JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ


Caguas-Puerto Rico, 1848-1880


EL POETA

Nace, vive y adelanta
Por la senda de la vida,
Y al recibir una herida
La cítara toma y canta;
Y la turba se divierte
Con él que, fija en el cielo
La mirada, por el suelo
Do lleva el paso no advierte.
Él se queja, y mientras tanto
Se le escucha sonriendo,
Quizás a veces creyendo
Que son ardides del canto.
Y en su profunda aflicción,
De sus canciones benditas,
¡Cuántas, cuántas van escritas
Con sangre del corazón!
Aunque el genio el canto exhale
Canta al par dolor y gloria
Que el laurel de la victoria
Cuesta más de lo que vale.
Y al esparcir gloria y luz
Del mundo en el escenario,
Encuentra en él su calvario
Y su martirio en su cruz.
Si Jesús en su suplicio
Llegando el último instante,
Desencajado el semblante,
Consumado el sacrificio,
Entre el ronco vocerío
Del pueblo que le insultaba
Con dulce amor exclamaba:
«¡Perdonadlos, Padre mío!»
Si su frente desgarrada
Por la sangrienta corona
Al suelo inclina y abona
La clemencia su mirada,
También el bardo, al sentir
Que se acerca su partida
Sintiendo luchar la vida
Con las ansias del morir,
Venciendo su mal profundo
De su lecho se levanta,
Su cítara toma, y canta
Como el cisne moribundo.
Siendo aquél su último canto
De su eterna despedida,
Pura esencia de su vida
Y perfume de su llanto,
Que cuando la frente inclina
Al peso de su corona,
¡También bendice y perdona
Al mundo que le asesina!

INSOMNIO

Cuán largas son las horas
de sufrimiento!
Cuán tristes son las noches
de los enfermos!

Por el día, los ruidos
y el movimiento;
el calor de los rayos
de un sol de fuego,
y la brisa que pura
restaura el pecho;

El jugar de los niños,
siempre contentos,
El estar en la casa
todos despiertos,
la abundancia de vida
y el bien ajeno,
Sobre los propios males
extiende un velo.

Mas cuando el sol se oculta,
y en el silencio
acrecienta las penas
insomnio eterno,
y cruzamos el mundo
de los recuerdos
amargando el presente
goces que fueron;

Cuando sólo se escucha
rugir el viento;
el reló perezoso
marcando el tiempo,
y el respirar forzado
de nuestro pecho.

Cuando no hay en la casa
risas ni juegos;
Cuando todos dormidos
parecen muertos
y cuando ya la aurora luce
en el cielo,
corona de zafiros,
manto de fuego,
y a la luz de la vida
y el movimiento
el mundo se despierta
feliz, risueño,
el reposo buscamos,
y sobre el lecho
se desploma el rendido
mísero cuerpo,

Los que pasáis la noche
placer bebiendo,
en el baile y la orgía,
teatro y concierto,
el espíritu alegre,
robusto el cuerpo,
que ignoréis siempre, siempre,
pido en mi ruego,

¡Cuán largas son las horas
de sufrimientos!
¡Cuán tristes son las noches
de los enfermos!

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