ROSARIO DE ACUÑA


Madrid-España, 1850 - Gijón, Asturias, 1923


ECOS DEL ALMA

Raro capricho la mente sueña, 
será inmodesta, vana aprensión. 
Tal palabra 
no me cuadra; 
su sonido 
a mi oído 
no murmura 
con dulzura 
de canción; 
no le presta 
la armonía 
melodía 
y hace daño 
al corazón. 

Tiemblo escucharla; ¿será manía? 
Oigo un murmullo cerca de mí: 
no me cuadra 
tal palabra, 
que el murmullo 
que al arrullo 
de la sátira 
nació, 
me lastima 
con su giro 
y un suspiro 
me arrancó. 

Si han de ponerme nombre tan feo, 
todos mis versos he de romper; 
no me cuadra 
tal palabra, 
no la quiero; 
yo prefiero 
que a mi acento 
lleve el viento, 
y cual sombra 
que se aleja 
y no deja 
ni señal, 
a mi canto, 
que mi llanto 
arrebate 
el vendaval. 

En las orillas del mar

A MI MADRE

Madre: si esto que escribí
Lograse al fin agradar,
El lauro no es para mí,
Que es de mi ser el pensar,
Y el ser te lo debo a ti.

Rosario

Madrid, Marzo 1874

EN LAS ORILLAS DEL MAR

Si quieres aprender a rezar,
Ve a las orillas del mar.
(Proverbio castellano)

Sobre la mar en calma, comprende el más impío
Que lámparas los astros de tu santuario son.
(Álbum de un loco. ZORRILLA)

INVOCACIÓN

Pobre es mi voz para cantar tu historia,
Piélago extenso, do el Señor se mira;
¡Cómo podré decir la inmensa gloria
Que tu grandeza colosal respira!

Pero mi acento alcanzará victoria,
Ecos sonoros logrará mi lira,
Si unes tu encanto al pensamiento mío
Prestándole belleza y poderío.

CANTO I

Brotó la creación de entre la nada,
En los pliegues de un manto de zafiro,
Envolvióse la tierra enamorada…
¡Era la mar que la siguió en su giro!

Piélago inmenso, su confín se ingnora;
Crestas movibles de rielante plata
Ocultan las riquezas que atesora,
Bordando en curvas su grandeza innata.

Transparente cristal donde se miran
Los astros que, prendidos en la esfera,
Del espacio infinito en torno giran
Con inmutable y eternal carrera;

Le sirven, como marco, a su grandeza
Montes helados de nevada cumbre
Y desiertos sin fin, cuya aspereza
Abrasa el sol con su dorada lumbre.

Los continentes besa cual amante,
Y en las blancas rompientes de su espuma
Levanta arrullos, que la brisa errante
Arrebata al pasar entre la bruma
......................................
Cuando el hombre en su ribera
Contempla su majestad,
Del cielo en la limpia esfera
Presiente la eternidad,
Santo fin que al alma espera.

Y abarca la inteligencia
En los giros de su vuelo
La sublime Omnipotencia,
La inmensidad de otro cielo
Y el seno de la conciencia.

CANTO II

El hombre ante él inclina la cabeza
Y siente de entusiasmo henchida el alma,
Bien al mirar su indómita fiereza
O al contemplarle en su tranquila calma.

Miradle en ella; suave se desliza
Besando en perlas la menuda arena
O la esbelta palmera que se riza
Con aura leve, que el espacio llena.

En mil festones, cual de nívea pluma
Orla la inmoble y solitaria roca,
Hermoso cinturón de blanca espuma
Que enamorado sus cimientos toca.

En los espacios, limpio azul ondea
E impregna con su claro transparente
Onda que perezosa se recrea,
Jugando con la arena dulcemente.

Al retirar sus perlas desprendidas
Leves arrullos por do quier levanta,
Notas que entre las auras van perdidas
Cual los trinos que el ave dulce canta.

El horizonte limpio de celaje
Su última línea sonrosada viste,
Y el lento susurrar del oleaje,
Ruboroso y amante se hunde triste.

Las lindas aves, cuyo nido mueve
De la corriente el perezoso giro,
Su plumaje, tan blanco cual la nieve,
Peinan, lanzando juguetón suspiro.

De su graciosa y nítida cabeza
Leves ostentan sus brillantes galas,
Reinas del mar dominan su grandeza
Con las ligeras plumas de sus alas.

Aparece en la tersa superficie
Un habitante del profundo seno,
Agita levemente y con molicie
De su cola el arqueado remo;

Esparce en torno un círculo rizado,
Y saltando atrevido en el ambiente,
Cual un ramo de conchas nacarado,
Hace brotar desparramada fuente.

A los rayos del sol brilla un momento
El oro limpio de su hermosa escama,
Y al hundirse veloz en su elemento,
Deja movida su voluble calma.

Prende en sus alas la liviana brisa
Rumor confuso de bajel velero,
Y en la playa lo vierte cual sonrisa,
Unido a la canción del batelero.

Y el pescador, en su ligero barco
Apresta redes que llenar confía,
Y la vela flotante tiende en arco,
Y en las ondas del mar su esquife guía.

Hilo de plata y de topacios rojos
En madejas sin fin el sol derrama,
Y turbios quedan de mirar los ojos
Su mano de oro, de zafir y grana.

Dulce y grandioso cuadro a nuestra vista
El mar presenta en su terrena calma.
¡Qué ser hay en el mundo que resista
La sublime impresión que inspira el alma!

