JOSÉ LÓPEZ SILVA



Madrid- España, 1861 - Buenos Aires, 1925


SÁTIRA

A todos y a ninguno 
mis advertencias tocan... 
Madrid, Febrero, diez. Querido Pepe: 
Desde la hermosa vega de Granada, 
donde tranquilo y venturoso vives 
alejado del mundo y de sus farsas; 
desde ese rinconcito delicioso 
que el Darro y el Genil miman y bañan; 
¿qué hay -me preguntas- del Madrid querido 
que nuestros sueños juveniles guarda? 
¡De ese pueblo sin par, todo nobleza! 
¡De esa hermosa Babel, rica y simpática, 
emporio del valor y la hidalguía 
y cuna del ingenio y de la gracia! 
¡Madrid!... ¡Ay, Pepe amigo, de qué modo 
se muda con la ausencia y con las canas, 
y qué bien se discurre desde lejos 
y la propia ventura cómo engaña!... 
Al recuerdo de goces inefables, 
tristemente me dices en tu carta: 
¡Dichoso tú que en los Madriles vives! 
¡Dichoso tú que con gañanes tratas, 
y no ves superhombres a la vela 
de sexo amorfo y de cabeza vana! 
¡Dichoso tú, que ajeno a las miserias 
de una generación enclenque y sádica, 
das en ese rincón paradisiaco 
salud al cuerpo y regocijo al alma! 
Ya no es este el Madrid cuyo recuerdo 
de tu memoria en lo profundo guardas; 
es un poblacho histérico y podrido, 
reflejo fiel de nuestra pobre España;
vivero de Alfaraches y Manguelas, 
plantel de entretenidas y de randas, 
feria de apostasías y cohechos, 
corte del organillo y la navaja, 
donde hay por cada gallo cien capones, 
por cada par de acero treinta vainas
y por cada Quijote veinte Sanchos, 
que truecan el discurso por la panza. 
Donde vuelves la vista sólo encuentras 
vanidad, osadía o ignorancia, 
literatos que escriben con ganzúa, 
Aristarcos suspensos en Gramática, 
doncelletes de tente mientras cobro, 
gobernantes de cirio y de sotana 
y necios que al influjo de este ambiente 
de ruindad, de miseria y de farándula, 
por lucir un cintajo en la levita, 
juegan con el honor a la rebata. 
¡Sí, noble amigo, ya ni sombra queda 
del famoso Madrid con que soñaras!
¡Ya todo se ha cambiado, y tan deprisa 
corre a su fin nuestra gloriosa raza, 
que mientras Marte postergado duerme 
por sus respetos Afrodita acampa! 
........................................................... 
De sobra sé que mi franqueza ruda 
de justo enojo encenderá tu cara, 
pero, aun a pique de causarte daño, 
ya dispuesto a decir las cosas claras, 
no he de callar, por más que con el dedo 
silencio impongas a mi pluma osada. 
¡Yo diré la verdad, pese a quien pese! 
¡Yo diré la verdad, caiga el que caiga, 
que la verdad la decretó el de Arriba 
y a mí me gusta hacer lo que Dios manda! 
¿Pues qué -preguntarás- tan fácilmente 
de un pueblo grande se perdió la savia? 
¿Qué fue de su vigor? ¿Dónde se oculta 
la indómita fiereza castellana? 
¿Dónde están los varones esforzados, 
de pechos fuertes y de sangre hidalga, 
que al conjuro del santo patriotismo 
dieron a su nación riqueza y fama? 
¿Se acabó en este suelo la vergüenza? 
¿Ya de nuestro poder no queda nada? 
¿Es que ya se ha perdido para siempre 
la idea del honor en nuestra casta? 
¡No, pobre viejo, no! Fuera injusticia 
culpar a todos de las mismas faltas, 
que aunque perdió su brillo de otros tiempos 
aún no se ha puesto el sol en nuestra España, 
¡Mas cambiaron las cosas de tal suerte 
y han sufrido los hombres tal mudanza, 
que en Oscar Wilde se trocó Tenorio 
y ya es Gomorra lo que fue Numancia! 
