RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ


Santiago de los Caballeros, 1886 Sto.Domingo-República Dominicana, 1970


EL ENCUENTRO DEL PERRO

Venía un perro por la vereda;
Yo iba solo, de él temí;
Miré una piedra que en ella había
Y en un impulso la recogí.
Pero el instinto que por mi vida
Vela impaciente como un guardián,
Miró hacia un lado pasar serena
La sombra triste del pobre can.
Hubiera sido villano gesto
Que haciendo burla del animal,
Le castigara con una piedra
Por el capricho de hacer el mal.
Nobleza –dije- pide nobleza,
Le castigara con una piedra
Y abandonando la piedra audaz,
Seguí, la mano llena de polvo
Y la conciencia llena de paz.

EL PODER SONORO

Iba por el monte gozando verduras
Al favor divino de la soledad,
Cuando en lo más recio de las espesuras
Vi un hombre con aire de ferocidad.
Hosco, sucio, armado, me inspiró recelo;
Pero contrastando con mi turbación,
De su obscura boca se alzaba hasta el cielo
Un silbido alegre como una canción
Y ya no hubo miedo, porque el mal no fía
Al poder sonoro su fatalidad,
Cuando el labio se abre para la armonía,
El alma está abierta para la bondad.

HIMNO DEL ÁRBOL

Es el árbol feliz, un amigo
que nos hace venir a jugar
y nos llama al placer de su abrigo
para hacernos reír y gozar.
Fiel amante de todos los niños,
nos inspira en sus ramas amor,
y nos brinda su tierno cariño
en la esencia sutil de la flor.
Si sentimos amargas congojas,
si el fastidio nos brinda su hiel,
nos da el árbol la paz en sus hojas
y en sus frutos de oro la miel.
En su tronco nos tiende una alfombra
y al amparo feliz de su sombra respiramos
un aire mejor.
No ofendamos su dura corteza,
respetemos su vivo esplendor
porque el árbol nos da su riqueza
en la rama, en el fruto, en la flor.

BODA DE RUISEÑORES

Era un trío admirable de dulces ruiseñores 
disputándose, a trinos, de una hembra el amor, 
que, junto al grupo alado, 
picoteando alegre la encendida corteza de una fruta en sazón
por cuya abierta herida, la sangre de la pulpa 
manchaba el suelo de arrebol, 
provocaba la lucha de los picos abiertos 
para su dulce boda con el mejor cantor. 
Teatro de la escena: la fronda virgen húmeda 
por el rocío, apenas, de la noche anterior, 
y comenzó la fiebre del lírico torneo 
como a la media hora de haber salido el sol. 
El primero dio al aire la joya de su flauta 
que el bosque acompañó 
con la variada música del viento y del arroyo 
que fluye adulador. 
El segundo, internándose esmeraldas adentro,
penetró en lo más íntimo de la fronda, y cantó 
como para que el hueco del follaje sirviérale 
de amplio resonador. 
Faltaba el más osado de aquellos trovadores: 
voló a la rama más enhiesta , el pico 
sobre ella limpié. 
de toda huella inútil de festín mañanero, 
y se entregó al divino fluir de la canción. 

En la panida música se adivinaron quejas, 
rumor de alas, sueños, inquietud, 
la ilusión de tres perlas en un nido 
y el final de aquel nido en el azul. 
La hembra, enamorada, 
dejó el fruto sangrando como un arrebol, 
ganó la débil rama que el canto estremecía, 
y culminó la escena con un triunfo de amor… 
Después, los dos vencidos, miraban alejarse, 
soñando con el nido, bajo el oro del sol, 
cuatro alas tendidas en fuga victoriosa 
sobre los aplausos del viento adulador. 

MIS DOS MADRES MUERTAS

Dos madres tuve un día y no tengo ninguna: 
la que me dio su sangre y me llevó en su seno, 
y la que completando la obra que hizo una, 
recogió mi pobreza del fondo de una cuna 
desde la edad de un año, y me enseñó a ser bueno. 
También tiene dos madres la simiente cautiva: 
la planta genitora que en su verdor la encierra, 
la gran madre tierra, 
que la toma en sus brazos como hija adoptiva, 
le ofrece el hueco de una cuna 
escondida a los ojos del pajarillo hambriento, 
y luego, espiga tierna, la mece a sol y luna 
en la hamaca del viento. 
Y cuando el árbol también, la bella espiga asombra 
con la melena al viento florida y cancionera, 
a la madre adoptiva le paga con su sombra 
y honra la madre propia en cada primavera. 
Tal ha sido mi suerte: 
una me ha dado el ser, 
y me enseñó la otra la virtud de ser fuerte, 
la misma de la planta que sabe florecer 
sin temor a las hachas que fabrican su muerte. 
Al darme una su sangre mirose en dos partida 
y una de esas mitades fue mi vida; 
la madre es siempre una constante abnegación; 
al tenderme la otra sus brazos redentores, 
como carga llevada sobre rieles de amores, 
mi cuerpo, entre caricias, llevó a su corazón. 
Yo era débil criatura, 
enferma y pobre era 
la madre verdadera, 
y Dios, compadecido de tanta desventura, 
me dio una nueva madre, que en ritmo de ternura 
fue igual a la primera. 
Rosal que de un terreno empobrecido 
pasa a la maravilla de un cantero 
al amor de otro barro que termina 
la obra del barro en que vivió primero, 
así yo de la vida en la faena, 
barca que tuvo un nuevo timonero, 
pájaro que del nido tutelar 
pasó al jergón de la pollada ajena 
y el ave nueva le enseñó a cant ar; 
sus propios goces y su propia pena. 
Si el ofrecer la vida para dar nueva vida 
en el calvario de la maternidad 
es sacrificio heroico que mantiene encendida 
la llama redentora de la fecundidad, 
¿qué nombre ha de tener 
la que no siendo madre por la naturaleza 
se eleva a la más alta virtud de la belleza 
y es madre por deber? 
¿qué nombre tiene en la moral escrita 
esta ofrenda infinita 
de dar el alma a la criatura ajena 
la que no es madre suya, 
pareciendo decirle, ya que Dios me hizo buena,
si te falta tu madre yo seré madre tuya?
Murió la madre propia 
y la que me enseñara lo que por ella sé, 
aquélla de quien soy como una débil copia 
y la que supo ungirme con bálsamo de fe; 
pero llevo en el pecho la dulce sensación 
de que a las dos amé, 
y con las dos fui bueno, partiendo el corazón,
y a las dos enterré…

No hay comentarios:

Publicar un comentario