GONZALO CORDERO DÁVILA


(Cuenca, Ecuador, 1887-1933)



TRAGEDIAS IGNORADAS


Melancólica tarde solariega 
que lloras en la paz de las colinas, 
a donde el eco de los valles llega 
con las íntimas quejas vespertinas; 

senda que el retamal en oro riega 
y erizada de indómitas espinas, 
de las silentes granjas de la vega 
a los bohíos del erial caminas; 

¿en dónde está la flauta gemidora 
que el dolor del crepúsculo sentía 
como si fuese el alma de aquella hora? 

Tarde estás muda, senda estás desierta; 
así, de toda animación vacía, 
queda esa choza, en el breñal, abierta. 

Y el indio ya no vuelve. ¡Pobre hermano 
que de la vida al llamamiento vino 
para vivir besando aquella mano 
que a la abyección torciera su destino! 

¡Súbitamente iluminose el llano 
ante su faz de ignoto peregrino... 
cerró los ojos al dolor humano, 
y se perdió por el postrer camino...! 

Con su propio azadón se abrió la fosa 
que iba a sembrar su corazón inerte 
del camposanto en la quietud llorosa; 

y vi hundirse su carne atormentada 
por el hondo silencio de la muerte 
en el consuelo inmenso de la nada. 

El esquilón dolido de tristeza, 
amargaba la pompa solitaria; 
¡y era en toda la gran naturaleza 
el recuerdo del sol una plegaria! 

La luna su apoteosis de pureza 
impuso a la honda soledad agraria, 
y yo, ante el surco en que el misterio empieza, 
vi en la muerte una noche necesaria; 

porque no tiene la existencia encanto; 
¡para el que cruza por la faz terrena 
como una amarga encarnación del llanto! 

Y ante el ser que en martirio se convierte 
y la vida que es cárcel de una pena. 
¿que fuera de la vida sin la muerte...? 

Dura de agosto el calcinante fuego; 
pero en la linde azul del Cabugana 
se consuela la vista del labriego 
con las nieblas que deja la mañana. 

La bendición del cielo está cercana; 
pronto del campo el íntimo sosiego 
palpitará al clamor de la besana 
y al dulce peso de la vida, luego: 

laderas que sin él no hubisteis flores, 
tierra desnuda que vistió su mano 
del cariño de todos los verdores; 

con su ausencia llorad vuestro infortunio. 
¡Adiós maizales del abril lozano, 
y trigos de oro del ardiente junio...! 

DICIEMBRE

La vida, flor de trébol en el prado, 
murmullo y luz errante en la fontana, 
pone esta vez en mi jardín cerrado 
la dulce primavera más lejana. 

En tremante esmeralda de sembrado 
palpita el haz de la extensión aldeana; 
y sobre ella, radiante y azulado 
se queda todo el día en la mañana. 

Olor de incienso, pajas y floresta 
tiene hoy día la casta perspectiva 
del campo que Belín pone de fiesta. 

Camino del distante Nacimiento, 
Navidad de la dicha primitiva, 
¿por qué no vuelo alegre como el viento...? 

De «OMNIA LUGENS»

Llanura del Azuay, vieja llanura 
de alegre sol y cariñoso día, 
que entre setos, collados y verdura, 
te pierdes en la agreste serranía; 

los diáfanos torrentes de la altura, 
con sus ritmos de extraña melodía, 
te adormirán: aromas y frescura 
tendrás del monte en la quietud bravía; 

pero la dulce lira gemidora, 
esa que vive y siente, cuando llora, 
encanta este rincón americano, 

no te ha dado la gran Naturaleza. 
Nació, cuando del indio la tristeza 
invadió el corazón del castellano. 

De «AMARITUDO MAGNA»

Su huerto, pobre huerto, no recibe 
la caricia de su agua bienhechora; 
y no sé cómo, si él ha muerto, vive; 
¡y no sé cómo, si él ha muerto, enflora! 

No habrá una abeja que sus flores libe; 
tendieron todas su ala emigradora, 
pues en julio faltó quien las esquive 
del frío viento que en las peñas llora. 

Cada día en el bosque que él criara 
muere algún árbol que sin él no pudo 
seguir luchando con la tierra avara, 

y yo, que sé que lo plantó su mano, 
me acuerdo de él, y, de congoja mudo 
me abrazo a los despojos de ese hermano. 

POR MI TRISTEZA

Él, que fue como el sol, alegre y bueno; 
que irradió claridad en la existencia; 
y del abismo al nebuloso seno 
se llevó como antorcha su conciencia: 

que dio su llanto al corazón ajeno, 
y, en la envidiable paz de la creencia, 
se fue del mundo con el rostro lleno 
de la diáfana luz de la inocencia: 

en la amable expansión de su alma franca, 
como el cielo, la brisa o la pradera, 
llevaba el lauro en la cabeza blanca... 

Le vi cruzar los campos paternales, 
contrastando el laurel su primavera 
con el oro senil de los trigales. 

A la tarde fugaz de la alquería 
ya sólo vuelve mi alma. ¡Hora por hora, 
se hizo triste la senda y llegó el día 
en que otra gente en la alquería mora! 

¡Tierra de mi niñez!... ¡se perdería! 
y aunque nadie mi ausencia en ella llora, 
cuando vuelve el recuerdo a hacerla mía, 
mi sol la tarde de esos campos dora. 

Y desde el poyo del hastial ruinoso, 
o la paz de los vientos corredores, 
siento llegar el nocturnal reposo. 

Despiértanse en la sombra los candiles, 
y, en la estancia que fue de mis mayores, 
hay laureles de sombra en sus perfiles. 

Y le vuelvo a encontrar en donde quiera 
que al éxodo fatal detuvo el paso: 
a la azul inocencia mañanera, 
al lloroso tormento del ocaso. 

Mi dolor no le llama ni le espera; 
mas yo a la sombra que pasó me abrazo, 
y me quiero engañar con que le viera 
y a los días de ayer la vida atraso. 

Esta noche, a la lluvia, está desierta 
la calle... entre el gotear de los aleros, 
su recuerdo, sin voz, llama a mi puerta...! 

Suena la hora en las torres misteriosas; 
están negros y mudos los senderos: 
¡cuánto frío de lluvia habrá en las fosas...! 

Ayer y hoy mi vivienda está callada. 
Dura en ella un crepúsculo lejano: 
se queda indiferente a la alborada, 
y le busca el calor del día en vano. 

Me puso, para siempre, la jornada 
ante la inmensa soledad de un llano, 
que no cruzó la voz de mi llamada, 
y mi padre, al confín, ¡se hundió en lo arcano...! 

Desde entonces la sombra del alero,
como mi sombra, es triste. En la tortura 
de hoy, esa noche de mis cosas quiero... 

Sin el consuelo de una estancia obscura, 
cuando escuché este día el son postrero, 
¿a dónde se volviera mi amargura...? 

POR TODO

¡No tienen hora las tristezas mías, 
ni es dolor que da fin este que siento; 
pasaré por el sol todos los días 
seguido de mi sombra: el sentimiento! 

Poblaron mi alma de melancolías 
todos los seres puestos en tormento: 
como las aguas que están siempre frías, 
y el suelo estéril, del raudal sediento. 

El árbol a la tierra encadenado; 
el granito, indolente a las edades; 
el cielo a los misterios condenado; 

y el indio, esa alma triste de la quena, 
odiado por sus mismas soledades, 
¡y encarnación viviente de mi pena...! 

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