ADÁN QUIROGA


San Juan, Argentina, 1863 - Buenos Aires, 1904

AL EJÉRCITO DE LOS ANDES
 


Su plan de cóndor, de tan vasto aliento, 
El Misionero silencioso fragua, 
No son valla los Andes a su intento, 
Ni la rugiente inmensidad del agua. 
La cordillera en cada invierno espesa 
Sus aluviones de perpetuos hielos. 
Y en cada tempestad el mar ensancha 
Su no sujeto límite iracundo: 
Que aquélla escala cielos y mas cielos. 
Y el agua precipita su avalancha. 
Sobre la curva tropical del mundo 
Y el Misionero silencioso calla. 
Y en la andina ciudad retiene el día 
De su primera y su triunfal batalla 
Que no es hora propicia para el golpe 
De un pálido sol de mediodía 
A laborar aprisa, y sin sosiego. 
En el callado invierno sin alarmas 
Juro hierro someter al fuego 
Y convertirlo en vengadoras armas 
A no dar tregua en la ciudad patricia. 
Ni en el parque y taller del Plumerillo, 
A la fragua, el batán, al yunque. al molde, 
A la aguja, a la lezna y al martillo 
Y a maniobrar de sol a sol. 
Mendoza; 
Con pie seguro en sus movibles valles, 
Es un gran campamento; vivaquean 
Cambujos y libertos en sus calles; 
Los cholos de rebeldes alardean; 
Cantan contra su rey, y de las viñas 
En odres beben los cuadrienios jugos, 
Y en las dulces miradas de las niñas 
Uncen de nuevo los odiados yugos. 
¡Ah! ¡Todo el mundo a caballo, y en campaña!- 
Truena un clamor de la argentina tierra, 
Y todo el mundo se alza contra España 
Con el dilema: -¡Independencia o guerra! 
El bravo montañés, el heredero 
De los dolores de la extinta raza, 
En atizar los odios contra el godo, 
En franca rebelión, es el primero. 
Su varonil espíritu rechaza 
Dominaciones, servidumbres…, ¡todo 
O nada! -quiere en el natal refugio 
De sus bohíos, que el rencor le abruma… 
¡Y a borrar el baldón de Vilcapugio, 
Y a vengar la vergüenza de Ayohuma! 
De valle en valle la noticia cunde 
Que el Salvador apareció en Mendoza, 
Y por llanos y sierras se difunde: 
Y entre el continuo circular del mate 
Junto al fogón de la ignorada choza, 
Las mentas hablan de un triunfal combate. 
¡Y adiós Castilla con sus bravos godos, 
Alféreces, justicias, regidores, 
Impuestos, alcabalas y tributos 
Y forzados servicios y rigores, 
Monopolios de oficios y de frutos, 
Y cuanto grana y cuanto espiga el suelo 
Para fomento de las arcas reales! 
¡Y adiós fueros de doctos y de usías, 
Fernandinos escudos y blasones, 
Prebendas señoriales, regalías, 
Tapadas, y tenorios y balcones! 
¡Y adiós, oh linajudo castellano, 
Que seda y raso y damasquinos gastas! 
¡Y el poncho valga, el barragán indiano, 
La patria urdimbre y el hechizo lienzo, 
Que ya proclama la igualdad de castas 
El criollo sableador de San Lorenzo! 
En ciudades, y villas y campañas, 
Con un ir y venir de gratas nuevas, 
Mozos, viejos, paquetes y paisanos, 
Se empiezan a alistar para las levas, 
Jurando no amainar en la batida 
De obligado desquite a los hispanos. 
Con voz tonante, en el villorrio, el cura, 
A la sombra del tala centenario, 
A la patria proclama, la lectura, 
Reuniendo en asamblea, al vecindario: 
Y al estallar la aclamación, un mozo, 
Que en las filas patrióticas milita 
Y en arengar al pueblo se ejercita, 
Arrebatando aquel papel, se lleva 
El viril documento en que palpita 
El alma joven de una raza nueva, 
Y entrando a la cercana pulpería 
Vuélvense. el pueblo una hermandad de amigos 
Una constante vidalita, el día, 
La noche, un largo retrucar de obligos, 
Desde Jujuy notábase y las Punas 
Un indemne, insumiso movimiento, 
Que a la región andina sacudía 
El vórtice de un grande pensamiento 
Con los nuevos ideales y fortunas. 
Los de Salta y Jujuy bajan del Norte 
Montados en los briosos redomones 
Del gaucho Güemes, con airoso porte, 
A un quejumbroso yaravé 
El metro de las bélicas canciones. 
