EMILIO SOSA LÓPEZ


Córdoba-Argentina, 1921-1992

ESE PRIMER GOLPE DE CÍMBALO DE OTOÑO
 

Llegará el otoño y uno volverá a pensar en una playa desierta 
donde apenas se oye el mar.
La arena es siempre una abstracción 
y allí no rumorean las olas, salvo en la imaginación; 
las nieblas huyen hacia el horizonte
y el espacio se vuelve mental con sólo tocarnos la frente. 
Desconcierta nuestra habitación que vaga por diversos países. 
Afuera las hojas amarillean y caen, y nadie sabe ya 
qué fecha es. Los ámbitos están llenos de ladridos

y hay muchos perros ateridos que ambulan desde siglos. 
Uno piensa que un viento helado los barrerá para siempre. Sabrán
de ese modo cuán lentamente se ingresa a un tiempo fantasmal, 
Las calles lindan al final, entre molduras calizas, 
con un desfiladero misterioso. Es el momento en que pensamos en
[una playa
de la que está ausente el mar.
La soledad agobia al sentirnos
lejos de alguien. Y es comprensible que nadie entienda el mundo
[en que vive.
Entonces me digo que todo se acerca a un irremediable

fin. De esto los perros son verdaderos filósofos. Lo anuncia 
el otoño que retorna con su viejo álbum de láminas gastadas. 
¿Quién lo dejó olvidado en un estante al mudarse? 
Quizá tu rostro se haya borrado como una tormenta lejana. 
¿O alguien aún aguarda por ti en una postal? 
¿Volveremos a reír sentados los dos en una taberna 
de Burlington, y hojas sin claridad que comenzaban a dorarse? 
La verdad era que no queríamos ver lo que había detrás. 
Tan familiar resultaba la luz como los automóviles que pasaban
por el camino; la brisa chirriaba bajo los neumáticos 
como una música apagada. Pero la memoria ha ido endureciendo 
los árboles como piedras. Mejor dicho, lo ha transparentado todo. 
Sólo queda al fondo una playa imaginaria
con nieblas de plomo
o planchas de cinc que se quiebran entre rayos. Un viento terrible
parece adentrarse en la espesura del cielo
sin que nos alcance su estruendo.
Con esas ráfagas que hieren, en medio de un follaje

de hierro, el día cobra un sorprendente poder sobre el mundo. 
Y no hay refugio adonde llevar tu muerte.
Ninguna escritura
podrá contener lo que por sí se destruye. Los rastros que quedan
son de otra realidad que apenas puedes entrever.
La arena misma no soporta trazos, es materia de sueños.
Por ello la carta que ahora quisiera escribirte tiene la desolación
de los médanos. Y el día es tan azul como blanco
y gris el mar contra lo negro que nos desdibuja.

Así es como se borra tu recuerdo dentro de mí, pues escribir es
[como caminar
en una playa floja, remontando el rumor de olas y voces
[entremezcladas
y vientos que aúllan más allá de toda distancia.
Pero eso es el silencio —que nunca se lo puede oír del todo.
Y ahora que hablo de sueños pienso en calles que no se sienten
[al andar,
paredes o umbrales inconsistentes como el humo, 
o sillas que parecen no tener ningún peso. No obstante
el mismo sol brilla en las ventanas. De repente tu rostro
se vuelve hacia lo oscuro para no mirar.

