POETAS COSTARRICENCES





1.  ALEXANDER OBANDO
3.  ALFREDO CARDONA PEÑA                                              
5.  ARTURO MONTERO VEGA
6.  AQUILEO ECHEVERRIA                                                   
7.  CARLOS FRANCISCO MONGE
8.  CARMEN NARANJO
9.  EUNICE ODIO
10.FABIAN DOBLES
11.FRANCISCO AMIGHETTI
12.HERNAN ZAMORA ELIZONDO                                          
13.ISAAC FELIPE AZOFEIFA
14.JOAQUIN GUTIERREZ MANGEL
15.JORGE CHARPENTIER
16.JORGE DEBRAVO
17.JOSÉ BASILEO ACUÑA
18.JOSE MARÍA ALFARO COOPER
19.JULIETA DOBLES                                                          
20.JULIAN MARCHENA
21.JUSTO A. FACIO
22.LAUREANO ALBAN
23.LISÌSMACO ECHEVARRIA
24.MAYRA JIMENEZ
25.ROBERTO BRENES MESÉN

JOAQUÍN GUTIÉRREZ MANGEL


Limón-Costa Rica,1918 – San José, 2000

HERNAN ZAMORA ELIZONDO


Costa Rica, 1895 - 1967

INVERNAL


Redobla en su tambor el aguacero
con una pertinaz monotonía,
y el alma entumecida se diría
que busca la quietud de algún alero.

Tanta ilusión me falta y tanto espero,
que al asomarse a la desierta vía,
en lastimoza vagabundería
mi corazón se siente pordiosero

¿A quién pedir? limosna de ilusiones
es la limosna que jamás nos llega
para poder saciar los corazones.

En el hambre del alma entristecida,
precisa, ante el bocado que se niega,
a morder el pan de nuestra propia vida.

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ALFREDO CARDONA PEÑA

San José de Costa Rica, 1917-Ciudad de México (México) 

TESTIMONIO


A Arturo Echeverría Loría

Un niño triste,
humillado y querido,
golpeado por los rayos de soledad,
fui yo, en mi pequeña catedral de recuerdos.
Una madre doliente,
con los pulmones como una ciudad bombardeada,
me tuvo para abrazarse al amor,
para morir después,
como una trágica y dulce camelia.
Mi padre fue el Eloin saludable,
el transmisor de las viñas de la creación,
y acaso por él se detuviera mi muerte
cuando me visitó con su traje de novia.
Crecí con la sencillez de las aguas,
fui pobre y encantado como los pajaritos
y estudié para golfo de río
aunque no llegué a doctorarme
sino cuando el crepúsculo
me mostró su tesoro de formas.
Llegué por diversos caminos a la vida,
hundiendo los sentidos en su amargo cuadrante,
y estoy hecho para acariciar mis fantasmas,
y para morir dejando algunas cicatrices en el tiempo,
lejos de mi montaña.

TEMAS DEL ALBA


A Salomón de la Selva


I

¡El alba! Es mi hora.
Ella es la madre infinita;
el regreso del árbol; la lengua del mar,
candorosa y antigua.

¡El alba! ¿Pero qué ocurre entonces
sobre el hundido párpado del mundo?
¿Qué asombro? ¿Qué musical inundación?

Hiende los aires un festejo alado,
en los aros del buey tiembla el rocío,
y universo, mujer y bestezuela se tienden
a bendecir su origen. No hay bandera
de amor más contemplada.

IV

Es luego el mar. El alba es como un ángel.
Se insinúa a los lejos, riza el viento,
toca el abismo y los monstruos sollozan.
Es luego el mar. El alba es como un barco.
Sale del fondo, no hace ruido, lleva cargamentos
de almas hacia el día.
Y como el Espíritu es el alba del mar
sobre la haz de las aguas,
moviendo y hechizando
las antiguas moradas de los hombres.