A la mitad de su camino alcanzan 
Al tucumano, que con firme empeño 
Abandona su obraje en los laureles 
Y sus surcos de caña; al santiagueño, 
Que no lleva otro avío que sus ojos, 
Atisbadores de la huyente abeja, 
Que labra en troncos de simbol sus mieles. 
Tras ellos van los criollos del Ambato, 
Gastando el lujo de sus ponchos rojos, 
Y encomendando, al clarear el día, 
El multiplico semestral del hato, 
La suerte de sus hijos a María; 
Y luego sigue el perspicaz riojano, 
Que el trance salva las llanuras secas, 
Al desamparo de su cielo glauco, 
Silbando gatos, tarareando cuecas 
De las vendimias de su dulce Arauco: 
Y el cordobés audaz, que en su tonada, 
Alardeadora de sus doctas luces, 
Se pinta con sus mañas de paisano, 
Viaja a la par del corredor puntano, 
Insigne en las batidas de avestruces. 
Y aquella romería se encamina 
A la ubertosa tierra de alamedas, 
Do medra el enviciado carolina, 
Do el olivo y la vid se dan abrazos, 
Y la morera mueve con sus brazos 
La rueca de oro del telar de sedas. 
¡Salve, oh raza de heroicos montañeses! 
¡Mohinos y aguerridos luchadores, 
Ya azoten vuestra carne los reveses, 
O la lid os aclame vencedores! 
¡Por vosotros culmina la existencia 
De esta gran patria de las patrias todas; 
Mira aumentar su ejército, a medida 
Que su fe en la victoria se acrecienta, 
Y el día llega de lanzar su gente 
A la grande, invencible, arremetida, 
Precipitando sobre el otro lado 
De espadas y de sables un torrente, 
¡Paso al invicto Capitán y ¡plaza! 
A los bisoños tercios que le siguen, 
Y que fusil al hombro y sable en mano 
El gran ideal de libertad persiguen 
Para todas las patrias oprimidas 
A lo largo del suelo americano! 
La disciplina ingénita transforma 
Al montañés intonso en veterano, 
A la mesnada rústica en milicia; 
Al toque de tambor en línea forma 
La zafia y grande división patricia, 
Que al rumor de ardorosas clarinadas 
Camina y anda, evoluciona y muere 
Su mar de bayonetas afiladas. 
¡Cómo al patriota espíritu conmueve 
E inspira aquel ejército formado 
De un día al otro, con genial empeño, 
En la historia del mundo destinado 
A realizar la idealidad de un sueño! 
!Vadear los ríos, ascender montañas, 
Salvar desfiladeros, repitiendo 
Del Africano y Corso las hazañas; 
Convulsionar las oprimidas tierras; 
Dominar horizontes y confines, 
Caminando por rutas de victoria 
El puñado de heroicos paladines 
Que llegan a codearse con la gloria; 
Izar el blanco y el celeste trapo 
En la torre del gótico castillo, 
Entregando a las plebes, hecho harapo, 
El glorioso y simbólico estandarte 
Del honor, de la fe, de la ventura, 
Pasa el invierno frígido y brumoso, 
Y ostenta la aterida Cordillera 
Su espléndida canicie de coloso. 
La mira el Misionero silencioso 
Circunscribir el límpido horizonte, 
Y anonadado al verse tan pequeño 
Midiendo su estatura y la del monte 
Murmura sin cesar: ” Esa montaña 
No me ha dejado conciliar el sueño” 
Ya se siente en el patrio campamento 
Del Plumerillo, en el risueño valle, 
Un grande y obstinado movimiento, 
Hervir de gentes y chocar de espadas, 
Y, galopando en su piafante potro, 
Anda anunciando el oficial Lavalle 
Que comienzan las clásicas jornadas. 
La histórica ciudad del Misionero, 
Como garrida almea se engalana, 
Y al aire lanza su canglor guerrero, 
Que al despuntar de una feliz mañana, 
Abriendo calles el clarin resuena, 
Y la tupida multitud renuente 
Las avenidas y los parques llena, 
Con desgaire triunfal de independiente. 
En aquel grande, inolvidable día 
Cayó la bendición a nuestro suelo, 
Y proclamó la muchedumbre loca 
Su fe en el triunfo y en el Dios del cielo, 
Con el fecundo grito de su boca. 
Respondieron tambores y clarines 
Por seis mil silenciosos corazones, 
Y el nombre de la patria fue llevado 