Los que antes combatían ahora rezan; 
lo que era sangre ayer es hoy horchata; 
hombrea la mujer y el hombre toma 
sus andares, sus modas y sus gracias; 
aquellos que de noche y sin testigos 
dirimían sus cuentas a estocadas, 
ahora, llevando a prevención el médico, 
a punta de asador la piel se arañan; 
heredó el antipático automóvil 
al potro cordobés de sangre brava, 
y se trocó en estómago el cerebro, 
y el reluciente arnés en corsé-faja; 
al gallardo torneo siguió el polo; 
al duro acero sucedió la alpaca, 
y las fuertes cabezas que otros días 
soportaron el yelmo y la celada, 
neuróticas hogaño se doblegan 
al peso ruin del canotier de paja. 
Tras un pendón glorioso nuestros padres 
se dejaron hacienda, vida y alma, 
y hoy, tras otros pendones bien distintos 
nuestra salud y nuestro honor se arrastran. 
Honestas las mujeres de otros tiempos, 
sus divinos encantos ocultaban, 
y a la simple sospecha de lo oculto 
el sexo del varón se despertaba; 
hoy lucen orgullosas por la calle 
redondeces y curvas soberanas, 
¡y triunfa la virtud y duerme el sexo!, 
¡gime el amor y la vergüenza clama!... 
........................................................... 
¿Quién busca ya valor en este pueblo 
del ¡pasa, pollo!, y del ¡detente, bala!, 
si hoy los hombres de empuje se congregan 
pidiendo guerra en actitud que espanta, 
y al toque de atención de un cornetilla 
pierden lo que hay debajo de la espalda? 
¿Cómo pedir cultura, si al que intenta 
flotar sobre el nivel de la morralla 
el rencor y la envidia le agarrotan 
y tiran de él hasta romperle el alma? 
¿Quién habla de adelanto en esta tierra 
de nenúfares, glaucos y beatas, 
si se compran los libros por adarmes 
y se vende el coldcrem por toneladas? 
Ya, perdido el respeto a lo pasado, 
nuestra flamante juventud dorada 
llama congrios a Lope y a Moreto 
y a su costa se nutre y se regala. 
Ya del arte viril, fuerte y robusto, 
triunfa el arte de talco y sobrefalda; 
lo vano se entroniza; se nos mete 
el virus de Pantoja en las entrañas, 
y así, por la pendiente del abismo 
rodando va nuestra querida España, 
hasta que Dios omnipotente quiera 
que en un alborear de vida sana 
surja un hombre de espíritu valiente 
que la sepa decir: ¡Álzate y anda! 
Mas por si este deseo de ventura 
malogra por fin y no hay quien haga 
un obrero manual de cada fraile 
y un presidio mayor de cada tasca, 
sigue dichoso en el rincón florido 
de la espléndida vega de Granada 
y deja que al recuerdo de otros días, 
trémulo el labio de vergüenza y rabia 
llore su pena tu mejor amigo, 
que te envía un abrazo, Juan Carranza. 

EL TRIUNFO DE LA VIRTUD

-Te advierto que como sigas 
hablando de esa manera 
ya hemos acabao. 
-De modo 
que no pue tener ideas 
nadie más que tú, ¿no es eso? 
-Según y conforme sean. 
Tú me dices, supongamos, 
que Villaverde tie fuerza 
celebral, cuando le salga, 
pa curarnos la peseta 
(que es lo mismo que decir 
que los galápagos vuelan), 
y yo, que lo oigo, te pego 
dos patás en cualesquiera 
de tus regiones, no sólo 
por la emisión de la idea, 
sino por bruto; pues bueno, 
lo mismo te hago si llegas 
a tocarme la conduta 
de esa mujer. La Indalecia 
pue que tenga, si me apuras, 
tal u cual costumbre fea, 
porque no hay en este mundo 
ninguna cosa perfeta. 
(Y al decir cosa, se entiende 
que me refiero a las hembras.) 
Pero es tanto lo que vale 
moralmente, y como quiera 
que la examines, que al hombre 
que hoy día cargue con ella 
le toca el gordo. 
-Respeto 
tu opinión u lo que sea, 
que al fin es tuya y merece 
pensarse; pero dispensa 
que te refute: ya sabes 
que hay algunos que se dejan 
decir por ahí que si han hecho 
u han dejao de hacer. 
-¡De lengua! 
-No sé. 
-¡Parece mentira 
que un hombre que anda en faena 
con el otro seso cuasi 
desde que soltó la teta, 
se deje llevar de cuatro 
fantasiosos! La Indalecia, 
¿sabes tú cuál es la falta 
que tie? Pues que te alimenta 
las ilusiones y luego 
se le olvida cuando llega 
la coyuntura, lo cual 
reconozco que molesta, 
sobre too cuando uno sabe 
que ha trabajao a conciencia; 
pero de eso a lo que digan 
quince o veinte sinvergüenzas 
porque han sacao los pies fríos 
y caliente la cabeza, 
digo que me se figura 
que hay bastante diferiencia. 
