DOMINGO MORENO JIMÉNEZ



Santo Domingo - República Dominicana, 1894 - 1986

A MI HIJA

Cuando muera…
¿Qué puedo yo darte que no sea yo mismo?
Sombra de sombra,
Aliento de aliento,
Amago de perfume…
¡Tal vez nada!
Toda la existencia de la Tierra es una inmensa niebla
Y el afán del Hombre contra el Mundo, la Nada de la Nada,
(Dios está palpable en el Hombre, cuando se siente triste?

CONFIDENCIAS

Desde que naciste
Ya nos había separado el Destino.
Hijo, resígnate
A tener un padre extranjero en el mundo.
Los años pasan
Y aprender el ritmo del día él no aprende
El egocentrismo lo hiere
Y él permanece ante la estatua del Sanchopancismo,
Desnudo!
Su mirada se vuelca
No para “el dos y dos son cuatro”
Sino para la estratósfera que existe en la raíz de todo hombre.
Su pupila tiene un radio espiritual superior a su rostro,
Y es justo que sufras,
Hambre, tortura y desnudez aun después de la muerte.
Qué sería de ti y de los demás hombres
Si así no fuera!

DESASIMIENTO

Era blanca
y me perseguía;
era pálida
y me perseguía;
era casi diáfana
y me perseguía.
Mujer,
¿no sabes que ya yo he olvidado la vida?
Mujer,
¿no sabes que ya yo he trocado mi corazón por un cayado?
Mujer,
¿ignoras que hasta la lumbre de mi sentir se ha
desvanecido?

POEMA DE LA HIJA REINTEGRADA

Agonía

I


Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena 
o si la vida es amarga; 
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de 
comprensión más que tu Padre!
II
Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir: 
una sábana blanca serán tus días, 
una sábana blanca será tu pasado 
y tu recuerdo una estrella que frente a frente 
me iluminará el porvenir!
III
No sé por qué tu agotamiento 
me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas, 
que me hace auscultar el corazón de la tarde.
IV
Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos.
V
Hija, hazme tomar la resolución de los otros: 
vuelve mi proa añicos 
y mi voluntad una piragua; 
que nada sea mío desde hoy, que no quiera 
poseer nada mañana; 
desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme; 
sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza; 
hazme entero el milagro de darme todo a los elementos, 
como si fuera en sustanciación un ser increado!...
VI
Tu vida fue microscópica, pero grande; 
el segundo de tu existir, eterno!
VII
Hija, cuántas nubes, 
cuántos pájaros, 
cuántos horizontes insospechados me abre 
en el amanecer tu ruta!
VIII
Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca; 
verás envuelta el alba en la noche, 
y las cosas de mayor transparencia 
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.
IX
En este mundo donde sólo se premia la 
capacidad de fingir mejor, 
era justo que llegaras, y después de breves instantes, 
ya estuvieras confundida con la cal y con la 
mariposa, con el carbón y con la piedra.
X
¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir 
desde que te dormiste que en mi 
derredor todo es sombra!
XI
¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste 
a ver la vida con ojo más sabio 
y a la humanidad con ojo más triste! 
Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría 
de los seres mudables el ser tristes? 
Triste fue la faz de la tierra cuando se 
desperezó el primer hombre! 
Triste tiene que quedar la tierra cuando se 
desentuma en su regazo el último hombre!
XII
¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir: 
boleta de la tumba 
Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez, 
la preferida mía.
XIII
Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera; 
por ti no cambié 
y la fortuna no me sonreirá nunca!
XIV
Hija, cada vez que examino tu vida 
me doy cuenta que tú eres como mi vida: 
una sombra entre dos crepúsculos!
XV
Iba a decir entre dos agotadoras auroras 
y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!
XVI
¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te 
debas parecer al crepúsculo?
XVII
Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda: 
Dios dio desnudo a los hombres el verbo, 
y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!
XVIII
Toda filigrana de síntesis es una profanación 
¿verdad, hija mía? 
Ya no te puedo buscar sin parcializaciones, 
sin atributo contingente: 
¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente, 
el vaho de las cosas!
XIX
No te puedo asir con una palabra, 
y no debe extrañarte, recónditamente, 
porque estás para mí más alta que la región 
de las palabras!
XX
Y vuelvo a caer en las comparaciones. 
¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!
XXI
Miserable hombre que osa creer que 
después de la sombra la vida es vida!
XXII
De imperfecciones se forman nuestras excelencias 
y es toda la existencia del hombre un brazo tendido 
hacia el turbio por qué de los enigmas!
XXIII
-Tiene el pulso demasiado débil, 
pero este letargo no es la muerte-. 
Su médico era mi propia almohada de cabecera 
y yo quedé perplejo ante su callado 
sufrimiento y la miseria de la vida!
XXIV
Si fuera bizco de pensamiento 
y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras; 
hija, iba a blasfemar por tu dolor... pero, ¡perdona!
XXV
¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos, 
y ellos son más dueños de la tierra que los 
hombres que comercian con ellos!
XXVI
¡Al través de los milenios, los hombres son 
puñados de tierra 
que se deforman a su antojo!
XXVII
Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos. 
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco 
y a que lo negro no sea negro.
XXVIII
Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos, 
cómo se agiganta la nada sobre la soledad 
de tu aposento, 
cómo nace y renace la esperanza por entre 
los ámbitos de la vida!
XXIX
Tibien la leche, terciada con agua, 
para si mi chiquitina despierta. 
Cuídemela hasta que se vuelva esperma como 
capullo inmortal el cuidado. 
Ella es carne de mi vida, flor de mi 
pensamiento, cemento de mi alma.
XXX
(¡Eres, amada mía, 
como flor del higüero joven, 
como el azogue del crepúsculo, 
como la diafanidad de la Naturaleza toda!).
XXXI
No seas padre; sé Hombre, 
sencillamente. 
¡Gira tu vida a tu derredor 
y que tu amor a una abstracta "Humanidad" 
no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!

