MAGDA ISANOS

Iasi - Rumania, 1916- Bucarest, 1944


MORIR...MAÑANA

Es tan triste pensar que un día,
quizá aun mañana, los árboles de la calle
allí dónde hoy los ves, allí permanecerán
y crecerán, mientras nosotros nos pudrimos.
Tanto sol, Señor, tanto sol
habrá en el mundo aun cuando nosotros no estemos;
cuantas estaciones, cuantas lluvias
resbalarán por los húmedos cabellos...
Y esta hierba también rebrotará,
y la luna no dejará de inclinarse
sorprendida, sobre el agua que de correr no cesará,
sólo nosotros no tendremos una próxima vez.
Y más extraño me parece que
se pueda encontrar tiempo para el odio,
aun cuando la vida no es más que una gota
que llena el espacio entre un minuto
y otro- y me parece tan incomprensible
y triste que el cielo no admiremos una y otra vez,
que no recojamos flores, que olvidemos sonreír,
nosotros, los que tan de prisa vivimos para morir.

BÉSAME

Besa mis ojos henchidos de lágrimas,
sólo un beso tuyo podrá extinguir
el fuego cruel que los embarga,
y colmarlos de amor y de luz.
Besa mi boca, a los labios crispados
que extraviaron las palabras
devolverás su sonrisa serena
y el amor será como al comienzo.
Besa mi frente, los pensamientos
sombríos y las dudas se disipen.
Renazcan los sueños, los sueños
de vida nueva y primaveras.

(Versiones en castellano de Sebastián Teillier)

INTERIOR

Mis días han pasado en esta casa
ociosos como las almohadas del canapé,
quietos como las niñas de los tiempos pasados.
Candil debajo del icono, tú ¿por qué tiemblas?

¡No sé a quién se parece la Madre de Dios!
Mamá, a veces, ella se parece a ti.
Las dos habéis tejido y lavado la ropa blanca,
y al anochecer os habéis acostado más tarde que todos...

Quiero los retratos y los rincones
en donde las silencios se esconden para ronronear
como gatos solitarios.
La casa se llena de vuelos y de cortinas sonámbulas...

Quisiera ir a buscar en la cómoda de madera
(donde la luz cae como un impulso)
naranjas y manzanas y encontrar en la ropa
los manos de una niña... matas delicadas...

HIJO MÍO, NO ME BUSQUES...

Hijo mío, no me busques. Todas las cosas
te van a hablar de mí con razón.
Cuando yo no sea más,
no digas: “Ya es tarde para mi madre”.

Sabes, yo voy a reír en las flores
y voy a cercar muchas veces
con las nubes y la lluvia los corrales
allí, donde una vez, pasé mis mediodías.

Si sufres, llámame por la noche,
y yo vendré al lado de tu corazón
aunque deba traspasar el horizonte
y también el mar con mis alas.

No tengas miedo de mi rostro cambiado.
No digas: “¡Mi mamá nunca fue así!”
Tú vas a reconocer mi voz de cuento
en los árboles delante de las ventanas.

Vas a comprender que soy yo por tantas señas,
cuando llegue hasta el lado de tu cama
y haré que el aire sea fresco,
bajando junto a ti todas las estrellas.

Tú vas a saber que mamá está cerca
también en la manera que tienen de callar todas las cosas —
en el dolor y la inquietud del mañana —
y en el olor del membrilla y del pan.

Vas a reconocerme y a sonreírme en tu sueño.
Y en cuanto a mí, cuando vea que el sol se levanta,
voy a llevar mis ángeles y a volar
por si acaso me asalta el temor de no devenir rocío y morir...

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