ORESTE ABIATTE


Argentina, 1921

YA NO HABRÁ NUEVAS LUNAS
 


en los fríos de las noches
de los negros caballos.
Ya no habrá otros luceros
en el río
espejando las lágrimas
que callo.
Aterido de ausencias
de tibiezas
sólo habrá la intemperie
donde me hallo
y ayeres agrisados
de tristezas
en las noches
de los negros caballos.
Atrapada
de pájaros en vuelo
como flor que arrancaron
de su tallo,
yo la vi subir de blanco
hasta el cielo
esa noche
de los negros caballos.

DESPUÉS DE AYER 

a Ladia 

Se fue de sí un día.
De pronto.
Inadvertidamente;
como inadvertida fue siempre su existencia.
Hasta creo que nunca existió,
a pesar de su presencia viva.
Acaso fue sólo un mimetismo, que la hacía reír
si yo reía;
que la hacía llorar
si yo lloraba.
Tal vez fue sólo presencia sin piel,
abrigada en mi piel.
Que entonces se hizo ausencia
para caminar ayeres.
Como un tímido vuelo hacia los silencios verdes
de una tarde desganada
que bostezaba su crepúsculo.
Como una estrella que se apaga en el cosmos de otra
que se enciende viva a su sombra



HOY EN MI TEMPLO

Hoy
en mi templo recoleto
sentí tus infinitos
ausentes,
como si estuvieras anclada
en algún muelle del horizonte.

Tal vez el mar
te atrapó en su playa
y las olas
cubrieron de sal gema la piel
y de algas y de líquenes.

La luna parecía navegar
sobre un archipiélago de nubes,
para alejarte de mis ojos,
para no descubrir,
quizás,
con sus fosforescencias
tu cuerpo de arena.

Hoy
la noche cómplice está callada
-abrumada de adioses-
y los astros,
opacos,
miran hacia abajo
la luz mortecina
de un sol que se apaga...
y mi alma te busca
en todos los puertos,
más allá de los oscuros laberintos
donde las ausencias
guardan sus silencios
oceánicos.

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