JOSÉ JACINTO MILANÉS Y FUENTES


Matanzas- Cuba, 1814- 1863


EL BESO

De noche en fresco jardín
sentado estaba a par de ella:
yo joven: joven y bella
mi serafín.

Hablábamos del negror
del cielo augusto y sin brillo,
del regalado airecillo,
y del amor.

Hablábamos del lugar
en que primero nos vimos,
y sin querer nos pusimos
a suspirar.

A suspirar y a sentir
gozo en volver a juntarnos:
a suspirar y a mirarnos
y a sonreir.

Porque amor casto entre dos
es colmo de las venturas,
y unirse dos almas puras
es ver a Dios.

Una mano le pedí
porque en sus lánguidos ojos
y en medio a sus labios rojos
brillaba el sí.

Ella, al oirme tembló,
y en mi largo tiempo fijo
su dulce mirar, me dijo
tímida: no.

Pero era un no, cuyo son
pone el corazón risueño:
un no celeste, halagüeño,
sin negación.

Por eso yo la cogí
la mano y con loco exceso
a imprimir sobre ella un beso
me resolví.

Beso que en mi alma crié
en sueño de gloria y calma,
y que por joya del alma
siempre guardé.

Puro como el arrebol
que orna una tarde de Mayo,
y ardiente como es el rayo
del mismo Sol.

Pero al besarla, sentí
mi labio sin movimiento,
porque un negro pensamiento
me asaltó allí.

¿Quién sabe si el vivo ardor
de mi boca osada, ansiosa,
no iba a secar ya la rosa
de su pudor?

¿Quién sabe si tras mi fiel
beso, otro labio vendría
que ambicioso borraría
las huellas de él?

¿Quién sabe si iba el desliz
de mi labio torpe, insano,
a volver su mano, mano
de meretriz?

EL MAR

¡Oh, qué bello es el mar cuando en oriente
su mansa ondulación el sol platea!...
El delicioso azul que lo hermosea
no se puede pintar, sólo se siente.

¿Y qué diré, cuando el planeta ardiente,
tendido en el ocaso, centellea?
Parece que suspira y clamorea
porque el astro gentil no se le ausente.

Y si después al descender la luna
lo vemos, ¿quién traducirá el acento
con que nos habla el mar?... No hay voz alguna.

¿Quién pintará el augusto movimiento
con que agita las olas una a una
del manto deslumbrante y opulento?

Mano asquerosa, infernal,
para el alma del poeta:
que sufre el beso y aprieta
el vil metal.

Así pensé... y fuime en paz
dejándola intacta y pura:
y lágrima de dulzura
bañó mi faz.

EL INDIO ENAMORADO

¿Piensas en mi rival, Aloide mía?
Antes escucha. Entre la calma etérea
ya con ala temblante en danza aérea
gustó el colibrí el pétalo de un día.

¿No es hora ya de amor? La ancha bahía
con su móvil cendal de tinte acérea
brinda a nuestra gimnástica funérea
la orla blanda y fugaz de su onda fría.

Antes que con él nade en giro ardiente,
ni el primer emplumar del tocoloro
en el areito adornará mi frente.

Ni garza cazaré, ni alción canoro:
ni adoraré tras el palmar durmiente
la amiga luz de tus chagualas de oro.

EL NEGRO ALZADO
(LEYENDA)