CONFESIONES


II

Porque los días están llenos de ansiedad,
rencores, acontecimientos imprevistos;
porque recuerdo la guerra con sus héroes,
porque no he muerto por el pueblo
y leo su muerte diaria en los periódicos;
porque las madres, en la oscuridad,
oyen llorar el frío más pequeño;
porque han sucedido tantas cosas
en las que no he participado,
tantos sacrificios y glorias,
tantas muertes y resurrecciones,
tantas canciones verdaderamente hermosas
de jóvenes guerreros que jamás regresaron;
porque voy al cine y me emociono asombrosamente;
porque la puesta de sol, el año nuevo,
las cartas que recibimos con trineos y campanas,
las despedidas en las estaciones,
todos los desastres afectivos,
todas las lunas que no terminan de morir
me hieren un poco más,
me incomodan nerviosamente;
porque a veces me entrego a labores absurdas,
a mañanas perdidas a cambio de monedas,
y me siento humillado
como el hombre sin brazos que mira que lo miran;
porque me veo escribir haciendo largas pausas,
porque mi voz es como la lluvia,
que no sabe adónde cae ni quién la esperará;
porque hay tantos ruidos que casi no se oye
y la infancia ha escapado como el cervato herido;
porque vivo en la ciudad recordando los mares,
aquella alegría imperial de los árboles,
el campo nutricio y saludable;
porque soy tranquilo, lleno de sueño
y me gustaría trabajar en las fábricas;
porque amo las fuerzas de la tierra y el sexo;
porque flores oscuras y embriagadoras
rondan la noche y traen los deseos;
porque las hermosas y tranquilas flores
(las llevadoras de perdón, las obreras de vida)
tienden a mí sus brazos suplicantes.
Por todo eso y por más que no recuerdo
siento que soy poeta y sufro
en la canción que canto todavía.


A UNA DAMA MUY BELLA VESTIDA DE LUTO

Su luto era la alfombra de una llama,
un nardo entre la noche su sonrisa.
Oh mágica visión, oh Mona Lisa
hecha de luz y doncellez en rama.

La vi como quien ángeles exclama,
como quien suelta alondras a la brisa;
bella, gentil, recóndita y sumisa,
tenía algo de luna y de retama.

La admiración, rindiéndole homenaje,
sin que la oyera murmuraba un rezo.
Y destacaban, en aquel paisaje

o antiguo medallón tácito al beso,
su blanca tez, lo negro de su traje,
y amor, amor entre los ojos preso

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FABIAN DOBLES


San Antonio de Belén, Heredia-Costa Rica, 1918-San José, 1997



LA ESPERA

Te hemos estado esperando.
Yo, y el agua y el reloj.
Yo, la fruta y el silencio.
El agua para que encuentres tu forma pura de arpegio.
El reloj para que mires tu corazón hecho tiempo.
La fruta, madura ya, porque vayas al encuentro de tu sabor, que esta de su corazón pendiendo.
Y el silencio te ha esperado, porque yo soy el silencio.

LA LIRALADA
Sonetina

Sol tú lo sed, contina, larilada,
gulfa de sol seroco, balpalura,
en munos olcipiedos altagura,
muerde si vid, y vid si tu en tu fada.
Muerco e lo vil, meramo, casi nada,
de li y de lamprisuza ferazura,
loralunca silpada ni emprecura,
porque almohasida de neser timada.
Nora cotún te encuentre, que encolodre
el nun al munde en sa se si se suto,
y enconsidre tu alquífero panodre,
como la soz que muece a soz y acuto
tu sinfúlfica hiel ya xin poluto,
en tu poluto azul yo me acimodre.

(sin fecha precisa, 
manuscrito adolescencia)

LA CAROLA

Del melón colorán capacerola
con la lonja ferón ferín desliza
la tetrafulca que descocoliza
mastarán masatrando la pirola.
¡No hay más tren que lalí laló y lalola!
porque aprieta la pata de tu tiza
y te amarilda el continenteriza
por orden de la pérfida carola.
Entonces ¿para qué larinlarinca
sin plumas ni oriflama en la espelunca
cuando se pierde el catapín tapinca?
Que desde allí vendrá quien deje el nunca
la carcajada que por más tretrunca
¡para siempre será vinca pervinca¡

