MANUEL MARÍA SÁNCHEZ


Quito-Ecuador, 1879-1935

PATRIA
(Recitación escolar)


Patria de mis ensueños, tu nombre soberano 
es como el sol, despide calor y claridad, 
y no hay una palabra que en el lenguaje humano 
tanto como ella exprese dulzura y majestad. 

Patria, tu nombre vibra, vibra cual una nota 
de una maravillosa y divina canción, 
cuando, como la cifra de mis amores, brota 
aún más que de mis labios, de aquí, del corazón. 

Patria, tu nombre tiene para mí una fragancia 
primaveral y suave, deliciosa y sutil, 
y, al pronunciarla, creo que se enflora mi infancia 
con todos los rosales con que sonríe abril. 

Luz y ritmo, y perfume, compendio peregrino 
de cuanto hay en la vida de amable y seductor, 
si traducir no puedo lo que eres, te adivino 
en el azul del cielo, en el trino, en la flor. 

Te admiro en la blancura de la alta cumbre austera 
que eligen los cóndores para hacer su nidal 
y en tus valles jocundos de eterna primavera 
donde enrojece el fruto y se dora el trigal. 

Estás en cuanto yo amo y estás en cuanto anhelo, 
en el santuario oculto de mi bendito hogar, 
en todo lo que es canto y en todo lo que es vuelo. 
¡Hasta en mi sangre ardiente te siento palpitar! 

Patria, tierra sagrada de honor y de hidalguía, 
que fecundó la sangre y engrandeció el dolor, 
¡cómo me enorgullece poder llamarte mía, 
mía, como de madre, con infinito amor! 

Por tus cruentos martirios y tus dolientes horas, 
por tus épicas luchas y tu aureola triunfal, 
por tus noches sombrías y tus bellas auroras, 
cúbrenos siempre, ¡oh Patria!, con tu iris inmortal. 

Bajo la sombra augusta de tu glorioso emblema, 
que es sobre nuestras frentes como una bendición, 
hará nuestra inocencia, cual oblación suprema, 
el ara de tu culto, de cada corazón. 

SANGRE GLORIOSA
Sangre de los anónimos guerreros 
que en sus anales olvidó la Historia, 
tu empurpuraste, un día, los senderos 
que recorrió la Gloria. 

Sangre de sacrificio, en inexhausto 
venero de virtud, fuiste vertida 
y, en la sublimidad del holocausto 
de ti brotó la vida. 

Vino de las vendimias de la Muerte 
escanciado en el valle y en la sierra, 
en su profunda entraña al absorberte, 
se fecundó la tierra. 

Y convertida en savia milagrosa 
y hecha del todo universal sustancia, 
eres miel en el fruto y en la rosa 

Sangre de innominados campeones 
regada en legendarias aventuras, 
aún palpitas en nuestros corazones 
para lides futuras. 

De «SAN FRANCISCO DE QUITO»
Así, Naturaleza con manos maternales 
te entrega sus riquezas, y, colmando tu anhelo, 
te muestra el ondulante manto de sus candeales 
que fray Jodoco Ricke depositó en tu suelo. 

Aunque no lo haya dicho, tal vez, ningún cronista, 
pienso yo que, mirando la amenidad de tu agro, 
al llegar a tus puertas, tras de la ardua conquista 
hincose de rodillas el mariscal Almagro. 

Tranquila y apacible, rebelde y tormentosa, 
hecha, como el Pichincha, de nieves y de llamas, 
sonriente y ceñuda y terrible y graciosa 
aun para tus desgracias encuentras epigramas. 

Aunque eres aborigen, eres también latina. 
Roma, París, Toledo te dieron su grandeza, 
y has heredado toda la inspiración divina 
de aquellos que elevaron a un culto la belleza. 

Para cada convento, para cada santuario, 
y para las mansiones de próceres y oidores, 
hubo derroche de arte. Fuiste, así, un relicario 
que guarda, noblemente, los más raros primores. 

Por Santiago y Gorívar, Carrillo y Caspicara, 
en las tierras hispanas tu fama se extendía; 
pero llegaste, Quito, a ser aún más preclara 
por tu alma generosa de insigne rebeldía. 

Eres predestinada para todo heroísmo, 
para toda injusticia lanzas tus anatemas, 
y cuando se levanta, soberbio, el despotismo, 
esgrimes el acero en las horas supremas. 

Fue tu gesta en la noche colonial, una aurora; 
tu grito en la tiniebla como un clarín guerrero 
que a somatén llamaba. La empresa redentora 
halló en tu sacrificio el esfuerzo primero. 

Cuando quiera que surge menguada tiranía, 
le opones resistencia, rechazas sus agravios, 
vindicas el derecho, sancionas la osadía, 
y retas a la muerte con la risa en los labios. 

