
pausadamente, en un lúgubre desfile de vanidades,
mas no se extingue ni pierde nunca lo que sobrepasa
lo personal, y el mensaje deja de nuevas verdades.

Tu triste carne se consume, Hombre, en mil vanos empeños,
y tu ser contradictorio combate y se parte en dos.
¿No comprendes que más alto que tus más altos ensueños
late y resplandece en ti la eterna llama de Dios?

TERCERA ELEGÍA
I

¡Teotihuacán! ¡Teotihuacán!
En la noche pávida, el vano ademán

de dioses agónicos que buscan la luz.
Y una voz que brota del prieto capuz:

-¿Quién da su lumbre al mundo? ¿Quién?
Sólo respondió
la gran voz del divino Tecuciztécatl:
- Yo

-¿Quién más?
Silencio, paz; pesada incertidumbre.
-¡Oh Nanaoatzín, se tú el otro que alumbre!

trémulos imploraron. Y escuchó la Asamblea
de los dioses la tímida respuesta:
-Que así sea.

II

Sobre la sacra peña, la palpitante rosa
ígnea bruñe de oro la noche tenebrosa.

Mudo, Tecuciztécatl ofrenda, más mortal
que divino, mil rojas espinas de coral

que acrecen y alimentan la llama refulgente.
Y Nanaoatzín, el buboso indigente,

que no pudo ofrendar los fragantes copales,
brindó la pobre costra de sus profundos males

haces de verdes cañas, heno sustraído al hambre
y espinas de maguey teñidas con su sangre.

III

En la cima de las pirámides ingentes
de Teotihuacán, palpitan refulgentes

las fogatas votivas, par de estrellas sonámbulas
que horadan con sus dardos las tinieblas noctámbulas.

Y los dioses, clamantes en su dura impotencia,
cuatro tétricas noches hicieron penitencia.

-¡Oh tú, Tecuciztécatl, avanza y entra al fuego!
ordenaron los dioses, intérpretes del ciego

destino. Vacilante, el dios, con su cimera
de refulgentes plumas, ya al borde de la hoguera

se detuvo, clavado por vaga desazón.
Había entrado el lívido miedo en su corazón

-¡Nanaoatzín, prueba tú!
La voz imperiosa cortó,
cósmico trueno, la noche pavorosa.

Los dioses contemplaron, en burda indumentaria
de papel, la silueta terrible y temeraria
del dios buboso y triste entregada a las llamas
decrecer chirriando entre ardidas escamas.

El bello Tecuciztécatl entró también al fuego
y ardió cual crepitante y seco leño. Luego

llegó el potente cuauhtli, el indómito lobo
del aire que se alzó llevando, ígneo globo

prendido al duro pico, en poderoso vuelo,
a Nanaoatzín, rumbo a un fosco cielo,

mientras Tecuciztécatl, en las rugientes fauces
del ocelotl, iba hacia los gemidores sauces.

IV

Y Nanaoatzín, transfigurado en Sol
tiñó de gualda y rojo el pálido arrebol.

Rompió con ígnea mano la lóbrega maraña
de sombras, y asomó tras la erguida montaña,

cegante de fulgores de caldeada plata
la ardida faz de vivo, agorero escarlata.

Avanzó pasos de ebrio en las rutas del cielo
y de pronto detuvo su astrológico vuelo.

El dios Tecuciztécatl, que transformado en Luna
mostraba melancólico una pena importuna,

todavía azorado por reciente fracaso
en las cuestas del cielo también detuvo el paso.

V

-¡Mirad, dioses! El ritmo del mundo se conmueve.
El renaciente Sol alumbra y no se mueve.
Infundamos espíritu a la materia inerte
y nuevo dinamismo al Sol con nuestra muerte.

Al aceptar los dioses unánimes tan duros
designios, parecían más dioses y más puros.