CARLOS FRANCISCO MONGE


San José de Costa Rica, 1951

FIGURAS DEL DESEO

En San José de Costa Rica hay lugares posibles, sombras amarillentas,
sitios que se asemejan al mar por su voluptuosa tormenta
y el asiduo partir y regresar
de la vida perpleja.
Nadie huye de los lobos;
ya no hay cristales rotos, ni abandonados cuerpos,
ni ventanillas a la melancolía.
Todos viven como ángeles
que amanecen, se cubren, se acicalan,
se saben secuestrados en medio del océano,
sin historias de amor, sin odios, sin pudores.
Hay un aroma a tiempo entre sus calles,
un ruido desafecto
que se prende de tu piel, como de arena;
hay palabras candentes, hay abrazos, hay cifras,
jardines con historias como petrificadas,
solitarios crepúsculos,
bandadas, colmenares.
Pero, ¿dónde está el tiempo?;
¿dónde la voz que clama?; ¿dónde los cuerpos
que, invisibles de pronto, reclaman su fulgor?
¿Quién azuza el horror,
cuando hay figuras bellas sin guaridas ni picas?
¿Quién rompe el naipe?; ¿quién se lanza
en un pequeño esquife a al mar, y la invoca?
Para reconocer un narcisista
Él se fija en las puntas de sus pies,
él se mira las uñas,
se ajusta el moño, el lazo (en fin: la pajarita)
y empieza su viaje cotidiano hacia el espejo.
Hay en sus manos
una solemnidad de estatua,
una sombra de alondra,
una suerte de aroma a terciopelo,
a minué o a ceniza.
Habla para que el mundo lo contemple;
arroja un pétalo a la suave corriente
y el río lo aplaude y lo retrata;
se engola de sí mismo
-demasiado perfecto para ser verdadero-
y mira a los tres puntos cardinales (el norte es él)
por sobre el hombro,
recogiendo su espada y su gabán.
Ha aprendido a entonar sus propios epinicios:
en mejicano cuando fue a la augusta
ciudad de los metales y los charros;
en catalán cuando hizo migas
con una marinera japonesa que pasaba tiempos e Gerona;
en alemán a veces, porque da postín,
y en castellano, en nica, en quechua, en rioplatense,
según el ritmo, el baile y la etiqueta.
Para reconocerlo
basta observar su estilo
de llevarse la mano a la corbata,
de acariciar las sienes amarillas,
de insuflar citas célebres;
pero más si se fija en las puntas de sus pies,
y se mira las uñas,
como si hiciera reverencias
a todos y por todos,
agradeciendo aplausos a la nada.


SIN NOMBRE
( In memoriam:A.O. )


A veces una ingrata sorpresa,
una puerta entreabierta que de golpe
se cierra en medio del silencio herido;
otras es un fantasma ciego,
una sombra insistente
que nos sigue y nos aleja y nos conmina.
Mas siempre es innombrable:
golpea, nos hace trizas las palabras,
finge viajes y encuentros,
nos toca, nos rodea;
dice que el tiempo es solo un manantial
refulgente a lo lejos,
que la noche no existe,
que no hay ruidos ni trampas ni prisiones.
Siempre la muda, la obstinada y sola,
la que no tiene nombre
ni palabra posible.


PARA QUE EL TIEMPO SE VAYA...


NI la más lenta música,
ni el paisaje más vano o fugitivo,
ni la justa bengala de la juventud
batiendo puertas.
Nada lo detendrá.
Es como un sueño de caballos en que desenfrenado
Arrebatado nos prende y atropella,
que nos huye y nos cerca.
Las figuras, los trastos,
la mano torpe del jugador,
¿dónde habrán de quedar sino entre las palabras,
conjuradas, oscuras,
habitadas apenas por los días felices?
Duendes y palitroques: eso son las palabras.
Y ni ellas mismas, que besan como moscas,
que aúllan sin pasión contra el silencio,
y murmuran y saben que morir a tiempo
es mejor que la nada.
No es la música lenta,
Ni la gracias que deja la belleza en las manos;
es el cobijo del miedo,
la amenaza velada que es espejo retiene
certero y nos traspasa.
No hay música ni juegos ni palabras,
sólo el duende del miedo, el palitroque
para que el tiempo se vaya.