A la puerta del bohío
sentado está el mayoral:
gotas de sudor le corren
por la patilluda faz:
yace su sombrero en tierra,
y en su gruesa mano está
grueso manatí, adornado
con un puño de metal.
Su hija mayor con un peine
negro, alisándose va
aquella gran cabellera,
cuyo dueño original
nunca sufrió a la tijera
que la entrase a desmontar.
Su mujer a cuatro pasos
tuerce y lava sin cesar
en una enorme batea
el vestido marital.
Dos chiquillos cerca de ella
con un negrito bozal,
todos tres desnudos, juegan,
retozan, gritan, se dan;
y cada vez que el negríto
amenaza a algún rapaz,
El gran manatí del padre
que los mira retozar,
levanta en su tierna espalda
doloroso cardenal.
La peinadora y los chicos
y la que atiende a lavar,
oyendo el agudo grito
que huyendo el negrito da,
muertos de risa, le llaman
para que vuelva a jugar.
El mayoral se sonríe
y grita: “Perro, anda a acá:”
“entretén mis hijos,” y alza
el instrumento fatal:
a cuya vista, temblando
vuelve a sus pies el bozal
entre dolientes sollozos
que tiene que refrenar,
y vertiendo de ambos ojos
lágrimas que risa dan.
“Este perro, -gruñe entonces
sentándose el mayoral,-
“bien se conoce que es hijo
“de aquel bribón de Julián 
“que anda alzado hace ocho días.
“Desde bien temprano está
“Silverio con mis tres perros,
“en aquel cañaveral
“del vecino, registrando
“todo, para ver si da
“con él” -“Pues qué, -dice Quilla,
la esposa del mayoral,-
“¿con tres pelas que ya lleva
“no acaba de escarmentar?
“-Nada: los cujes de yaya
“que destrocé sin parar
“la vez pasada en sus carnes,
“no me puedo acordar ya
“cuantos fueron; pero apenas
“se pudo el perro parar,
“cuando volvió al monte en busca
“de su mujer Soledad;
“porque también la bribona,
“que es de estotro cafetal,
“anda alzada, y su marido,
“en viéndome descuidar,
“se junta con ella.” -“Y dime:
“Si ves que siempre se va,
“¿por qué no haces que con roscas
“vaya al campo a trabajar?”
“-Yo te diré. Aunque se ha huído
“tres veces éste Julián,
“como es un negro de aguante
“y muy callado además,
“tuve escrúpulo al principio,
“(y fue una bestialidad
“el escrúpulo) de darle,
“por el motivo no más
“de que le llamaba al monte
“el amor de Soledad”.
“-Fue una grande caballada.
“Es un esclavo no hay
“amor que valga: que sude
“trabajando sin cesar,
“porque para amar a nadie
“no puede tener lugar”.
“-Por supuesto. ¿Quien le manda
“que nazca esclavo y bozal?”
Y esto diciendo, se para,
y haciendo, en pronto ademán,
con el manatí en el aire
una cruz descomunal,
grita asi: -“Por esta cruz
“santísima, que a Julián, 
“si hoy no lo coge Silverio,
“aunque venga Dios de allá
“del cíelo, y por él me pida,
“le tengo de ver pelar
“con el mayor boca-abajo
“que se dió ni se dará”.

Sus ojos, al decir esto,
llenos de ferocidad,
en sus órbitas saltaban:
oíanse rechinar
sus dientes: su pie pateaba:
contemplábase brillar
hinchadas sus venas, y era
una expresión infernal
de ira y alegre soberbia
la que ostentaba su faz,
tal como el buitre cubano
que baja raudo y voraz
al ver el reptil que brilla
removiendo el muladar.

LA MADRUGADA

Necio, y digno de mil quejas
el que ronca sin decoro
cuando el sol con rayo de oro
da en las domésticas tejas.

¿Puede haber cosa más bella
que de la arruqada cama
saltar, y en la fresca grama
del campo estampar la huella?

Campo digo; porque pierde
la mañana su sonrisa,
en no habiendo agreste brisa,
mucho azul y mucho verde.

No hay que gozarla en ciudad:
en todo horizonte urbano
se estaciona de antemano
triste vaporosidad.

Luego ved tanto edificio
alto, serio... angustia dan:
el alba, el sol allí están
como sacados de quicio.

No: yo he de andar a mis anchas
una campiña florida,
por ver del alba querida
la faz virgen y sin manchas:

Verla en oriente lucir
diáfana, rosada, bella,
como una casta doncella
que enamora al sonreir.

Yo no sé cómo hay cabeza
tan interesada y fría,
que no ame, al rayar el día,
la hermosa naturaleza.

Vedla rejuvenecerse:
vedla rodar con el río;
brillar pura en el rocío;
con los árboles mecerse:

arrastrada en el reptil;
fiera y alzada en el bruto;
dulce en el colgado fruto;
risueña en la flor gentil.

¡Oh Dios!... Allá en mis niñeces,
antes de brotarme el bozo,
con qué sencillo alborozo
vine a ver esto mil veces!

