DIANA RAMIREZ DE ARELLANO


De Puerto Rico
Nueva York, Estados Unidos de América, 1919 - 1997


HAY UN POEMA SOLO

Como cortezas vivas, los sintagmas
o magma o savia o plasma
o como linfa niña piel del agua
las partes amorosas se separan.
Igual que carne y uña violadas
como corteza viva, la palabra.
La muerte como verso;
no muerte como sueño.
Tu y yo recreando un nuevo ritmo:
la muerte como un hijo.
Lo supo bien el Cid –los ojos manan.
Ojos quieren tañer sus dos campanas
doblemente partidas.
La muerte como hijas.
Pero a la sangre nunca se le ordena;
no confunde su huella, habita en ella.
La sangre nunca olvida la razón,
la última versión
lúcida con que espesa
el sello de la espera.
En su imagen total
el duro verso, ya
en trance de semilla
su códice transmite a la otra orilla.
El duro esfuerzo recompone el vaso
siempre del mismo barro
edénico y sencillo.
La muerte es como niña o como niño.
El mundo se transforma
tras cada luna rota.
Hiato en el Poema,
la muerte es la promesa,
recurso separable, nacimiento
que ensancha el universo
la pausa inescapable que obediente
–sagrada es la medida de la muerte–
divide en apariencia;
elige, urge, anuncia otra evidencia,
transforma, capta, abre ritmo desconocido
libre ya del delito y del castigo
a la Palabra del principio vuelves
conjugándose aquí humildemente
el Verbo para ti se vuelve Canto
ah pero, Anita, el llanto,
el llanto es para todos.
Hay un poema solo.


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