LA CANCELADA

La cancelada,
juguemos al amor,
rebocemos el cuenco,
dame el temblor, tus prevenidas sombras,
el arte de la noche
que entre tus movimientos se despierta.
Ya no el silencio despiadado
de los días oscuros,
ya no el despeñadero de los actos injustos;
quiero el río de tus furias,
el ángel marinero que levanta
tu estatua y sus puertas,
el árbol que encontré, cuando galeote y náufrago,
en tus vertientes.
Anda, que los colores pasan como duendes,
como adelfas acaso,
y yo los quiero
para una esquina de tu bosque en llamas.
Soy la avutarda, el lince,
un fauno que perdido entres tus cauces subre,
alguna danza antigua,
una osamenta contra el tiempo, una fecha
casi desconocida; dímelo tú. No importa.
Pero ven a la fiesta, al vendaval,
y dejemos abierta la cancela, que la arena del miedo.
no pasará, no pasará. Juguemos.

Del libro: Enigmas de la imperfección
http://www.domingoatrasado.com/Poetasdelmundo/CostaRica/CarlosFranciscoMongue.htm

ALEXANDER OBANDO

San José, Costa Rica, 1958

MAREA BAJA

Make a tomb
for men and boys…
Allen Ginsberg


Cuando baja la marea
quedan restos de automóviles
sobre la playa, fierros
bañados en plancton y sal.

El muchacho emblanquecido
deambula buscando
latas y vidrios enteros;
y sin embargo,
camina sobre tierra de marisma,
sobre casas barridas anoche
al mar de los huracanes.

Por la playa
va caminando él, Ganimedes,
pantaloneta blanca y sucia,
piernas, llenas de arena.

Encuentra el esqueleto
de un viejo asiento de Chevy
y se imagina,
sentado en él,
cómo hubiera sido ser raptado a otro planeta
por un águila antigua,
por un dios todopoderosa ventisca,
al filo de las ocho
de un jueves cualquiera.

Tal vez asustado,
como anoche;
tal vez invisible,
como ahora.

CONTRADANZA

As I have trod rumorous midnights, too.
Hart Crane


Me decía que su casa estaba
lejos,
ya no sé dónde.

Si hubiera dicho que Puerto Montt
o Aquisgrán
sería indistinto para lo que me
queda de recuerdo;
un cuerpo desnudo, como el suyo,
no tiene otro domicilio sino
yo mismo.

Y esa noche,
hospedado en el vino
bailaba constantemente junto a la ventana.
El overol y el calzoncillo en el asiento
me recordaban a Mille e tre,
a los obreros adolescentes en
los cuartuchos de Verlaine;
Lucien Létinois volteando paja
en una pequeña granja del sur.(1)

Si yo recordara de dónde es,
podría quizá prejuiciar el recuerdo con
el danzón, el trepak o la milonga;
pero no recuerdo su origen
al igual que siempre he supuesto
que lo suyo / era una contradanza,
un baile deshaciendo los pasos hechos;
una forma de viajar hacia atrás
en el amor o la caricia,
como esa noche
junto a la ventana.

Un beso leve en el vaso de licor
que yo sostenía
y luego otro en la pequeña boca;
apenas un suave contacto de labios,
apenas una caricia
sobre la humedad del vino.

Volvía a su danza en medio de las
cobijas y la ropa esparcida,
hasta que horas después,
como un gato ebrio,
se acostaba exhausto sobre mi pecho
a dormir.

Y esa madrugada,
mientras él maullaba suavemente
sobre el lomo gris de la soledad,
yo cerré la puerta
por última vez.


DUCHA Y ADIÓS
Para Yehudi Ramírez


La brisa entra por esta ventana.

Sobre la mesa
el trago de ron
que no pudiste acabar
mientras decís,
apresuradamente,
que debés trabajar el turno de las ocho.

Me he pasado la tarde
pensando en tu espalda como
en la cuenca más llena de atunes,
porque siempre me han gustado
las bocas azules que saltan y muerden
a la menor insinuación del tacto.
Me ha gustado siempre
el intenso oleaje
que producen tus piernas / en la bañera.

La brisa entra por la ventana
y son ya casi las siete y cuarto.

Me decís que te vas a bañar
y a vestir.

Pienso que debo acompañarte
por deber o por costumbre,
pero te vas al baño
y yo aun no me levanto de la cama.

El agua suena como venida desde
adentro de nosotros
y pienso que deben ser
esos peces que te cubren el cuerpo
cuando te salta el agua encima.

