RAFAEL JOSÉ ALVAREZ


Coro-Edo. Falcón-Venezuela,  1938-2004


11pm

Nadie espera que salga de su piel
pasadas las once de la noche.
Nadie escucha sus manos de marfil
sobre la escoba
ni su ruido de dormir junto a los grumos del almuer-
zo del jueves. Nadie.
Pero si permaneces en un año remoto
y decides caminar lo que te falta
para llegar a estas puertas raídas
y a estos clavos;
si vienes despacio a abrir
la sala de los cirios,
es posible que ella
-vuelta alcanfor, despiste o llave-
se amueble en tus cabales.
Mi madre entonces le ordenará las sábanas,
le traerá café, limpiará sus anteojos
y le dirá quién toca con nudillos extraños.
Ella, crujiendo al levantarse,
se acercará a los trastes arrumados
sombreará el corredor
con sus contrariedades,
se pondrá a hilvanar hombreras viejas
interrumpidas un día del 30 con relámpagos.
Nadie la advertirá, sólo mi madre
que entenderá sus quejas
cuando temple el alambre
y no encuentre sus vestiduras apagadas.

TRINIDAD

a la memoria de Chilán
Buenas noches
Trinidad

la de la arboleda al fondo

la de la lumbre
en el zaguán

la que enciende
sus cartas
y las arroja sobre granadas.

La del solar que vuelve
con sus gallos,
con esa ropa blanca
que dormita en el terral

la que viene a sentarse en el pretil

la que le arranca
quejidos a los perros

la que se pone a bordar.

Buenas noches
Trinidad.

CUARESMA

Llegaba el viento de cuaresma
Era un largo toro de percusión
y luego
los volantines en el patio
la candelada del gallo y el recogimiento.
En mi casa preparando los canceles
detrás de la memoria

La abuela se persignaba entre las matas
guardaba la lluvia en las tinajas

Venía el viento seco y movía las palabras
establecía moderación en los gestos

Pasaba la cola del diablo
y temblaban los tamarindos
y prorrumpían en marías clarísimas
las bocas más antiguas de mi casa.

DE GALLO Y NUBE FOSFORECE EL DIA

De gallo y nube fosforece el día
hacia un silencio de húmedos tejidos:
rama de tempestad, fondos crecidos
en la luz donde un ángel se extravía.

Ala de encantamiento el tiempo hacía
derramar por el aire los sentidos.
Sobre el limo temblaban desprendidos
como aulagas que el viento oscurecía.

Ahora la soledad suelta sus cabras
al borde de este día por las abras
de oscuros meses que los sueños llagan.

Anda por las quebradas y se queda,
y en sus ramajes la memoria enreda
una sombra de lluvias que se apagan.

DE GALLO Y NUBE FOSFORECE EL DÍA

De gallo y nube fosforece el día
hacia un silencio de húmedos tejidos:
rama de tempestad, fondos crecidos
en la luz donde un ángel se extravía.

Ala de encantamiento el tiempo hacía
derramar por el aire los sentidos.
Sobre el limo temblaban, desprendidos
como aulagas que el viento oscurecía.

Ahora la soledad suelta sus cabras
al borde de este día, por las abras
de oscuros meses que los sueños llagan.

Anda por las quebradas, y se queda,
y en sus ramajes la memoria enreda
una sombra de lluvias que se apagan.

(El Gallo y la nube, 1978).

DERRUMBES

Estas paredes ya no existen
y aún ocupan un lugar.
Cruzamos puertas, soportes, soleras,
y aún los olores desaparecidos
están allí con los derrumbes de este tiempo.

De su extinción derivan rastros, lagartijas.
La nada reservada a la estila, a los arcones,
los enseres que precedieron la maraña,
la humedad oculta donde ellos
(infusiones, aceites, duermevelas)
cavilan, resisten a la lama,
a la clausura, a evaporadas lluvias
que redujeron a polvo las vigas y los clavos.

Ahora sustentan el vacio,
opaco resplandor bajo un negado espacio
donde son apenas el secreto de los grillos,
esa maleza triste que trepa los tejados.

(Oikos, 1986).

HE VUELTO DE UNA CASA ENVEJECIDA

Los desaparecidos tienen la virtud
de hacer chillar el viento en el ñongué
a dos leguas escasas de estas puestas de Adaure.

Es en Sicaname.
La noche deja asomar,
además de los ojos de cegue,
algunas piedras que fosforecen
con la loza lunar.

He vuelto de una casa envejecida
con una historia al fondo.
He visto a una anciana levantar
bajo oscuros ramajes funerarios
una lámpara de greda.
Sus huesos a la intemperie
eran reminiscencias de la salina.
Ella apaciguaba el horno
de donde, uno a uno,
iban saliendo los animales
en un extraño resplandor de grave alfarería.

Entonces me había sentido
rodeado de exorcismos:
la primera visión estuvo en los lagartos.
La segunda en una gran tinaja
semejante a un perro.
Alguien señalaba al norte
seducido por la lluvia:
(¿Habría sido el pastor?)
Ahora erraba en polvo huracanado
sobre el esqueleto de las cabras.

Aún hay ujeres imprecisas que tejen
-arañas de bramante-
las iluminaciones de los muros.
Manos que hurgan en el sitio de las monedas.
Aún hay temblor en las rendijas de las puertas.
Más sólo me aproximo a los días caídos,
a una atmosfera de aceradas uñas,
de zorros instantáneos.

He vuelto de una casa envejecida.
Los desaparecidos se allegan
a un espacio
de vasijas quemadas...

(Consagraciones, 1993).
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