Es que nuestro mundo es muy extraño en su oculto terror.
Septiembre 1 de 1991

ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN POETA

Idear un rostro fue una empresa de ondas y torbellinos.
Herían como cuernos de luz, muy semejante a la música. 
Imágenes del comienzo en torno a una mariposa que revolotea: 
ojo del niño, ojo profundo del agua que ve su propia mano. 
Tú estabas allí, en aquella comarca de la muerte naciente 
cuando hasta las piedras cantaban resonando en los ecos. 
Luego el mundo se volvió tan viejo que nadie recuerda 
a qué día me refiero, de azules fragmentos en su irradiación. 
El hombre ya traía esa estría que ciega desde las tinieblas, 
irisado él mismo desde su centro paradisíaco. 
Mas al girar la cabeza vio que su propia sombra generaba 
la noche. Así entró astutamente dentro de sí.
—Que es como decir dentro de mí, tal un ángel de cristal, 
cristal su voz, su espada, la memoria que todo lo borra
en su transparencia. Yo ofrezco pues mi mano de cristal. 
Nadie la ve. Amenazo con mi espada y pasan sin verme. 
Soy abismal volviendo de mis sueños que nadie recuerda. 
¿Qué era ser hombre aquel primer día del Paraíso? 
¿Un hermoso animal de nudos luminosos para la noche 
o una sombra en medio del resplandor de un sol fijo? 
Las olas devolverán sin duda lo que perdí en los demás, 
esa gran hendidura de lo que quedará girando a solas.

Y ahora vengo a saber que tus pasos se perdieron y que tu
[cabello
fue luz y resguardo tus manos y rugoso el tronco 
donde exhaló tu respiración. Hombre, llama perdida, 
aún vivo pero siempre con una inmensa muerte a cuestas, 
muerto en pie como ese molde de aire que todavía aguarda 
en tu ciudad fantasmal. Tu calle nadie la inventó 
pero estaba en el sueño como una forma de la eternidad.
O tu casa, algo que el sueño inventó y allí se fijó. 
¿Qué murió entonces contigo? Y quien murió, ése fue el gran
[desconocido 
que todos amábamos. Ideábamos su rostro en tu rostro, 
su misterio en tu modo de callar. Una antigua arboleda 
parecía agitarse en el fondo de tu misma ansiedad.

Pero toda partida es rápida y apresura el tiempo de nuestras vidas. 
Sólo queda el rumor de lejanos jinetes, leyendas que se han urdido 
en valles nunca vistos, ríos que anudan lo profundo 
a las altas lluvias, rumores de vientos que en su origen
fueron mansos, brisas del paraíso perdido con sus flores 
como diosecillos. Oh, sí, un tiempo anterior donde el hombre 
era todavía un dulce animal o un ángel desnudo, absorto, 
mirando la belleza a su alrededor con la sagrada tristeza 
de quienes fueron forjados antes de ser ellos mismos.

Diciembre 12 de 1991

TRÁNSEAT

Vivir es sobrevivir en el tiempo y, además, tener un cuerpo y un yo —o varios 
yoes si andas loco. Así caminas embriagado de ti. Doblas por una esquina 
que se abre a la fatalidad. De igual manera lo monstruoso aguarda en 
cualquier rincón. Esto nos recuerda que tenemos un rostro que se deshace 
como cera frente a llamas imprevistas. Pero ya no puedes volverte atrás.

Tus pasos te llevan en dirección contraria a donde quieres ir. He aquí la 
encrucijada que te hace ver el mundo de un modo distinto, incluso como una 
absurda invención. Y pulsas en tus manos unas manos ajenas que te 
arrebatan todo.

Quizá comprendas entonces que nada de lo vivido te pertenece. Lo tuyo es 
sólo ataduras o desperdicios del tiempo. Y el tiempo un velo que te impide ver. 
Y buscas ampararte en un mundo hecho de escondrijos y asechanzas: la luz 
es todo nudos, sedosa malla el aire, prisión el yo.

Tu yo es la prisión de tu carne; tu carne, materia de sueño, tan próxima a la 
prisa del agua... ¿Guardas memoria acaso de sus oleajes? Tu memoria 
espejea como un charco y a veces deslumbra bajo el sol. Lo extraño es que el 
sol te induzca a lo oscuro, como un libro de creencias.

La verdad es que tus ojos verían mejor en las tinieblas pues ¿qué es lo que 
quisieras ver? ¿Algún indicio del Paraíso? La luz únicamente deja ver lo que 
el hombre ha elaborado en su destierro. La historia es nuestro exilio, una falsa 
riqueza. La luz misma empobrece toda ostentación.

Acumulas residuos y cenizas. 0 ruinas que admiras por su soledad. La idea de 
la riqueza no atañe al día. Alude al poder: poder de los dioses, poder del 


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