La llave da vuelta con un chirrido
y ya no se oye más el
eco subterráneo en la bañera.
(Si acaso,
una gota o dos
desde el tobillo,
por el aire,
hasta la tina).

Te vestís adentro / y al salir,
ya precipitadamente,
decís adiós con un gesto
de la mano.

Veo que llevás el pelo casi seco.

Antes,
solías llegar tarde.

http://circulodepoesia.com/nueva/2012/08/19239/

JULIETA DOBLES


San José, Costa Rica, 1943


SILOGISMOS DE AUSENCIA

Si tu silencio me muerde la alegría,
escribo.

Si no hay música que llene tus ausencias,
escribo.

Si añoro la quemadura de tus manos
sobre mis playas húmedas,
escribo.

Si cuando te nombro me recorre la espalda
una fila de besos emigrantes,
escribo.

Si en tus labios borrados adivino
la única fuente que me mata de sed,
escribo.

Si el vacío de tu voz transforma mis silencios
en tambores ausentes y enervantes,
escribo.

Si toda mi piel grita de soledad y miedo
para ahuyentar la soledad invasora,
escribo.

¡Cuánta poesía entretejen
tu ausencia y mi dolor!

SEGUNDA DESFLORACIÓN

Apareciste.
Fugaz, impredecible.
El más urgente ahora.
El subrepticio beso a la distancia,
más quemante mientras más lejos arde,
más moroso y astuto
que a ras de labio.

Ardió sobre mi cuello
desde la otra esquina del salón,
ala temible y deleitosa.

Tu palabra,
la subversiva,
irresistible herramienta del deseo.

Y mi burbuja oscura,
aquella que arrastré
después del desamor.
mi segunda virginidad,
estéril, afrentosa,
rota de displaceres
donde el eros se esconde,
se esfumó en el asalto de tus manos,
ante el atrevimiento de tu lengua invasora,
enfrente al tajo de la noche
que improvisaste así para mi gozo.

Podría empezar a amarte
si me lo permitieras.
Eres demasiado fugaz,
tejido ajenamente en la distancia.
Y quizá nuestro mundos
no vuelven a cruzarse.

Te agradezco ese golpe de instinto
que me abrió claridades.
Recorrí, nuevamente,
la dulzura de los cuerpos
que se van acercando, hasta cerrarse
uno sobre otro, como puertas al gozo.
Y el jadeo triunfante,
música que no puedo desterrar de mi vida.
Y la belleza antigua de la espada
que siempre me sorprende,
y da vida y no muerte a donde hiere.

Quizá yo sea en ti
sólo unos ojos memorables,
que se irán disolviendo entre sus días
de rutina y de hastío.

Yo soy la gananciosa:
puedo hoy volver a amar.

DE PALABRAS

La palabra, tu palabra
es un barco certero hacia el deseo.
Lanza tan primitiva,
caricia tan urgente,
lindando casi con el rojo
mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,
me desata, me incita.
Plenamente verbal,
me humedezco de esencias germinales,
y se activan mis manos,
mi cuerpo, mi palabra también
para dormir el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,
moscardón malicioso,
me cosquillea el instinto.
Subleva mis silencios
y, exacerbada de penumbras,
nos acerca y nos une
en esa vieja danza
de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voy y mi voz se están amando
entrecortadas, susurrantes,
plenas de excitaciones, de turgencias,
de alientos agresivos o ternísimos,
entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan,
se muerden, se estremecen
sn esa enredadera de deseos
que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.

APUESTAS

Tú pones los silencios auspiciantes,
vestíbulo del ansia
en tu sonrisa de muchacho con soles.

Yo pongo la poesía.

Tú, esas manos de móvil expertez
que trazan tatuajes invisibles y ávidos
sobre el escalofrío de mi piel.

Yo pongo la poesía.

Tú, el beso,
puerta de mudos goznes al deseo.

Yo pongo la poesía.

Tú, las lanzas osadas y profundas,
sagradas armas, siempre nuevas
en la vieja irreverencia del amor.

Yo pongo la poesía.

Tú, esa ternura tuya,
sábana singular
que me rinde y me vuelca.

Yo pongo la poesía.

¿Y la música de los cuerpos,
perdurable en su hermosa brevedad,
triunfante cada día frente a la destrucción?

