KAREL VAN DE WOESTIJNE


 
Gante-Bélgica, 1878 - Zwijnaarde, 1929


LAS CHICAS DE LAS TABERNAS

tienen un regazo tierno.
Ven los mozos con agrado
e infantan sus hijos muertos.

Corsés que aprietan y aflojan
llevan de seda fueguina.
Despertamos a su flanco
con bocaza arrepentida.

El mar redondo en que erramos
señas da y bosteza siempre:
nos hace añorar las vigas
y enviuda a nuestras mujeres.

Y anclamos en las tabernas
con su reposo furtivo,
tinto y mozas placenteras,
aún más que en el mar perdidos.

YO HE ESTADO AQUÍ...

Yo he estado aquí, allá, acullá,
en la tierra y en los cielos.
Y en resumen, ¿qué he encontrado?
Que es la luz más viva la de mi haz,
que no hay para mi cara ni un espejo,
ni hay óleos que alivien mi pecado.

Una vez me di a gozar
en una mesa sin Dios.
¿Acaso me bebí el mar?
¿Me comí la tierra? ¡No!
Que me asé mi propia carne
y escancié mi propia sangre.

¿Cuánto ha durado el banquete?
Tú has sido el último huésped,
Muerte, con tus ojos sorprendidos,
Muerte, con tu boca tan cosida
coses don y cortesía
con mis ahitos tejidos.
Fue cuando solté a mi azor
tras las piezas figuradas
¡oh, el hambriento cazador!

Y mi piel quedó escarchada
por un frío de esqueleto
luciendo en el puro hueso.

Sí, estuve aquí, allá, acullá,
en el infierno y la gloria.
Y llego a esta conclusión:
sombra bella la de mi haz
y ¡ay! mi cara gris en sombra
es aún el más bello sol.

Incluido en Antología de la poesía neerlandesa moderna (Ediciones Saturno, Barcelona, 1971, selecc. y trad. de Francisco Carrasquer).


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