En fin: pídele noticias 
al Menflis de las Peñuelas, 
que fue el primero que tuvo 
la suerte de conocerla; 
pregúntale por sus cosas 
al nieto del Pocayema, 
que se la tomó en traspaso 
poco después al Malluendas, 
y últimamente, consulta 
con el Ninchi y el Apenca, 
que la han tratao al unísono 
y son dos personas serias, 
y si a pesar de que toos 
han ido con mala idea, 
como es natural, hay uno 
que vierte cualquier especia 
lesiva pa la muchacha, 
dejo que me corten ésta. 
Yo la he tratao por encima 
na más; la verdaz es esa, 
sin embargo de las muchas 
burradas que me aglomeran; 
pero tengo, como sabes, 
treinta y cinco primaveras 
consecutivas y gracias 
a Dios me sobra esperencia 
pa echar el fallo y decirte 
la que es mala y la que es buena. 
-Ya lo sé. 
-Porque lo sabes, 
me hace ya la vinagreta 
ver lo pesao que te pones 
en esto. ¿De qué manera 
se conoce a las personas, 
por reservadas que sean? 
¡Obrando!, ¿no estás conmigo? 
-Sí. 
-Pues da la concidencia 
de que yo la he visto obrar 
seis meses, y de que pueda 
darte un consejo y decirte: 
«Si a ti te gusta por fuera 
la chica, y ves que su envase 
(por el sitio que se vea 
buenamente) no tie macas, 
desconchaos, ni cosas de esas, 
cásate, que su interior 
yo lo abono donde quiera 
que haga falta. ¿Tú qué buscas 
en la mujer cuando llevas 
intención de darla el dulce 
nombre de esposa? Que tenga 
buenas formas, es decir, 
educación y maneras 
delicadas, y de paso 
diafanidaz u limpieza 
en su historia; claro que esto 
pue pedirse cuando sea 
faztible, porque no están 
los tiempos pa desigencias 
redículas, ni tú debes 
por tu edaz y tu esperencia 
dar a ciertos requisitos 
otro valor que el que tengan. 
¿No es así? Pues, acetando 
mi criterio, la Indalecia 
vale por muchos estilos 
pa hacer feliz a cualquiera, 
y si hay alguien que lo dude 
y quiere hacer una apuesta, 
me juego los intestinos 
contra dos o tres pesetas». 
Eso es too lo que tenía 
que decirte; tú lo piensas 
y haces lo que te se antoje 
y obras como te parezca, 
porque a mí, como comprendes, 
por más de que la defienda, 
últimamente me sale 
too por una friolera, 
que las cosas de este mundo, 
por importantes que sean, 
las he tomao cuasi siempre 
como el difunto Pucheta. 
-¿Me permites que te diga 
dos frases? 
-Di las que quieras. 
-Bueno pues oye, Sindulfo: 
confieso que a la Indalecia, 
mirada físicamente, 
no hay en Castilla la Nueva 
dos señoras que la mojen 
el pabellón de la oreja. 
-¡Ni que se traigan sus cosas! 
-¡Ni que agiten las caderas 
con más verdaz! 
-¡Ni que lleven, 
por mucha gracia que tengan, 
diseminadas las carnes 
con tanto gusto como ella! 
-A mí me tiene hecho un pingo. 
-Como que es una sujeta 
que cuando entorna los ojos 
y dice ¡vaya canela!, 
boca abajo, porque no hay 
más remedio que quererla. 
-Sí que es guapa. 
¡Superábit! 
Y más noble que una perra. 
-¿Y trabajadora? 
-Lo hace 
too, por complicao que sea. 
-Pues así da gusto, chico. 
-Y además, como ella sepa 
que hay una necesidaz 
a su lao, ten la evidencia 
de que se queda en pelota 
na más que por socorrerla; 
pero sin que Dios se entere 
nunca, que la verdadera 
virtuz está en dar las cosas, 
pero darlas con reserva. 
-Ties razón. 
-Por eso mismo 
no se debe hablar a ciegas, 
como tú, de la conduta 
de una señora. 
-Dispensa. 
-Y es que cuatro rencorosos 
te han rellenao la cabeza 
de caluznias indecentes 
y de chismes de taberna, 
y tú te has dejao llevar 
como un chico de la escuela. 