EL DIARIO DE LA ALDEA
¡Ay Dios, que ves el viento y ves la nube, 
compadécete de mi alma 
que es una nube fría en un cielo claro!
Mi andar no es andar de consciente sino 
de sonámbulo; 
llevo las manos en el aire 
y el pensamiento en el azul; 
llamo «madre» a las plantas 
y a las margaritas «hermanas»; 
en cualquier riachuelo veo la faz de mi padre, 
y los luceros, carbunclos de la noche, 
son mis «hijos».
Esta síntesis del mundo que llevo conmigo 
a veces me sume en la tiniebla; 
¡pero siempre me arrastra a la luz!
Oh naturaleza, ¿qué mal te he hecho 
para que me castigues con una carga tan 
desapacible? 
Yo sé que vine del misterio, 
pero los cambiantes de la vida son más inexplicables 
que las flaquezas de la muerte, o que 
la sencillez de la nada. 
Tú no me podrás dar la alegría riente 
de lejanos días y lejanos tiempos; 
en ti vengo a curarme de viejos males, 
en ti vengo a reposar.
El pájaro herido busca el antiguo albergue 
de sus dichas. 
Junto a aquella rama, yo soñé; 
bajo la sombra de aquel árbol yo medité; 
el susurrar del río ya no me sabe a música, pero a 
un despertar próximo me suena. 
Mariposillas: no voléis, 
brisas: no entremezcléis mi cabello cano. 
¡Siga mi frente erguida y luminosa como 
una antorcha!
Este hueco de cañada me recuerda la vida 
y esta placidez de soledad me quiere como 
hablar de niñez. 
Yo fui un niño como todos los otros, 
aunque un poco más cándido y más triste. 
De ayer a hoy, ¡qué abismo! 
y de ayer a mañana, ¡qué universo!
Con moras frescas me teñí las manos 
y tengo la mirada cansada de soñar cosas tristes. 
El cielo que tengo por delante no es doloroso; 
pero el horizonte de mi vida presente, sí que lo es!
El maíz brillaba en las manos del hombre, 
la polla se internaba entre los matorrales, 
el cielo se encapotaba sereno. 
¡Quién fuera madreselva! 
¡Quién fuera río! 
¡Quién fuera cañada!
Flores, 
flores, 
flores. 
¡Oh mayo! 
¡oh dolor!
Tal cuando el sol tramonta, 
y las nubes oscuras se entretejen de grana 
y los aires se llenan de infinitos vapores; 
tal cuando la torcaz da el grito que espanta la 
nidada y el ruiseñor; 
tal cuando las montañas que están por arriba de mi 
cabeza sueñan; 
tal cuando los árboles tiemblan y los arroyos cantan.
Relinchos de caballos en mi puerta, 
más luego, pasos y voces; 
a poco, un loco sobresalto de mi ser solamente; 
en seguida, el sol, la alegría de los pájaros, 
la mañana, 
dos aldeanas rientes, 
una mujer pálida, 
dos niñas, sus hijas, enmascaradas de riguroso luto, 
la cruz de un muerto, 
mi estupefacción al ver, hasta el dolor 
metamorfoseado de esa manera; 
mi expresión: «vuestras lágrimas sean benditas»; 
al momento, mi pretexto de buscar la lechera.
Después... el campo y yo con el campo y los 
pájaros, solo


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