Ah, esa la ponemos los dos,
Tañedores expertos del deseo…

FUGA DE MUERTE

A propósito de un video sobre las víctimas indígenas
de Alteal, Chiapas, filmado en diciembre de 1997.
Pero, ¿a dónde van?
Atravesando ajenos montes de soledad,
cargando peso a peso su propio desamparo,
por los hostiles páramos en que la muerte anida
el paso muy pequeño y la mirada larga
por todas las fatigas y los fríos de este mundo,
¿a dónde van?

¿Dónde su albergue, su maíz, su canto?,
la mano fraternal que los devuelva
a la roca materna, anterior a la herida?

Apátridas perennes,
¿cuando terminará su errar de siglos
por las tierras en donde sus abuelos
hicieron dios al colibrí y al puma,
perpetuaron al águila
en sus cielos de barro policromo
y llenaron de ranas
los espejos del agua y de la piedra?

Aplastados bajo el peso del hambre,
pariendo entre la lluvia,
sollozando por sus casas derruidas,
y por el grito agónico
de sus muertos recientes
que los persigue como un mal sueño.
Arrastrando a sus hijos
fuera del vendaval y de la fiebre,
bajo el abrigo triste de una hoja anegada,
¿a dónde van?

Atrás dejaron todo:
los güipiles florecidos en rojo
por manos primorosas
quedaron en el barro de los odios.
La piedra de moler, despedazada
no volverá a cantar sobre el maíz precioso.
Y de la casa, sólo
un enjambre de latas y de óxidos
sostiene su memoria.
Se ocultan del ejército,
De su antifaz violáceo y desangrado.

Se ocultan de la mano del vecino,
inesperadamente cruel.
Y huyen, huyen, porque la lejanía
es la dudosa puerta hacia la vida,
donde no llegue la traición,
ni la tortura incube sus dolorosas larvas,
ni las preguntas lleven el pavor y la sangre.

Pero, por Dios, ¿a dónde van
bajo la lluvia ciega
y la noche, aún más ciega,
del hombre?

LA CASA CERRADA

La casa de mi madre sigue allí, en pie,
extrañamente en pie, como el tronco de un árbol
ya vacío a ras de la tormenta.

Pero nada se mueve en ella.
Nada bulle detrás de las paredes agobiadas,
nada pulsa, excepto el desamparo
que busca ansiosamente viejos ecos
en los amplios zaguanes,
donde el silencio anida como pájaro roto,
más penoso aún después de tanta música.

El reino de la ausencia:
esta es la verdadera ventana de la muerte,
que cristaliza todo lo vivido
en una urna imposible a los retornos.

Camino por las habitaciones
desiertas como espejos
que ya nada reflejan.
Con los muebles ausentes se marcharon
lo poco que quedaba de tu aura, madre,
y de nuestra presencia de infancias tan vividas
que su hálito terrestre
perfumaba aún mosaicos y rincones.

Quiero creer que tu saludo
desde la muerte fue veraz.
Que el sueño de las niñas
viéndote entrar de nuevo
con tu sonrisa de flor antigua
a la casa que nos vivió por medio siglo
fue un mensaje certero
para mi duelo sin respuestas.

Pero no hay resonancia en mi congoja.
La materia es tan sorda,
mi llanto tan espeso y tan urgente
que tan solo me queda este poema
donde converso a solas con la ausencia,
frente a aquel patio nuestro,
donde los árboles ancianos
sembrados por la mano paterna
-¿los recuerdas en su cortina de abandonos?-
se nos mueren también.

DE PALABRAS

La palabra, tu palabra
es un barco certero hacia el deseo.
Lanza tan primitiva,
caricia tan urgente,
lindando casi con el rojo
mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,
me desata, me incita.
De repente, plenamente verbal,
me humedezco de esencias germinales,
y se activan mis manos,
mi cuerpo, mi palabra también
para domar el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,
antiguo moscardón malicioso,
me cosquillea el instinto.
Si la escucho, subleva mis silencios
y, emparedada de penumbras
nos acerca y nos une
en esa vieja danza
de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voz y mi voz se están amando
entrecortadas, susurrantes,
plenas de excitaciones, de turgencias,
de alientos agresivos o ternísimos,
entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan, se muerden, se estremecen
en esa enredadera de deseos
que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.