ROBERTO MARIANI

La Boca-Buenos Aires- Argentina, 1893-1946

LA ACEQUIA
 


He aquí que la acequia de agua gorgeante y clara
Distiende ante el poeta su eglógico tapiz;
Romántico el poeta, una pregunta avanza,
Pero el agua prosigue su aventura febril;
El agua de la acequia no quiere saber nada;
El arroyuelo corre, corre, sigue corriendo,
Entre ríspidas piedras, entre espinillos secos,
Por los cerros y el valle, por potreros y viñas,
Corre, sigue corriendo, con su canción exigua…

Piensa el poeta: acaso yo soy este arroyyelo
Todo frescura y todo bondad, que va corriendo
Entre actitudes ríspidas, entre frívolas gentes,
Entre raros amigos, dulce y serenamente,
Llevando su caudal de amor o de dolor,
Corre, sigue corriendo, ajeno al comentario
Que suscita, corriendo, en los ingenuos labios,
Eglógica, una pobre pero limpia canción…

LA NIEBLA

La ciudad se ha vestido
Con niebla gris y prieta

Los tranvías se pierden
Raudos dentro de la niebla

Y de la niebla surgen
Otros tranvías, otros…

Es un país feérico
El trozo neblinoso

Tan cerca, y no la vemos,
Hay una vida activa;
Dentro el manto de niebla
Hay un mundo, una vida

SER ÁRBOL

Arboles del camino cuya sombra despliega
Paz y serenidad para todo el que llega
Por los hombres herido. Oh árboles serenos
En la tempestad, fuertes, y a todas horas llenos
De una extraña amalgama de orgullo y humildad.
Yo llegará ser árbol, a ser serenidad.

ARBOLES SIN NIDO

Me voy hacia el monte
Por este camino
Me voy acercando
Ya el monte diviso

Arboles lozanos,
He vuelto a ser niño
Corto ramas, corro,
Me agito, me río

Cómo gritaría:
¡Milagro! ¡Prodigio!
¡Nunca he sido hombre,
Siempre he sido niño!

Arboles; ¿qué es esto?
Ni uno sólo he visto
Que tenga en su copa
La copa de un nido

Arboles lozanos,
¡ay!, pero sin nidos…

He vuelto a ser hombre,
Oh corazón mío…

MÍA

Esta es la hembra cuya carne es mía;
La dueña es ésta de mi mal destino;
Colmada copa donde bebo el vino
De un grave amor, todo sabiduría

Claridad que define mi camino
Y sombra peligrosa de mi ría;
Gobierno en mi tristeza y mi alegría,
Y matiz, timbre y alma de mi trino

La creo mía y yo soy todo suyo;
En su absorbente voluntad diluyo
El ruego humilde y el deseo airado

En ella tanto me he abandonado,
Que suya es hasta mi melancolía.
Pero su carne es mía, mía, mía…


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