Por el viento a los últimos confines 
Palpitando en las sacras oraciones. 
Mas las campanas de las torres callan, 
Y no como en los días de victoria 
Con jubiloso repicar estallan, 
Cantando triunfos y gritando gloria: 
Y es que corren, con ruido estrepitoso, 
Detrás del escuadrón de pica y lanza, 
Fundidas en cureñas y cañones 
Por fray Luis el artífice ardidoso, 
Arquimedes del parque y la maestranza. 
Ha llegado Condarco, el ingenioso 
Fabricante de pólvora y batanes, 
Que rema con el fuego y con el agua 
Enero en la afilada bayoneta ardía 
Y en las espadas de bruñido acero. 
Y era un largo silencio emocionante 
De mar dormido en crepitante calma, 
De esas que suelen preceder al trueno 
Y a la proterva tempestad del alma. 
Cuando rompió la tregua de la vida 
El ronco acento del cañón andino, 
Que daba la señal de la partida 
Al inmortal ejército argentino. 
¿Quién es aquel a quien la turba aclama 
Con explosión de vítores triunfales ?.. 
¡Escrito está su nombre en los anales 
De medio mundo! – ¡San Martin se llama! 
¡El héroe de las druidicas Misiones, 
Alto; y fornido, como atleta griego, 
Cuya frente enigmática y serena 
Se insuflaba en su mundo de visiones 
Sobre una inmensa tempestad de fuego; 
El ronco Capitán de tez morena, 
De aguileña nariz y negros ojos, 
Los que, a la sombra fiel de sus pestañas, 
Abarcaban las patrias lejanias, 
Miraban a través de las montañas! 
En su mula, enjaezada a la chilena, 
De pie firme y de criollas energías, 
Al tranco marcha. 
Cubre su melena 
El típico falucho; gran capote 
Azul turquí, botonadura gualda, 
Ribeteado con vivos encarnados, 
Su pecho envuelve y musculosa espalda; 
Su diestra empuña el coruscante sable, 
Que apunta a los altisimos nevados; 
Calza su pie la granadera bota 
Que a la rodilla da; ciñe en su taco 
La nazarena de estrellado bronce 
Con que pica a su potro en la derrota 
Del enemigo, cuando le abren claros 
Las recias cargas del Octavo y Once. 
Al lado del gigante Misionero 
Va, conduciendo el militar tesoro, 
Zenteno, el ascendido tabernero. 
Del Estado Mayor gloria y decoro, 
O’Higgins marcha, en el momento aciago 
Para su Chile, que Marcó avasalla, 
A despertar el alma de Santiago 
Con la diana triunfal de la batalla. 
Las Heras va también, el gran Las Heras 
Empuje de los choques resonantes, 
Que rompe cuadros, desbarata hileras 
Con su aguerrido pelotón de infantes; 
A la vanguardia de sus tropas, sigue 
Soler, el iniciado del Cerrito, 
El primero en trepar con osadía 
Las empinadas cuestas de granito. 
Lleva a la grupa de las mulas, Plaza, 
Para hacerse escuchar, la artillería, 
Temistocles de trueno y la amenaza. 
Crámer y Conde, con marcial talante, 
Guían al siete, iniciador de acciones; 
Portus y Freyre, a la Legión volante 
De audaces coraceros y dragones; 
Mandan a los hercúleos granaderos, 
A cuyo galopar tiembla y chispea 
La tierra, en polvorosos entreveros, 
Escalada, Zapiola, Necochea, 
Y Melián, Olazábal y Lavalle, 
El que al frente de rápidas patrullas 
Corre a probar el temple de su corvo 
En los agrios ribazos de Achupallas. 
Y aquella armada multitud guerrera 
Andando, andando, poco a poco sube 
A la patria del águila altanera, 
A la tierra del cóndor y la nube, 
Cual si su intento gigantesco fuera 
Dominar la amplitud del Continente 
Desde la última roca de granito, 
Interrogar al cielo frente a frente, 
Y sondear la intención del infinito… 
¡La Libertad en vuestra acción conga, 
Anónimos soldados argentinos, 
Preclaros héroes de la patria mia! 
Desde el Estrecho al Ecuador lejano, 
Con la fe de su gloria y sus destinos, 
Que el misterioso porvenir escuda, 
Una mitad del mundo americano 
Al puñado de Apóstoles saluda!

Adán Quiroga (1863-1904)
Fuente: Instituto Sanmartiniano

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