DOMINGO D. MARTINTO


Argentina, 1860-1899

EN EL HOGAR
 

En el fondo de antigua chimenea,
Entre rojas y azules llamaradas, 
El negro trozo de carbón chispea,
Y de su luz los rayos inseguros,
Al desplegar las alas encantadas,
Luchan y oscilan en los blancos muros.

En un rincón tranquilo de la pieza, 
Sobre una piel de tigre acurrucado
Y hundida en la penumbra la cabeza,
Duerme mi perro fiel, el noble amigo
Que, en todas partes, encontré a mi lado
Pronto a gozar o a padecer conmigo.

Fuera, la lluvia con furor azota 
El cerrado cristal de la ventana,
Y en su murmullo, el inconstante viento
En una triste y quejumbrosa nota,
De la arboleda o de la mar lejana 
Traer parece el inmortal lamento.

Junto al fuego sentado, con el brío
Y el entusiasmo de la edad primera,
Yo dejo errar el pensamiento mío
A los caprichos de cualquier quimera;
Y enjambres de doradas mariposas,
Que a los rayos de un sol de primavera
En torno giran de las frescas rosas,
Los dulces sueños de mi amor de niño 
Vuelven, como antes, a cercar mi vida.
Y otra vez en mi alma entristecida
Se abre la flor de mi primer cariño.

¿No la veis?... ¡Es mi madre! Sonriente, 
Sentada al borde de mi tierna cuna, 
Próspera y grande sueña mi fortuna
Y el labio imprime en mi dormida frente;
Y luego, al verme despertar, su canto 
Une, feliz, a la oración sencilla,
en su semblante candoroso brilla 
De su ternura el inefable llanto.

¡Cuadro de amor y de virtudes!
¡Bastas Para llenar mi corazón entero! 
Mas, cual las aves en el roto alero, 
Otras visiones, como aquéllas, castas, 
También se albergan en la mente mía,
Y cuando el labio con afán las nombra,
Cantando salen a la luz del día.

La vieja, rota y desteñida alfombra 
Donde rodaba, en inocente juego, 
Bajo el ombú de centenaria sombra,
O donde acaso, en mi infantil locura, 
Soñé, ofuscado por orgullo ciego, 
Alzar Babeles y escalar la altura; 
El mueblaje, el retrato suspendido 
De la vieja pared; el alfabeto
Con bulbuciente rapidez leído; 
Todos son trozos de mi pobre historia,
Y a todo está mi corazón sujeto
Por algún hilo de feliz memoria.

Aquí no llega del combate humano 
El grito de dolor o de victoria 
Que lanza el hombre al agitarse en vano. 
Todo la paz de la virtud respira, 
Todo al inquieto corazón serena,
Y el alma libre, cual gigante lira
A cada soplo del recuerdo suena.

¡Aun no concibo como pude, lleno 
De engañosa ambición, dejar un día, 
Paterna casa, tu inviolado seno, 
De tus amores el calor fecundo,
Y todo cuanto en la niñez me hacía
Amar a Dios y bendecir el mundo!

¡Cara pagué mi ingratitud! Mi frente 
A los golpes cedió de los pesares, 
Mis fuerzas se extinguieron lentamente,
Y mi ardorosa juventud, vencida,
Cual rota barca en agitados mares,
Sola y sin rumbo atravesó la vida.

Pero ¡qué importa! Del paterno techo 
Otra vez a la sombra me reposo,
Y junto a todo lo que amé, dichoso
Como antes, vuelve a palpitar mi pecho.

¡Nada ha cambiado! Siempre la fragancia 
De los días risueños de mi infancia 
Como perfume de marchitas rosas, 
Impregna el aire de mi humilde estancia;
Y hasta en el polvo del sillón ajado,
De aquellos tiempos y de aquellas cosas 
Algún recuerdo me dejó el pasado.

¡Ah! ¡cuando venga, enamorada, un día 
La tierna virgen de mis sueños de oro 
A ser mitad de la existencia mía, 
Dadle también, en armonioso coro, 
Dulces objetos en que vivo preso, 
Dadle, felices, el triunfal saludo, 
Mientras se pose mi anhelante beso, 
Como ave fiel, sobre su labio mudo!

Sólo ella falta a mi cabal ventura 
Para que eterna y sin rival se crea,
Y ella vendrá, como la lumbre pura 
De un nuevo sol, a iluminar mi paso, 
A ser el molde de mi propia idea
Y el dulce asilo de mi triste ocaso.

Quizás entonces, si otra vez, rendido, 
Sin fe en el cielo, con el alma fría, 
Torno ¡oh mi hogar! a tu caliente nido, 
Pueda como hoy, en tu feliz sosiego, 
Soñar las glorias de distante día 
Junto a la luz del moribundo fuego.


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