ANGEL CRUCHAGA SANTA MARÍA








































Santiago-Chile, 1893-1964



EN EL ÉXTASIS

Era tu amor el único digno de tristeza.
Se me volvió una llaga perenne tu belleza.

Hoy, para no morir, miro el rostro profundo
de mi madre. Mis ojos sienten llorar el mundo.

Y agradezco a mi Dios el momento encantado
en que mi corazón trémulo te ha mirado.

Y agradezco a mi Dios que vivas, que respires
cerca de mi quebranto, aunque nunca me mires.

Pudo un banal amor encenderme las venas,
pero ellas en el cuerpo se volvieron cadenas.

Entregué mis estrellas hasta quedarme exhausto,
y aquella amada nunca comprendió mi holocausto.

Tú que estás inundada de cielo y eres clara,
como si eternamente el Cristo te mirara,

perfumaste mis siglos, tu claridad me diste.
Era este amor el único digno de hacerme triste.

SOLEDAD

¡Otra vez solo! Agita la muerte sus anillos...
Yo la tenía cerca como una trizadura
del corazón. Y era mi único regocijo
sentirla andar, reír. Mi alma ya no la busca...

Se fue de mí. No pudo mi red echada al día
tomarla toda. Huyó tan lejos de mis alas
que al conversar conmigo yo la siento perdida
y sólo me consuela el pensar que fue amada.

Era el único orgullo quererla en el reposo.
Para sentirla más vivía en el silencio
y corría a lo largo de sus ojos
como un infante que tuviera miedo.

Yo la sorprendí que estaba lejos siempre
que a mí no me quería, ni al sol ni a la montaña.
Estaba más lejana que la muerte...
¡pero yo amaba su perfil de lágrima!

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