MARCELINO. M. ROMAN


Victoria (Entre Ríos) Argentina, 1908.
 

PICAFLOR

Picaflor, pájaro, mosca,
picamirto, colibrí,
rondaflor, pájaro abeja,
tominejo, guanumbí,
zumbador, tente, tumiño,
sunsún, rundún, mainumbí.
En juego de tornasoles
juega el lujoso matiz.
Si él eligió esos colores
se ve que supo elegir,
vistosa seda flamante,
verdiazul, rojirrubí.
Las flores se secretean
cuando lo miran venir.
Vestido con esas galas
quien se puede resistir!
Con gracioso atrevimiento
estira el pico sutil.
Al canto no lo precisa
su modo de seducir.
Sagaz buscador de néctares,
pequeña vida feliz,
va volando volandero
por la rosa y el jazmín.
Chispa de estrella graciosa
irisando el aire gris.
Estela de rumor tierno
va dejando tras de sí.
Desprendido del paisaje,
diminuto y varonil,
luce su oficio de pájaro
tan entregado a vivir.


EL GORRION

El gorrión llegó hace mucho
desde muy lejanas tierras
y halló en esta tierra gaucha
para siempre su querencia.
Se hizo tan de estos lugares,
tan familiar su presencia,
que ya en el paisaje nuestro
tiene raíces eternas.
Se lo pasa cuchicheando
o cantando a su manera,
movedizo y muy orondo
con su humilde vestimenta.
Le gustan para anidar
las viejas casas de tejas,
los huecos de los andamios
y los pozos, las taperas,
los aleros apropiados
y también las alamedas.
Insectos y gusanitos
para alimentarse encuentra,
o confiado y desenvuelto
llega seguido a las huertas
sin preguntar por el dueño
a buscar verdura fresca.
No hay mal tiempo que lo achique
ni crisis que le haga mella.
Su alegría conversada
va por patios y azoteas,
escribiendo en el paisaje
su optimismo a toda prueba.

EL TERO

Picazo-overo, alertero,
el tero de buena pinta,
alto, erguido y adornado
con airón de pluma fina.
Junta en sus modalidades
la audacia con la malicia
y quiere arreglarlo todo
con su grito y su política.
Arrimado a las aguadas,
en tierra baja se afinca,
donde con su buen discurso
halla lo que necesita.
Ni árbol, ni cueva, ni hueco
ni matorral lo cobijan;
quiere el horizonte abierto
y al raso para la vida.
Pone tres huevos overos
en el hoyo donde anida
y a veces unas virutas
de resaca al nido arrima.
Para ocultar la nidada
muchas mañas utiliza,
agachadas y amenazas
y graciosas picardías.
Saluda atento a los perros
aunque no le simpatizan
y pronto lleva sobre ellos
acrobacias agresivas,
o al carancho pone en fuga
con ágil acometida.
El rojo espolón del ala
es un arma siempre lista.
Siempre al tope de la noche
su bulliciosa vigilancia.
Tero, qué tero alertero
que por cualquier cosa grita.

EL MARTIN PESCADOR

Retacón, pura cabeza,
con esa facha parece
tras de feo, medio zonzo;
más de zonzo nada tiene.
Tiene el pico agudo y recio,
blanca gola y blanco vientre,
el pecho marrón rojizo,
lomo verdoso luciente.
Ríos y arroyos recorre
y entre árboles se detiene.
Cuando de anidar se trata
la barranca lo guarece,
donde hace a su modo un túnel
sin ningún inconveniente.
EL oficio de la pesca
lo alimenta y lo divierte.
Aunque es de los que se mojan
la vez que pescado quieren,
tiene viveza y recursos:
sale con la suya siempre.
Sujeta el vuelo en un punto
sobre la lenta corriente,
mientras hunde la mirada
descubridora de peces.
De pronto como flechazo
en el agua se sumerge
-fijo el ojo, listo el pico-
y, como el tino no pierde,
con un blanco pececito
al instante reaparece.
Con lo lindo de sus días
de tanto en tanto se yergue
y e su canto de matraca
toda su alegría enciende.

EL JILGUERO

He visto cruzar la tarde
en vuelo bajo al jilguero
en bandadas melodiosas;
mientras –celeste tropero-
a silbidos y pechazos
repunta nubes el viento
y amontona soledades
sobre el vasto campo quieto.
Briznas de cielo en el pico,
briznas de sol en el pecho,
sombra de nube en las alas.
aire gracioso en el vuelo;
el trino, música tierna
donde se acuna el silencio,
y hebras de amor en su nido
cuando llega el dulce tiempo.
Entre qué débiles cañas
qué nidito tan pequeño!:
sutil trama primorosa
entre el milagro y el sueño,
como si la misma brisa
lo sostuviera en sus dedos.
Y cuando ya los trigales
aprontan su oro moreno,
los pichones creciditos
ensayan tocar el cielo.
Y se agrandan las bandadas
y, en los días de sosiego,
todo el paisaje se endulza
con música de jilgueros.

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