ERNESTO MAYZ VALLENILLA


Maracaibo-Edo.Zulia, 1925


PÓRTICO 


Los días o los dioses, siempre generosos en sus dones a lo largo de mi vida, me concedieron la espléndida oportunidad de contribuir a la creación de los hermosos jardines que hoy envuelven con su magia el Valle de Sartenejas. 
Cuando a su luz llegué, por vez primera, aquellos campos estaban ocupados por pletóricos sembradíos de flores, cruzados por acequias, entre las humildes viviendas de sus moradores, la mayoría inmigrantes portugueses, quienes cultivaban la tierra para cosechar hermosísimas rosas, gladiolas y azucenas. 
A un lado, vedado por gruesas cadenas, el camino principal, aún de tierra, como entrada hacia la casona colonial, ahogada entre matorrales y caballerizas, con dos frondosos laureles custodiando su doloroso deterioro. 
Hacia el lado izquierdo de la vía, la construcción paralizada de una Plaza de Toros, encerrada por un espectral semicírculo de columnas y mohosas cabillas, sin visible porvenir, motivo quizás de la venta de aquella hacienda. 
Bajo un torrencial aguacero, designado ya Rector de la nueva Universidad que debía construirse, allí llegué una tarde con mi esposa, sin sospechar siquiera que pisaba el umbral de mis futuros sueños, pronto ocupados por la obsesión de los jardines… tanto más urgentes 
y necesarios a medida que el obligado desalojo de los pisatarios dejaba al desnudo los terrenos, ocres y pantanosos, despojados ya de flores. 
De allí que uno de mis primeros actos, asumido el cargo de Rector, fue contratar al renombrado Arquitecto-Paisajista Robles Piquer (RAS), quien desde el primer día tuvo que multiplicar sus bondades y paciencias para tolerar mis cotidianas e interminables peticiones, sugerencias, ruegos y desacuerdos, frente a sus bien fundados y sabios planteamientos, que por fortuna siempre terminaban por triunfar. 
Pero más allá del diseño arquitectónico… dentro de mí comenzó a despertarse, con ancestral e irreprimible fuerza, una desconocida y dormida atracción por el sembrar, un regusto por sentir entre mis manos la humedad y vida de la tierra, así como la inminente y callada promesa que su vientre nos susurra… si de verdad la amamos y con amor le damos aquello que queremos ver nacer, crecer y multiplicarse… en viva alegoría con el arte de una genuina tarea pedagógica. 
Así fue como descubrí lo que exigía y significaba, desde el fondo, la verdadera misión que me esperaba… al haber aceptado la dificilísima tarea de fundar una nueva Universidad… en medio de la pavorosa crisis, moral y pedagógica, que en aquellos años amenazaba el futuro de la Educación Superior en nuestro país. 

II 

Sueña el futuro quien siembra. Se sabe un demiurgo. Deposita las semillas en la tierra y espera, confiado, lo que advendrá. Conoce los prodigios que aquéllas guardan en su seno −fuerzas y armonías creadoras, formas y luces, programadas melodías− entresoñadas 
en lo que su acto de sembrar promete: el despliegue de la nueva vida desde el misterio atesorado en aquellos silenciosos cofrecillos que a la tierra devuelve. 
El sembrador debe conocer las claves del proceso que provoca: el juego y contrajuego de las formas que pone en movimiento… de cuyas exactas proporciones dependen los resultados de su obra. 
El sembrador no engendra nueva vida sino que la insta hacia la vida… propiciando su nacer o afloramiento mediante un amoroso cálculo del ímpetu, azares y resistencias, que sabe atesorados en los milagrosos gérmenes que sus manos siembran… poniendo en libertad su secreta arquitectura y su dinamia. 
Quien siembra no pretende dirigir el tiempo, ni trazarle destino a sus mensajes. Al contrario: su más íntima pasión de sembrador sólo pretende dejar ser a la otredad lo que ella es… hasta que alcance, en sí misma y por sí misma, su propia plenitud. Cuando la logra… el gozo del sembrador transita y alcanza la más transparente alegría porque sabe 
que ha sido afortunado partero de un nacer que a la vida potencia y multiplica en vida. 
El gozo del sembrador, por eso mismo, es rigurosamente genesíaco… y, a su través, se aproxima a lo más sublime que el vivir ofrece: la creación de la vida por sí misma en su misteriosa y callada plenitud… que sólo el devenir del tiempo hace posible. El sembrador y el verdadero educador saben lo que ello significa. 

III 

Los jardines son la trasmutada imaginería de quien los siembra: prodigiosos resultados de sus infinitos cálculos, vertidos en matemáticas poéticas y ecuaciones siderales, algoritmos lunares y mareas de los cielos. Todo atesorado y conjugado en el tejerse y destejerse de la luz, la geometría de sus sombras, la humedad y la noche, hilados a través 
del eje de los días, su amanecer, deslumbramiento, crepúsculo y desaparición. 
El sembrador debe ser un diestro previsor y nauta de tales algoritmos, constelaciones y prodigios, conocerlos a fondo, calcularlos, predecirlos… si lograr pretende su anhelada compenetración con ellos y, a su través, convocar la vida que a su nacimiento llama. La vida mantiene en secreto, veladas en sus esbozados rostros, las claves del nacer y el desnacer, enigmas que el sembrador debe necesariamente descifrar y dominar. Sus actos, por ello, deben participar fielmente del ritmo y melodía que la originaria fuente impone, ajustándose a sus normas, como activo intérprete de éstas. 
Por eso la siembra, para ser fecunda, ha de transformarse en una fiel imagen de la vida, que refleje y potencie su indetenible fuerza creadora, tal como a la par se atestigua en el juego de la luz que de la tierra emana, multiplicado en el movimiento de los tallos y las
hojas agitados por la brisa, o en el armonioso, infinito y deslumbrante prodigio de las flores, cuando abren, esplenden o dan su despedida. 
Todo ello, si ha nacido del amor, se refleja en un jardín… como escenario y cosmos de la vida y de la luz, de sus milagros y vivientes límites. 

IV 

Mas hoy sabemos que la luz no tiene límites... o que los suyos no coinciden con aquéllos que son captables para el ojo humano. Prodigio de nuestro tiempo son los instrumentos, creados por el propio hombre, que son capaces de tornar visibles algunas radiaciones u ondas espectrales, como las infrarrojas, que moran más allá de nuestras 
posibilidades ópticas, aunque a la par son perfectamente manejables y útiles para otros seres vivos, no humanos o transhumanos, que forman indiscernible parte de la vida como tal. 
Trasmutados efectos visibles de las ondas infrarrojas −utilizadas, en forma magistral, por J.J. Castro en el ars photographica que este libro ejemplariza− son los de provocar una suerte de halo neblinoso o desvaído resplandor alrededor de los objetos que su lente capta… 
trasmutándolos en espectros semejantes a los provocados por la envoltura neblinosa que, a primera hora de la noche o en la alta madrugada, se apodera de los más recónditos y silenciosos rincones del Valle de Sartenejas. 
Entonces, difuminados los contornos de sus concretas y terrenales siluetas, los árboles y parajes de nuestros jardines parecerían encarnar un viviente entramado de fosforescentes e inmortales fantasmas… envueltos en una aureola de milagrosa y multiplicada vida… más allá de sus tangibles y visibles límites. ¿No es acaso tal perennidad, sin ignorar sus propias fronteras, la que anhela perpetuar el sembrador cuando esparce en frágil tierra sus frágiles simientes? 

Ernesto Mayz Vallenilla 
JARDINERO DE LA USB 
Tusmare, 3 de septiembre 1999

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