VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ



San Pedro de Macorís - República Dominicana, 1895-Washington, D.C., 1968

EL ACTO

Se hallaron sin querer. Ella venía
Con un cántaro pleno en la cadera
Y una rosa en la oscura cabellera.
El, el de siempre, el Hombre padecía
Una dulce y sensual melancolía
Al mirarla perderse en la pradera
Con el agua y la rosa tempranera.
Amor? Instinto? No lo sé… Y un día,
De los nevados muslos ardorosos,
Nació un ofrecimiento. Temblorosos,
En el momento efímero y nupcial
Fueron sus cuerpos rígidos, jadeantes,
Dos vivos eslabones forcejeantes
De una vieja cadena inmemorial…

A MI BASTÓN

Tras de mis huellas –que borró el destino-
Tú escribiste los suspensivos puntos
En la empolvada faz de aquel camino
Que ya jamás recorreremos juntos.
De aquel camino amado
Que para mí tenía
Un encanto atrayente y obstinado
Que al pie de su balcón me conducía…

EL ROSARIO DE PLATA

En una de esas lúgubres gavetas
Que esconden un pasado hecho ceniza,
Donde un perfume exangüe de violetas
Largamente agoniza
Y el recuerdo es sonata
Nostálgica, inserena,
Guardo –como una pena-
Un rosario de plata.
Es pequeño, liviano.
Sus cuentas fueron todas recorridas
Por los frágiles dedos de unas manos
Hace tiempo perdidas,
Y doble santidad su brillo enciende:
Una oración de novia lo bendijo
Y de su extremo pende
El callado dolor de un crucifijo.
Es liviano, pequeño,
Este rosario de melancolías,
De olvidos y de ensueño…
Produce entre los dedos un rumor
De ahogadas notas y cadencia vaga
Y en él brilla ese agónico fulgor
De las pupilas que la muerte apaga.
Tiembla de amor mi tímido quebranto
Cuando mi mano, de pavor abierta,
Presagia en su metal dos veces santo
El frío de las manos de una muerta!
Pesa, como un dolor, sobre mi vida;
Toca mi labio de un sabor amargo
Cuando a besarlo mi fervor se atreve;
Inmensa angustia mi inquietud delata;
Su presencia me agobia… y, sin embargo,
Es pequeño y es leve
El rosario de plata.

INTIMISMO

Vieja camisa rota;
Ya no hay quien te remiende.
Al mirarte de mi memoria brota
Un recuerdo que poco a poco enciende
Un fanal misterioso
En tu oscuro pasado y en el mío.
Yo te compré en un día muy lluvioso,
Húmedo, desolado, hosco y frío.
Al cruzar una esquina
Te vi arrinconada en la vitrina
De una tienda de lujo. El sitio de notoria preferencia
Lo ocupaban camisas de la seda más fina,
Hechas de rico género importado de China,
-camisas para gentes que visten con decencia-
Tú eras de algodón;
Eras el llamativo disparate,
El comercial modelo para comparación;
Tú eras el baldón de aquel escaparate
Y mi intención fue recta;
La habitual escasez de mi difícil plata
Te eligió predilecta:
Eras la más barata.
¡Qué extraña paradoja! Las finas y las buenas
He oído que se compran a veces por docenas.
Las que son como tú, no hay duda alguna,
Son de esas que se compran una a una.
No lo recuerdo bien, pero es seguro
Que la primera vez te usé en un día de fiesta;
Quizás una mañana, en un domingo puro,
Y, después de aquel día, toda tu historia es ésta;
De mis hombros cansados
Al húmedo tormento de afanosos lavados,
Y luego, sin apenas
Gozar de algún descanso en el armario,
Volver a las faenas
De mis cansados hombros y del servicio diario.
Más tarde se inició la imprecisa comedia
De tu envejecimiento. Te desteñiste tanto
Que fingías, en rápida tragedia,
Palidecer de espanto.
Después te amenazó la injuria de un remiendo
Y, en callada amargura,
Junto con tu primer desgarradura
Lloraste hilachas de dolor. ¡Comprendo!
Y entonces fue cuando afanosamente
Unas manos que tanto conociste
Hicieron sobre ti, pobre convalesciente,
Cien zurcidos que ahora son un recuerdo triste.
Manos santas aquéllas que a los nos cuidaron;
Que en silencio profundo, diáfano, pensativo,
Apegaron a ti el botón fugitivo
Y, en mi alma, ¡cuánta herida dolorosa curaron!
Camisa: y quién dijera que habrías de durar
Más que la mano aquella que te solía cuidar!
En tus zurcidos vive aún la huella
De esas manos de paz, blancas y puras.
Pobre camisa mía; ven, comprende:
¡para ser tan barata, cuánto duras!
Tú bien sabes porqué mi llanto brota:
Ya no hay quien te remiende,
Vieja camisa rota… 

PRESAGIO

La marcha funeral de helado viento
Cruza, como un dolor, la tarde fría
Y un miedo que no es miedo todavía
Alumbra como un cirio el pensamiento.
Roída por un cruel pensamiento
El alma tañe su melancolía
Y en una sombra densa de agonía,
Exprime ¡viejo afán! Mi sufrimiento.
Alma: triste bandera de derrota,
Pobre remo partido, ala rota,
Quisiste en tu ilusión más noble y fuerte
Soñar sobre el harapo de la vida
Lo que soñar debiste entumecida
Sobre el seno materno de la muerte…

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