Ya una errante mariposa
con su matiz me atraía;
ya olvidado me ponía
a contemplar una rosa.

Siempre alegre. -Ya se ve;
nunca entonces cavilaba,
ni mis cejas arrugaba
algún triste no sé qué.

Después, como entré en más años
y como ví una hermosura,
tuve por triste locura
ver sol, montes, y rebaños.

¡Qué ingrato fui! -Pero bien
se vengó naturaleza.
Aquella ingrata belleza
olvidome con desdén.

Vertí un mar de llanto: el alma
no se me hallaba sin ella:
al fin una amiga estrella
doliose, y me puso en calma.

¡Oh, qué dolor tan agudo
es olvidar!... Pero al cabo,
rotos los grillos de esclavo
curome el médico mudo:

el tiempo, el tiempo veloz,
que tiñe nuestras cabezas
de blanco, y tantas bellezas
deja sin luz y sin voz.

De entonces acá me place
ver la escena matutina
segunda vez: -medicina
celestial que me rehace.

Con todo mis cicatrices
se ensangrientan y suspiro
a donde quiera que miro
dos amadores felices.

Y aún con menos ocasión.
Si oigo el susurrar alterno
de dos palmas, en lo interno
se me angustia el corazón.

Si en un ramo miro a solas
dos aves cantar querellas;
si relucir dos estrellas;
si rodar dos mansas olas;

si dos nubes enlazarse,
y por el éter perderse;
si dos sendas una hacerse;
si dos montes contemplarse,

me paro, y con ansiedad
recuerdo que a nadie adoro:
miro tanto enlace, y lloro
mi continua soledad.

LA TARDE

Ven, oh cándida tarde: en el zafiro
inmensurable y nítido del cielo,
tiende en alas levísimas el giro
del almo y blando y delicioso vuelo.
Yo por tu lumbre mágica suspiro;
por tu céfiro dulce, y por el velo
de púrpura gentil que lindamente
engalanando quedará tu frente.

Ven, que alegre mi espíritu te implora,
hija apacible y lánguida del día,
con más ardor que a la benigna Aurora
aunque con labio fúlgido sonría.
El virgíneo carmín que la colora,
la mansa luz que en su mirada envía,
si el alma agradecida lo examina
¿qué son con tu beldad, tarde divina?

Reinas en el Olimpo; y bondadosa
(¡tanta beneficencia en tí se anida!)
mandas venir la calma silenciosa
sobre la tierra exánime y rendida.
El noble agricultor que ya reposa
al fresco umbral de su mansión querida,
abre al soplo dulcísimo y sereno
de leve brisa el regalado seno.

¿Mas qué hermoso espectáculo me llama,
mi vista embarga y mi emoción cautiva?
Ved cómo Febo moribundo inflama
el esplendente ocaso en grana viva,
cual noble rey que al fenecer derrama
dones de amor a su nación activa;
y escondiendo su luz, ¡adiós! nos dice,
mundo, que anima mi esplendor felice.

El, oh diosa gentil, él hermosea
con su lumbrera trémula y sublime
tu faz: permite que el mortal le vea,
y a su lucir suavísimo se anime.
En el cristal dibújase que ondea:
en la alta copa con amor se imprime
de palma lozanísima; y con oro
en Sirio aumenta el inmorlal decoro.

¡Oh del vivir raudísimo que gozo
cuánto y cuánto momento ha fenecido
sin ver este placer, este alborozo
en que hoy se anega el corazón rendido!
Apenas ¡ay! con el ardiente bozo
me ornó la juventud, cuando embebido.
potente Amor, en tu feliz blandura,
vi la lumbre de Apolo sin ternura.

Pendiente de un mirar, de una sonrisa,
encantado en el ámbar de un suspiro,
no imaginaba, ¡oh tarde!, que en tu brisa
la magia respirara que respiro.
Perdón, mágica diosa: ya divisa
mi espíritu mi error: ya, cuando miro
tu faz, envuelta en infalible encanto,
me asalta dulce y delicioso el llanto.

¡Oh quién pudiera en el pincel febeo
verter tu lumbre halagadora y pía,
con que por darme celestial recreo
embellece su faz Melancolía!
¡Oh si el enamorado devaneo
que envuelve el alma embebecida mía,
con la blandura que en mi mente impera
sonar también en mi laúd pudiera!