Y así como ante el crimen de indignación te inflamas 
y estallas, como el rayo, en fieras explosiones, 
eres plena de gracia y de bondad cuando amas 
y robas dulcemente todos los corazones. 

PAZ?...
En el jardín de Antipas, los floridos rosales 
de Jericó esparcían sus divinos aromas; 
se oían los conciertos de las fiestas pascuales 
y en el atrio del templo se amaban las palomas. 

Tenía aquella tarde radiante de Judea 
un encanto muy suave y una dulzura extraña, 
cual la diáfana tarde en que oyó Galilea 
al Rabí el inefable Sermón de la Montaña. 

Bajo un cielo azul pálido, en esa hora de nona, 
en el confín lejano del inmenso horizonte, 
formaba el sol como una luminosa corona 
sobre la yerma cumbre del descarnado monte. 

Y, allí, -mármol sangriento- inerme ya y exhausto, 
el pálido Profeta de las consolaciones, 
en el leño infamante, ara de su holocausto, 
agonizaba, en medio a escribas y sayones. 

De sus mustios cabellos caía, gota a gota, 
la sangre del martirio, y sobre su cabeza 
que la diadema hiriente de espinas dejó rota, 
esplendían aureolas de luz y de belleza. 

El Gran Ajusticiado, inmóvil, casi inerte, 
no miraba los gestos de las turbas, no oía 
los acerbos sarcasmos; sonreía a la muerte 
dulcemente y soñaba en esa hora sombría. 

Soñaba que vendrían otros tiempos mejores 
y que en la tierra, fértil con el sangriento riego, 
brotarían, piadosas y lozanas, las flores 
del amor, no los cardos del odio insano y ciego. 

Soñaba que del germen que regaban sus manos 
torturadas, salían sólo frutos de vida; 
soñaba que los hombres eran todos hermanos 
y ya no se esgrimía el puñal homicida. 

¡Cuán vano fue el anhelo de tus supremas horas, 
cuán vana tu esperanza, doliente visionario!... 
La noche aún nos envuelve; no brillan las auroras 
de paz y de justicia que viste en el Calvario. 

Aún es la especie humana como un rebaño hambriento 
de lobos insaciados, en perdurable guerra, 
aún se esgrime en combate implacable y cruento, 
la quijada del asno de Caín, en la tierra. 

¿En donde está, ¡Oh Profeta!, la visión de aquel día, 
cual la virtud fecunda de tu amoroso empeño? 
Menesterosos siempre de amor y de alegría, 
los pueblos, ¡Oh! Maestro, aún sueñan con tu ensueño. 

PIEDAD

Piedad para los débiles, los niños 
que van por los caminos de la vida, 
huérfanos de esperanzas y cariños, 
de caída en caída. 

Piedad para sus frentes -abrileños 
lirios que el viento del dolor inclina- 
donde jamás tejieron los ensueños 
su tela peregrina. 

Piedad para sus ojos errabundos 
que parecen mirar cosas extrañas; 
ojos meditativos y profundos 
de pupilas hurañas. 

Para sus labios secos y marchitos 
que la miseria con sus hieles llena, 
piedad; piedad para sus roncos gritos 
de hambre, de sed, de pena. 

Piedad para sus rostros demacrados, 
pálidos como rosas del invierno, 
que nunca se han sentido acariciados 
por el beso materno. 

Piedad para sus manos, esas manos 
que, cruzadas de rojas cicatrices, 
demandan compasión de sus hermanos, 
los ricos, los felices. 

Piedad para sus plantas diminutas 
que hieren y ensangrientan los zarzales, 
plantas que, acaso, seguirán por rutas 
y senderos fatales. 

Piedad para sus cuerpos mal vestidos 
que el frío azota y el calor hostiga; 
cuerpecitos dolientes de vencidos 
que caen de fatiga. 

Piedad para sus tristes corazones 
en donde nada canta ni florece, 
yermos que el huracán de las pasiones 
desvasta y aridece. 

Piedad para sus almas sin ternuras 
de donde huyeron ya las alegrías; 
almas faltas de sol, 
almas oscuras como ánforas vacías. 

¡Piedad para sus días sin encanto, 
piedad para sus noches sin sosiego, 
piedad para su llanto, 
piedad para su ruego! 

AL PASTAZA
Tú me recuerdas al Titán vencido, 
en tu ira excelsa, en tu infinita saña. 
Tú, como él, pretendiste la montaña 
escalar, y al abismo has descendido. 

Un implacable dios te ha retorcido, 
como a serpiente colosal y extraña 
y de las pétreas rocas en la entraña 
te hundes aún más y lanzas tu rugido. 

Pero aún tienes aliento todavía, 
a pesar del dolor con que te abruma, 
y, al extinguirse tu imposible anhelo, 

magnífico y terrible en tu osadía, 
a lo alto arrojas tu sutil espuma 
para escupir tus cóleras al cielo. 

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