ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ


Chiclana de la Frontera-España, 1813 - Madrid, 1884


RESPETO


Niña de los negros ojos,
guarte que no digan ellos
tus amorosos enojos,
que habrás de pisar abrojos
si llegan a comprendellos.

Y habrá algún vil seductor
que pise la tierna flor
por más que la encuentre bella,
que no basta a defendella
donde hay pasión, el pudor.

Guarte niña de mostrar
que un sentimiento hay guardado
en ese tierno mirar...
Mira que te han de burlar
aunque yo te he respetado.

No pienses, no, que es desvío
lo que es tan solo piedad,
que aunque ya gastado y frío,
no es tanto mi desvarío
que ultraje tu castidad.

¡No es para mí tal belleza,
yo, que mi existencia loca
manché con ciega torpeza!
Basta un beso de mi boca
para manchar tu pureza.

LA AMBICIÓN 
Soneto

Huye, ambición, al ostentoso lecho
donde reposa el feble cortesano:
donde divierte su cuidado en vano
bajo la pompa del dorado techo.

Airada oprime tu agitado pecho,
en él aborta tu veneno insano,
y resentido al toque de tu mano
el mundo juzgue a su anhelar estrecho.

Mas, nunca imprimas en el alma mía
el hidrópico anhelo de grandeza...
Dame la paz en que vivir solía.

En mi estado infeliz, en mi pobreza,
no desear tan solo apetecía,
que es para el hombre la mayor riqueza.

EL SUEÑO

Fugaz alivio de mi amarga pena;
dulce esperanza en el tormento mío,
ven, y adormece mis eternos males,
¡Plácido sueño!

Toca apacible con tus blandas alas
la sien marchita del mortal lloroso,
que enajenado, en dolorido acento
¡Ay! te demanda.

Cubra mis ojos la nocturna sombra,
cual si la parca con airado ceño
ya preparase a mi funesta suerte
lóbrega tumba.

Huyes veloz, cuando en eterno lloro
dejas sumido el corazón cuitado,
y en negro insomnio, por la mente cruzan
¡vértigos fríos!

¡Ay! triste noche, a mis cansados ojos
mas que a otros ojos fúnebre y sombría,
tiende tu velo, y de la tierra espanto
lóbrega reina.

¡Cándida luna! ¡tu fanal lumbroso
pálida oculta tras de opaca nube!
Huye, y la esfera que de nácar bañas
deja entre sombras.

Que no más luz que los celestes ojos
ni más placer que de mi bien la risa,
dulces alejan de la mente triste
negros temores.

¡Id, mis cantares, a la ingrata hermosa
cama funesta de mi amarga cuita!
Id susurrando y que D*** bella
blanda os escuche.


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