ALFONSA DE LA TORRE


Cuéllar - España, 1915 - 1993



CANCIÓN DE LA MUCHACHA
QUE CAMINABA A TRAVÉS DEL VIENTO

Miradme, soy de barro, 
mi base es media esfera
dos alas me sostienen 
erguidas en el aire: 
las puntas de mi velo.
Pudiera ser tanagra, 
la gracia me circunda,
con los brazos cruzados 
y el pelo en breve moño
decoraría, acaso, 
un hogar apacible 
perdido entre la nieve. 
Soy más que forma grata,
más que perfil en sombra:
un canto de promesa
que camina hacia el cielo. 
Alguien hizo mi carne,
alfarero de espacios
perdido entre planetas
sin gesto y sin facciones.
El formó mi esqueleto 
con las cañas cortadas 
en pálidas orillas
y me surcó de ríos 
azules y calientes 
como un mapa de voces
y soplando en las ramas 
de mi esqueleto blanco 
donde anidaban aves,
encendióme esta hoguera 
de suave movimiento.
Así noté la vida.
Así prendió mis alas. 
En su taller lejano 
de vasos quebradizos
fuí ánfora de sangre,
capullo de doncella 
envuelta en linos tenues. 
No recuerdo la aurora
en que abriendo su mano 
me escapé de sus dedos, 
paloma impetuosa 
de un Noé sin riberas
sobre un mundo en naufragio.
Me esperaban las redes
de todos los caminos 
tendidas en paisajes. 
Me esperaban montañas 
de deseos sin logro 
mantenidas de espuma, 
y ese panal difícil
del amor que nos tienta 
y nos pierde en sus andas.
Y yo inicié mis pasos 
limitada por nubes, 
trascendida de helechos, 
entre frescos rumores
de fuentes y cascadas.
Y salían gacelas
de poemas antiguos
a esconderse en mis pliegues,
y jacintos rizados 
de idilios luminosos 
requerían mi talle.
Mas yo andaba de prisa 
como hoguera de monte 
en noche solitaria,
perdiéndome en la fronda 
como nube en el cielo
cuando el sol se despide. 
«¡Aguarda!», me gritaban
los manzanos silvestres,
la avena estremecida, 
oropéndolas suaves 
de receles pintados
y perdices en celo. 
«¡Aguarda! Los caminos 
serán lagos de niebla, 
las sendas serán dunas, 
el destino, borrasca.»
No importa, soy de arcilla, 
de barro son mis ojos; 
no transparentan miedo, 
no transparentan frío,
sólo filtran colores,
alas de mariposa. 
De estrellas y paisajes
son espejos de agua;
en su lecho de vidrio 
yacen adormecidas 
las bellezas más puras.
¡Qué alegría de triunfo 
mis contornos perfila! 
¡Qué soledad sin tiempo 
los dioses no gustaron! 
Atrás quedan los montes,
los hollados caminos, 
el pan y la guadaña,
el tálamo y la esteva.
A travieso las lindes
de ensenadas radiantes
florecidas de trébol, 
benditas de rocío; 
pájaros me recuerdan 
mi ingravidez de rosa 
cuando me apresa el lazo 
del hondero invisible.
¡Oh dolor! ¡Cómo aprietan 
las venas estiradas! 
¡Cómo hieren los hilos 
afilados del aire 
en la mimada pulpa! 
Intento desasirme,
conquistar las espiras 
concéntricas del viento. 
Todo esfuerzo es amargo,
no conozco las leyes
que regulan la danza 
de la araña en su tela,
Me entregaré al capricho 
del bóreas implacable,
sufriré sus caricias,
cargaré con los odres
repletos de su nada.
Ya me cercan los galgos 
ululantes del hielo,
me acosan sus mastines, 
ánsares y palomas
de polvorientas plumas 
hinchan mis velos puros. 
¡Qué sensación de nave
encallada en escollos 
languidece mis velas! 
Soy acacia rendida 
al huracán potente
que desgaja las ramas. 
¡Si mis brazos cruzados
libraran ligaduras! 
¡Si pudieran abrirse 
en abrazo marino 
hasta remar la brisa! 
Serían los turbiones 
cefirillos de espuma 
jugando en mis cabellos, 
y no iracundos potros, 
no toros embriagados. 
En mallas de coraje 
me debato sin tino, 
muerdo la tierra prieta, 
arrastrándome busco 
las guijas aceradas 
que besará la luna.
Ya no encuentro mi fuego;
he perdido las llaves 
del amor en la liza.
No acierto a enderezarme,
si levanto la frente 
me ciega el coletazo 
de la temida cobra.
He de sorber racimos
de escarcha en los pinares.
trenzar ramos de lluvia, 
domesticar los cuarzos 
del granizo en la noche. 
¡Si lograra encenderme!
;Erguir la enredadera 
de mi cuerpo tendido! 
¡Florecer como yuca 
en las noches de mayo 
hecha tirso de velos!
La ciudad está cerca,
me llegan sus campanas;
coronas de colinas 
apagarán el viento
y habrá tibiezas dulces;
habrá puertas y olores
de hogar y de membrillos
perfumando manteles 
y sábanas de boda. 
Llegaré a los umbrales
de las puertas abiertas
donde me esperan besos. 
Cenaré en las bandejas
que guardarán mi imagen,
y dormiré en almohadas 
de espumosos vellones
escuchando los caños
de las fuentes queridas, 
las olvidadas horas.
He de llegar. El ansia
ahuyentará mi miedo, 
será una mano fuerte
que arranque la impotencia,
un puente generoso 
que del cepo me pase 
a lograr mi destino.
Miradme, ya me yergo,
soy de frágil arcilla, 
me romperé si caigo, 
me anegaré si escucho 
las voces que -me siguen.
Recupero mi ruta 
con los brazos ceñidos.
Zumbidos de colmena
se adentran por las conchas 
de mis oídos sordos.
No puedo detenerme,
he de andar contra el viento. 
¡Qué oleaje me azota! 
¡Qué látigo me ciñe
incoloro y constante! 
Los árboles me miran
con sus raíces ciegas
proyectando en el suelo
movedizas distancias
de animales manchados. 
¡Ser espiga en la noche, 
junto a la acequia verde,
marta resbaladiza 
entre cañas y juncos 
o liebre infatigable,
pero no liebre eterna 
mordida por el hielo, 
sacudida de lluvia, 
flagelada de escarcha 
aullada por los canes
de este viento sin tregua!