Cómo dejar al corazón sereno
Sin emitir la voz que en él levanta
La inmensa majestad de que está lleno,
Y que le dice al pensamiento “¡Canta!”

¿Qué inteligencia habrá que no conciba
Un más allá feliz y venturoso,
Y en su grandeza colosal perciba
Los umbrales de un mundo más hermoso?

Cómo mirarle en calma y en su orilla,
Sin decirle al mortal: “¡Ser desgraciado,
“Cuál la luz que en tus sentidos brilla,
“Que vives entre luchas desgarrado,

“Ellas te roban de tu corta vida
“La santa paz que disfrutar debieras,
“Y pasa tu existencia inadvertida
“Como pasa también la de las fieras!

“Y vuela el tiempo, y contemplar no puedes
“Los mil encantos que tu muerdo encierra,
“Y encontradas pasiones en sus redes
“Innobles te sujetan a la tierra.

“Y en los goces ficticios que te brindan
“Caminas sin mirar tanta belleza;
“Cuida que las pasiones no te rindan
“Y humillen, para siempre, tu cabeza!”.

Esto pensamos del humano orgullo
En las orillas del tranquilo mar,
Y en los leves sonidos de su arrullo
Los ecos dicen: “¡Aprended a orar!”

Y se pierde en el cielo la mirada
Rápida atravesando el firmamento,
De sacrosanta fe vuela impregnada
Entre las alas del ligero viento.

Latiendo vibra el corazón amante
Al impulso del amor diviso,
Faro deslumbrante de luz brillante
Que enseña al hombre su inmortal destino.

Y comprendemos en aquel momento
La grande, inmensa majestad de Dios,
Que al solo impulso de su breve acento
Miles de mundos desparrama en pos.

CANTO III

En ruda tormenta el mar admiremos,
No siempre dormido en calma se ve;
El temple del alma tal vez probaremos,
Tal vez en sus pliegues prendamos la fe.

Un velo tupido de pardos crespones
En líneas flotantes oculta la luz,
Doblado se acerca en mil nubarrones
Y entolda los cielos con negro capuz.

El mar, que presiente los besos del viento
Se mece al impulso de ruda presión,
Rugiendo amenaza con sordo lamento
Y una ola levanta cual raudo turbión.

Sobre él una racha veloz se desliza
Rodando en las olas con sórdida voz,
Las crestas del agua doblándose riza,
Y pasa y se pierde marchando veloz.

El mar, que la siente, con doble rugido
Deshace su furia creciéndola más,
De intensos vaivenes sintiéndose henchido
Desborda sus aguas con rudo compás.

Revueltos turbiones de formas extrañas
Se lanza en rauda, confusa legión,
Las crestas movibles de inmensas montañas
Destrozan los nidos del cándido alción.

Cascadas de espuma sus cumbres desprenden,
Atruena el espacio su voz colosal,
Y roncos silbidos los ámbitos hienden
Con rápido giro y estruendo infernal.

Abismos inmensos de hondura insondable
Entreabren horribles los senos del mar,
En ellos el viento que cambia variable
Doblando las olas, las hace rodar.

Los genios del agua, tal vez temerosos
Esparcen en ella oscuro color,
Y sombras confusas de tintes verdosos
La prestan aspecto que inspira terror.

Creciendo en instantes la furia del viento
Se torna en inmenso terrible huracán,
Se ensaña en las ondas, y al mundo en su asiento
Coloso moviera, cual nuevo Titán.

Revueltos los mares con fuerza increíble
Se lanzan en forma de inmensa espiral,
Sacúdele el viento, la encuentra movible,
Y en montes de espuma deshace el raudal.

¡Ay! pobre del barco que entonces alcanza
Pues débil cual caña se empieza a romper;
En antro sin fondo rugiendo lo lanza
Y sólo en despojos los llega a volver.

Se apiñan las brumas en calma aparente,
Furiosas las nubes chocando entre sí,
Entreabren su seno bordando el ambiente
Con hebras de fuego, de grana y turquí.

En mágicas luces y extraños perfiles
Se lanzan veloces a hundirse en el mar,
En chispas brillantes deshechas a miles
Su tumba movible las hace oscilar.

El trueno vibrando con ronco sonido
Del cielo en la esfera se siente rodar,
Lejano se pierde cual lento quejido
Que el aire en sus alas prendiera al pasar.

Llenando el espacio de horrible grandeza
Su voz desparrama cual ruge el león,
Retumba en los ecos, su inmensa fiereza
Semeja un terrible, gigante dragón.

En vuelo cansadas las aves marinas
Exhalan gemidos de triste pesar,
Al ver que sus nidos se pierden en simas
Y nunca sus hijos les vuelve la mar.

Por no abandonarlos tardaron su vuelo
Y aliento a su pecho comienza a faltar,
Extienden la vista buscando en su anhelo
La roca que asilo les pueda prestar.

Inútil mirada: el negro horizonte
Ingrato les niega la ansiada quietud,
Ni tronco, ni playa, ni barco, ni monte,
Ni roca escarpada, ni agreste talud.

Dobladas sus alas, turbados sus ojos,
De angustias henchidos se sienten morir,
Y al fin sus helados y mustios despojos
Del mar en el seno se vienen a hundir.

Los monstruos que tienen su reino en los mares
Huyendo se lanzan a su honda región;
Allí las cavernas les prestan hogares
Do esperan tranquilos que pase el turbión.

El cuadro completa algún grito ahogado
Que en eco perdido el viento robó.
¡Ay, pobre infeliz de aquel que lo ha dado,
Ya todo en el mundo para él acabó!



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