Urgido el rudo viento por divinas señales
en los dioses clavó sus múltiples puñales,

pero Xolotl, plañendo como hembra pavorida,
en su desesperante adhesión a la vida

internóse veloz en el maizal sonoro
donde alzó su faz lívida hecha una espiga de oro;

luego, pleno de estériles rencores y de inquinas,
fue en el duro maguey agresivas espinas;

y al fin, trocado en pez, en el agua mudable
alcanzóle, fatal, la muerte ineluctable.

El viento, ya cumplida la hecatombe divina,
con todas las potencias de su índole aquilina

sopló con furia, dócil a los secretos móviles,
sobre los adormidos astros, claros e inmóviles.

El gran disco solar, con el vital concurso
de los cósmicos vientos, reanudó su curso,

arrastrando a la Luna, triste como la muerte,
que derramó en la noche sus luces de oro inerte.

VI

¡Oh, Teotihuacán, milenaria morada
de los dioses, en cuyo silencio la olvidada

sabiduría cuaja en pardos monolitos
que guardan el secreto de los antiguos mitos!

Tú enseñaste la difícil virtud del sacrificio
como base de todo eviterno edificio.

Los alegres ensueños y la luz inmanente,
el arcano pugnar genitor de la mente,

las preclaras hazañas de que quedan memorias
y son la poesía de las doctas historias,

la libertad del hombre, su ágil genio fecundo
que cambia y embellece la vastedad del mundo,

son los hijos de luz del dolor de la vida
que vencen al misterio y a la noche homicida.

Los perseguidos que, altivos pararrayos,
ofrecen sus cabezas al furor de los rayos

y serenos enfrentan al intonso tirano,
no son sombras que pasan, ni padecen en vano.

En la lóbrega noche que cuelga sobre el mundo
ellos nutren y encienden otro Sol rubicundo

que en el pico de un águila de poderoso vuelo,
globo igniscente, sube pausadamente al cielo.

Y un libre viento pleno de las ansias del hombre,
de lúcidos propósitos y de sueños sin nombre,

soplando en la celeste región de las estrellas
lanzará el nuevo Sol por las eternas huellas.

EVOCACIÓN DEL DICTADOR

¡Francia! ¡Francia!
¡Magno y triste Dictador!
Tu carne asceta tiene del bronce la resonancia,
la consistencia y el resplandor.
En ti se funde la más abstracta complejidad
en la Unidad.
Tienes la estampa de un Alquimista.
Flaco y misántropo que se acoraza de soledad.
Eras inhóspito y a veces agrio como el gran Chaco,
ora se henchía tu soledad de flores rosas como los campos,
o bien tu rostro grave y opaco
relampagueaba en lívidos lampos.
Eres un tema teologal
que se concretiza sombrío y profundo,
un vago y hermético enigma del mundo,
a la vez volteriano y medioeval.
Más, mucho más que Hombre y menos que Dios,
visible, tangible, carne mortal,
manabas la Vida y enviabas la Muerte
como una suerte
de olímpico Dios,
y los hombres ¡Francia! te afirman o niegan,
loan tus virtudes, dicen tu maldad,
amores con odios tus actos congregan
y tú permaneces impasible como la divinidad.
La tierra materna
hincha con su jugo y nutre tus venas
y en tu alma cargada de sombras y penas
parece que alterna
con ese recelo tenaz de tu raza solar, taciturna,
el gran pensamiento que frunce tu ceño
y brilla en tus duras pupilas nocturnas.
Jamás para nadie tuviste clemencia
y de ti fluían los bienes y males
como una corriente nutricia e impura,
espumosa y rugiente en los peñales,
mansa y fecundadora en la llanura.

¡Francia! ¡Francia!
¡Magro y triste Dictador!
Queda de ti, disuelta tu sustancia,
un blanco, alucinante resplandor.
Transitando de los Dioses la senda
completarás aún tu trayectoria:
de la Vida irrumpiste hacia la Historia,
de la Historia ingresaste a la Leyenda
¡y en los confines de la edad futura
verás trocarse en Mito tu figura!



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