-¡Ya ves! Pues si no tropiezo 
con una persona seria 
que me aclara los sentidos, 
me hago la cusca por sécula, 
porque yo pensaba hablarla 
de mi asunto con franqueza, 
pero me han dicho unas cosas 
que azaran a cualisquiera. 
-Pues ya te habrás convencido. 
-¡Natural! 
-Y ahora, ¿qué piensas 
hacer? 
-Buscarla enseguida 
pa cerrar trato con ella, 
no ocurra que por descuido 
me cojan la delantera 
y me quede de verano. 
-Bien hecho. 
-¡No que se juega! 
¿Tú sabes en dónde vive? 
-En la calle de la Greda, 
número setenta y cinco, 
principal de la derecha, 
la tienes de ama de cría. 
-Pues mañana voy a verla, 
y si quiere nos casamos 
pa darles en la cabeza 
a tos esos que la ponen 
que no hay por donde cogerla. 
-Oye: pues mira una cosa 
que puede que sos convenga. 
-¿Cuál? 
-Que como estoy de huéspede, 
por causa de que la Aurelia 
se ha empeñao en cambiar de aguas 
a fin de ver si la prueba, 
si cuando tomes el cuarto 
ves que sobra alguna pieza 
y quieres, pues me la arquilas, 
yo te pago lo que sea 
y así tienes quien te ayude. 
-Bueno. 
-¿Te gusta la idea? 
-Sí. 
-Pues hecho. 
-Muchas gracias. 
-¡Qué gracias ni qué lentejas! 
Los buenos amigos son 
pa circustancias como esta. 

TAURINA

-Oye tú: ¿mañana irás? 
-¿Ande? 
-A los toros. 
-¡Corriendo! 
¿Pa qué? ¿Pa gastarme un ojo 
y olvidar lo poco bueno 
que sabe uno? ¡Cualquier día 
me cogen a mí los perros 
con ese cartel! ¡Me voy 
a Carabanchel primero! 
-Pues yo he tomao dos mesetas 
pa Antolín y pa mí. 
-¡Bueno, 
que sos divertáis! Por parte 
de Antolín está bien hecho, 
porque ese, como es novato, 
pue que aprenda. 
-¡Ya lo creo! 
¡Quisieras tú compararte 
con él! 
-¿Con el Virutero? 
-Sí, señor. 
-¡Vamos, no digas 
barbaridades! Durmiendo, 
si me pongo, sé yo más 
de toros que ese despierto. 
-¡Adiós, Fuentes! 
-No te digo 
que Fuentes ni el Algabeño, 
ni otros dos o tres, me tengan 
pelusa, pero toos esos 
y Corchaos y Camiseros 
que andan por ahí degollando 
caracoles sin respeto..., 
¡ni pa sonarme el catarro! 
-Bueno; pero ¿tú qué has hecho? 
Porque oyéndote parece 
que ha resucitao Frascuelo. 
-¿Que qué he hecho yo? Pues tomarme 
muchas cornás lo primero, 
por mi arrojo (y aquí está 
la que traje de Alaejos 
en el glutio), y lo segundo 
hacer que se corte el pelo 
mucha gente. 
-No sabía 
que te has metido a barbero, 
Basiliso. 
-¡Bueno, mira, 
u se habla u no se habla en serio! 
-No te enfades. 
-¿Se ha ocupao 
la Prensa de el Virutero, 
desde que tomó el oficio, 
ni pa malo ni pa bueno? 
-¡Hombre, no sé! 
¡Pero sabes 
que La Voz de Almadenejos 
ha publicao mi retrato 
de busto, marcando el quiebro 
y con orla! 
-Lo que digo 
es que ese ha pisao más ruedos 
que tú. 
-¡De pleita! 
-¡Y de toos! 
-¡¡Por aquí!! 
-¡Tampoco creo 
que te haiga yo dao motivo 
pa que contestes con eso! 
-¡Hombre, por Dios, si es que sacas 
un pedazo de torrezno 
que no sabe colocarse 
las chanclas y estás poniéndolo 
de comparación! Que vengas 
y me digas, por ejemplo, 
que desde que me he casao 
le he tomao asco a los cuernos
y que ves que no me arrimo 
como endenantes, de acuerdo, 
porque la familia tira 
y hay que cuidar del puchero; 
pero el negarme que tenga 
condiciones pa el toreo 
son ganas de molestar 
porque sí. ¡Ni más ni menos! 
