JUAN ALCALDE SÁNCHEZ


Valdepeñas-España, 1907 - 1951

FOTOGRAFÍA


Ese soy yo. Frenaros la extrañeza 
de encontrarse mi imagen tan a mano. 
Perdonadle al alcaide el gesto humano 
de exhibir su postrera fortaleza.
Los ojos, de distancia y de tristeza. 
La boca, en la mitad de su verano. 
Como un humilde casco barojiano, 
mi bisoñé de paño, en la cabeza.
Pájaro de carmín por mi solapa, 
Santiago, abierto en cruz, como en un nido, 
cosiéndome a los astros con su grapa.
Lívida luz de ayer. Voces sin ruido. 
Y ese terrible adiós que se me escapa 
desde no sé qué cimas del olvido.

SOLLOZO, FIEBRE, SOMBRA...

Nos queda tu sollozo de piña y de palmera; 
la espiral de tu fiebre, reloj de melodía; 
la sombra de hilo negro de tu devanadera, 
y el torrente más alto de tu melancolía.
La miel que por Sanlúcar se escapa de su cera, 
salándose en la palma de la verde bahía, 
busca el coral más hondo, cayendo, y nos espera... 
¿Tu ardiente miel salada nos queda todavía!
Nos queda en cada yunque tu verso, como en cuna 
Tu costado de plata sangrando en cada luna. 
La tarde color lila de tu ausencia al mirar.
Nos quedan tus violetas durmiendo en las pestañas. 
Y nos queda tu muerte, ¿tu muerte! en las entrañas, 
minera de este llanto que nos deshace en mar.

TIERRA DE NADIE

Zambullido en la fresca serpentina 
de la trinchera en soledad, me leo. 
¿En dónde están las balas esta tarde? 
¿En dónde el enemigo? ¿En dónde el ansia?
Me asomo. No hay temor. Pica el saludo 
que congestiona un campo de amapolas. 
Poso el alma en la tierra que separa 
-tigre en terrible siesta- los dos frentes.
¿Esa tierra! ¿Ese pulso! ¿Ese silencio! 
¿Ese tigre dormido entre dos campos! ... 
¿Quién eres, corazón? 
(Tierra de nadie. 
Tierra entre dos trincheras enemigas.)

ÚLTIMA VOZ A LA AMISTAD


Soy el de siempre. Sufro. Mi silla está baldada
de sostenerme el yeso de estos huesos cansados.
No busquéis nueva lumbre dentro de mi mirada.
Tengo todos los cuentos, de mí infancia, contados.

Me repito. Soy pobre. Si os fatigáis, dejadme.
Soy como el lazarillo que sirve al que mendiga.
Mi súplica es migaja de renuncia: callarse...
¡Dadme un poco de seda para mi pobre ortiga!

Toda esta piedra sabe que mi talán no es mío.
La calle de mi vida naufraga en un desierto. 
Estoy como parado; tengo hielo en mi río, 
y apenas si es ya verde la alfombra de mi huerto.

Mi pulso es vuestro pulso. Mi boca es vuetro jarro.
Mi pie sólo es la abarca que en lo vulgar se inscribe.
Mi diente está amarillo del cotidiano sarro.
Mi latido es tan débil, que apenas se percibe.

Una lumbre, un puchero y una rosa cortada.
Y aquel mantel que guarda de la madre del zurcido.
Y ese gesto doliente de ver que todo y nada
son como esa cerilla que pica en nuestro oído.

Pero quiero un instante que miráis que me muero.
Que recojáis mi enfermo perfil desencajado.
Que acariciáis la sombra de este amor con que os hiero.
Que aprendáis en lo dicho lo mucho que he callado.

Soy vuestro aunque no quiera; pero quiero, y lo soy.
No me queda otra sangre que la que os busca en todo.
Sólo encuentro firmeza si la mano que os doy.
buscando un punto honrado, se cuelga en vuestro codo.

Ya no tengo otra barda para el doliente rayo
de este sol que abotona su sangre con la mía.
Mi setiembre va enfermo de un imposible mayo...
¡Prestadme un poco el muro de la firme alegría!

Mis nobles, mis prudentes, mis cálidos amigos.
Los que escucháis mi angustia como una voz sagrada.
Miradme así: el de siempre, con dedos mendigos.
¡Curadme de estos huesos de mi silla baldada!

EL POETA VUELVE A DECIRLE ADIÓS A SU PAISAJE

A Ernesto Huertas.



¡TENERTE que dejar!... (¡Y sentir pena,
después de los martirios que me has dado!)
Tu aliento es en mi vida la gangrena
que come corazón de mi costado.

Llevo el ansia hecha trizas, nazarena
que recorrió su Gólgota morado.
Pero aún me queda sed para tu arena,
llanura de mi pozo espejismado.

Me voy de tí, sellándote en mirada,
con un dolor de cardo sin espina,
tirándose a luchar, por tus senderos...

Pero sabré mi vuelta a tu posada.
¡Vendré a buscar mortaja en la anguarina
de tu terrón con mosto de luceros!

JARDÍN

Con las ansias que se quedaron frías
de esperar realidades, haremos los paseos.
Habrá glorietas –cruce de rutas imposibles-
con voces degolladas por silencios.
La fuente, sin azogue
para su agudo espejo,
la pondrá la pupila turbia del corazón
y del cerebro:
Agua que apresó espacios sin contornos de carne,
centros de viva luz, mares abiertos,
campos con horizontes de pestañas,
frentes con litorales de cabellos…
Un aire gris y azul –de cobardía
y de ilusión al mismo tiempo-
cantará entre las fechas del ramaje
de los árboles negros.
Por la tarde, la sombra
de una figura morderá recuerdos;
se ceñirá la piedra de su azote
y sangrará las normas de su credo:
Nunca herirás el humo con la llama.
No ordeñarás el agua al hielo.
No tirarás de la venda de angustia
que le tapa los ojos al sueño.
No partirás la caña de cal
de tus íntimos huesos,
para mostrar a ojos idiotas
la vena amarga de tu tuétano.
Y no permitirás que por tus labios
se te vacie el avispero
que te pincha en el alma dos glorias:
felicidad…, remordimiento…
El jardín rugirá en el corsé
de una verja de orgullo de hierro…
¡Rabindranath Tagore
me nombrará su jardinero!

La voz del agua sin vida
es la que empieza a sonar;
en cangilones de versos,
cantando y contando, va…
¡Ay, si el instante que canta
Contara una eternidad!
“A la una
Dio la mula.
A las dos,
El cangilón.
A las tres…”
Y el primer verso
Comiénzase a derramar…
(¡A las tres! Sí, como entonces:
Las tres…, una tarde… ¡Ya!)

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