¡Ay! divinos así y encantadores,
ricos de suavidad única y sola,
me inundaron de amor los vencedores
ojos que ostenta mi adorada Lola!
El aura embalsamada que a estas flores
besa, al volar, la tímida corola,
es su aliento gentil: su blando acento
aquel raudal que me enamora lento.

REQUIESCAT IN PACE

I
Yo la vi resplandeciente
en las filas del sarao,
y la juzgué el vivo sueño
del poeta enamorado.
El melancólico brillo
de un lucero solitario,
y el místico sol del aura
en torno de un campanario,
eran la luz de sus ojos
y el acento de sus labios.
Como los ánaeles puros
iba vestida de blanco:
su mejilla fresca y roja
como la flor del granado.
Sus amigas le reían:
su madre en luengos abrazos
devoraba a puros besos
aquel su vivo retrato.

II
¡Pobre doncella! Dos soles
después del baile bizarro,
vagaba yo silencioso
en torno del camposanto
cuando el quejido del hierro
nueva tumba socavando,
me hizo entrar. El hombre oscuro
que cuida de sepultarnos,
ya friamente acostaba
en nuestro lecho de barro
una beldad. Clavé en ella
mi vista... Oh Dios justo y santo!
vi la rosada mejilla!
conocí el vestido blanco!

LA BELLA LECTORA

En noche lloviznosa
me place, Micaela
discreta como hermosa,
verte junto a la vela
leer con voz sonora
casta y pura novela.
Tu voz encantadora
hace vivo y palpable
cuanto el libro atesora;
y en magia inexplicable
tú o el autor se ignora
quién luzca más amable.

Y mientras la ventana
forma, al cruzar la brisa,
un son de queja vana;
y trémula, indecisa,
la luz juega y ondea
dentro la guardabrisa,
en corro te rodea
tu familia amorosa,
y en descubrir se emplea
con atención ansiosa
el fin que se clarea,
de la novela hermosa.

Yo, que a dicha consigo
en reunión tan bella
el título de amigo,
y siento en mí la huella
de tu expresión potente,
gozándome con ella
contemplo alegremente
que sobre tu cabello,
tus labios y tu frente
derrama su destello
la vela, y juntamente
el claroscuro bello.

Y si el dolor te doma,
oh!, cómo a tu mejilla
la lágrima se asoma!
Y si en acción sencilla
va a empujarla tu dedo,
más al borrarse brilla,
¡oh! hermosa! No hayas miedo
que descomponga el llanto
que se resbala quedo,
tu faz, toda de encanto;
que así llamarte puedo
un ángel puro y santo.

Angel de faz risueña,
como el pintor lo busca
y el trovador lo sueña.
Nada en tu rostro ofusca:
todo es contorno hermoso,
y nada en forma brusca.
Oh! dale algún reposo
al corazón que halaga
tu acento poderoso,
porque mi mente vaga
lo juzga el son meloso
de una invisible maga.

Si en triste peripecia
el libro al fin termina,
(que el siglo las aprecia)
y tu expresión divina
pinta el ¡ay! con que muere
la cándida heroina,
tanto su voz nos hiere,
que en interior destrozo
no hay faz que no se altere;
y es, ¡oh artístico gozo!
por más que hablarte quiere,
cada labio un sollozo.

Vanse en tanto las horas
y combatiendo el techo
las gotas crujidoras,
parece el son deshecho
de la brisa estrellada
que gime con despecho,
la lánguida tonada
de mística elegía
con gritos salpicada,
que en tu loor envía
la garganta sagrada
de la noche sombría!

LA CAZA Y LA SORPRESA

Salí a coger un zorzal
cierta mañanita a pie:
pero ¡qué cosa encontré
dentro de un cañaveral!

Allí donde está aquel buey
de negro y rojo manchado,
con tanta pereza echado
a la sombra de un jagüey,
sobre el cual tiende sin ley
su cabello vegetal
un bejuco desigual,
hay un trillito... y por él
un día, sin ser cruel,
salí a coger un zorzal.