Después de too, que yo sepa 
más que muchos no tie mérito, 
mirándolo bien. Carcula: 
mi padre, que esté en el cielo, 
fue mono; mi pobre abuela 
fue novia de el Buñolero 
de recién casá, y mi madre 
toreó bastante tiempo 
cuando soltera. De modo 
que lo he mamao. Súmale a esto 
que al echar yo los molares 
ya estaba en el Matadero, 
y que tiraba el cachete 
de ballestilla, y me creo 
muy natural que yo entienda 
más que él, cincuenta por ciento. 
-¡Claro! 
-Sobre too hay un modo 
muy bonito pa saberlo, 
ya que te sonríes. Mira: 
nos jugamos algo bueno, 
porque pa una cosa así 
lo robo si no lo tengo; 
nos vamos al Don Jacinto; 
se abre un pebliscito de esos 
de moda, y se le pregunta 
a la afición: «De estos diestros, 
¿cuál tie más arte y es más 
tu el Modorro chico?» ¡A ver 
si en el público hay ni medio 
que diga que él! Y si lo hay 
pago la apuesta y me pelo. 
-¿Pa qué? ¡Tú ganas! 
-¡Qué duda 
coge de que sí! 
-¡Por eso 
toreas tanto! 
-El que yo 
me dedique a vender juegos 
de cacerolas, por causa 
de mi enemistaz con Niembro, 
no quie decir que yo tenga 
que envidiarle a el Virutero. 
Y últimamente, que él haga 
lo que yo hice en Fuente el fresno 
con un Biencinto, y entonces 
que presuma. 
-No recuerdo. 
¿Qué hicistes? 
¡Quedarme solo! 
-¿Quién, tú? 
-Sí, señor; ¡mi cuerpo! 
-¿Y cómo fue? 
-Pues jugándome 
a cara o cruz el pellejo. 
-¡Qué bárbaro! 
-¡Entodavía 
me paece que le estoy viendo! 
Era un torazo retinto, 
de treinta arrobas lo menos 
y con dos velas que no 
cabían por el chiquero 
de grandes. Mira: salir; 
prencipiar el primer tercio, 
moverse la res y entrarles 
la zangarriana a los diestros, 
fue too uno. Con que yo entonces 
pongo en la arena el moquero, 
clavo encima los dos pieses, 
me estiro a lo don Tancredo, 
se arranca, le voy a dar 
la salida..., y por un pelo 
talmente me echó por alto 
y no pude dar el quiebro, 
¡que si no!... 
-¡Chico, qué lástima! 
-¡Suponte tú! Pero bueno; 
¡allí verías tú aplausos, 
y puros de a quince céntimos, 
y pestiños, y acerolas 
y el desmagren! Por supuesto, 
que ahora entra lo más bonito. 
-¿Sí? 
-Viene el segundo tercio 
y empiezan toos: -¡El Modorro! 
Y yo, que estaba queriendo, 
agarro un par de las cortas, 
pido una silla, me siento, 
cito, después de cruzar 
las piernas... ¡y no te quiero 
decir el par que le pongo 
si no se mete por medio 
el Zanoria, que es más bruto 
que un candao! Lo cual que luego, 
en el otro tercio... 
-Sí; 
que salió el Catorce tercio 
pa que no te asesinaran 
los aficionaos del pueblo. 
-¿Quién te lo ha dicho? 
-El Escorza, 
que fue de banderillero 
contigo, y que aún tie las quimosis 
de las pedrás que le dieron. 
-¡Palabra de honor? 
-Palabra. 
No hace ni ocho días. 
-Bueno; 
¿ves tú? Pues a ese le pongo 
los morros como un pimiento 
de que le coja. 
-¡Cuidao, 
no te pierdas! 
-¡Vas a verlo! 
-¿Pero por qué? 
-Porque el hombre 
que no le guarda el secreto 
a un amigo, cuando sabe 
que le ha pasao algo feo, 
es un guarro y se le da 
con el puño en el celebro. 
¡Y ese le anda dando vueltas 
a la autosia ya hace tiempo! 
¡Mialas! 
-¡Pero no te irrites 
de ese modo! 
-¡Si estoy ciego 
y sé que hasta que le zumbe 
no me se calman los nervios! 
¡Alárgame esas lecheras! 
-¡Oye! 
-¡Dame esos pucheros! 
-¿Ande vas? 
-¡¡Quita!! 
-¡Pero oye!... 
-¡¡A seis pesetas el juego 
de cacerolas!! ¡Cacillos 
y orinales! 
-¡Vaya un genio! 


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