Este, por costumbre antigua,
en todas las estaciones,
tras de saquear mis limones
se escondía en la manigua.
Y como más que una nigua
me duele, y me ofende, a fe,
que apenas en flor esté
pique el zorzal el limón,
salí a cazar al ladrón
cierta mañanita a pie.

Puse liga, de camino,
a una vareta ligera:
el ave emprendió carrera
a un cañaveral vecino.
Yo, que no tengo mal tino,
de la liga me cansé,
con un guijarro me armé
y corro al cañaveral:
busco y no encuentro el zorzal,
pero ¡qué cosa encontré!

Vi una hermosura campestre,
fresca como la mañana,
cuya cara soberana
no era de mujer terrestre.
Dejé mi casa pedestre,
volé a aquel ángel mortal;
pero huyó entre el manigual
como corre y se extravía
y se escabulle una jutía
dentro de un cañaveral.

DE CODOS EN EL PUENTE

Le poéte en des jouds impies
vient preparer des jours meilleures,
il est l'homme des utopies:
les pieds ici, les yeux ailleurs.
V. Hugo, Les rayons et les ombres.

San Juan murmurante, que corres ligero
llevando tus ondas en grato vaivén,
tus ondas de plata que bate y sacude
moviendo sus remos con gran rapidez,
(monstruoso cetáceo que nada a flor de agua)
la lancha atestada de pipas de miel:
San Juan, ¡cuántas veces parado en tu puente
al rayo de luna que empieza a nacer,
y al soplo amoroso de brisas fugaces
frescura he pedido, que halague mi sien!

Entonces un aura, la más apacible
que en ondas marinas se sabe mecer,
que empapa sus alas en ámbar suave,
y a aquel que la implora le besa fiel,
haciendo en las olas que mansas voltean,
un pliegue de espuma, deshecho después,
llegaba a mis voces, cercábame en torno,
bañando mi frente de calma y placer:
y yo silencioso y a par sonriendo,
a Dios daba gracias del hálito aquél,
del beso del aura que casi es tan dulce
como es el de amores que da una mujer.

Mas siempre que pongo, San Juan murmurante,
el codo en el puente, la mano en la sien,
y siempre que miro los rayos de luna
que van con tus ondas jugando tal vez,
cavilo que fuiste, cavilo lo que eres:
y allá en las edades que están por nacer,
medito si acaso serás este río
que surca la industria con tanto batel,
o acaso un arroyo sin nombre, sin linfa,
que al pie de un peñasco, sin ser menester,
estéril filtrando, te juzgue el que pase
vil hijo de un monte sin nombre también.
que al paso que llevan los varios sucesos
que nunca atrás vuelven el rápido pie,
no extrañan los ojos ver llanos mañana
los cerros cargados de quintas ayer.

Asáltame a veces algún pensamiento
que el seno me oprime, y el débil poder
del ánimo triste, ni basta a templarle,
ni estorba tampoco que hiera cruel.
Amante ardoroso del arte divino
que esparce los rayos del claro saber,
sectario constante de todas ideas
que al lento progreso le suelten el pie,
desnudo de fuerza, privado de apoyo,
engasto en la rima, que sabe correr,
los gritos, los ecos de hermosa cultura
que atajen los males y tiendan al bien.

Mas ¡ay! ¡manso río! que van mis canciones
como esas tus ondas, que en dulce lamer
las unas tras otras tus márgenes corren,
y allá en la bahía se pierden después.
Y no me conceden los mudos destinos
la gloria profunda y el hondo placer
de verte ¡oh, Matanzas! ciudad adorada
que en dobles corrientes el rostro te ves,
colmada de fuerzas, colmada de industria,
feliz acogiendo, sin agrio desdén,
las artes hermosas que vagas mendigan,
y al vicio dedican su triste niñez.

Con todo, yo espero (porque es la esperanza
la amiga que el vate no puede perder)
que vean mis ojos un alba siquiera,
si un sol de cultura mis ojos no ven.
Si no, ¿de qué sirven, San Juan apacible,
tus aguas que brillan en manso correr,
tus botes pintados de rojo y de negro,
que atracan airosos a tanto almacén,
y el canto compuesto de duros sonidos
de esclavos lancheros que bogan en pie,
y alzando y bajando las palas enormes
dividen y azotan tus ondas de muer?

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