Oratorio de San Bernardino. 
(1949)

IRRUMPIERON LOS ÁNGELES

Venían de las olas,
de las aguas primeras creadas con plegaria,
de los mares proféticos latiendo entre los montes,
de los ojos sagrados con pestañas de hierba.

Venían de las ondas morosas sin rüido,
de las blancas corrientes de leches estelares,
de los fondos profundos de líquidas esencias,
de los abismos bíblicos donde callan las voces.

Venían de los líquenes de espuma nacarada, 
de los esbeltos iris sin raíces de tierra,
de las alas de cisne no holladas por el aire,
de las diáfanas linfas sin sorpresa de riscos.

Venían de las claras cortinas de la lluvia,
de las áureas cascadas iluminando árboles,
de metales y hogueras, de resinas ardiendo,
de sahumerios perdidos ofrendados a dioses.

Venían de las gemas y del cristal de roca
y eran igual que flores con carne de diamante,
eran igual que estrellas con ojos de berilo, 
frágiles e intocables rosáceas de los hielos.

Salían de las fraguas de volcanes bullentes,
del cáliz de los cráteres abiertos como bocas;
semejantes a espadas, a hojas de oro fundidas, 
echando por los labios la lava de sus coros.

Se deslizaban suaves u la par que las nubes,
ascendiendo muy alto como huecas calandrias,
fontanas y torrentes les servían de túnica
y eran sus trenzas frescos chorros de surtidores.

Chocaron contra el mármol teñido de crepúsculo,
chocaron contra el cielo sus voces y tiórbas
y eran los instrumentos en sus brazos amantes
dóciles bestezuelas gimiendo de ternura.

Se escaparon las brisas cautivas en zampoñas,
la luz de primavera tintineó en los sistros,
el telar de las arpas desplegó sus praderas
y las cuerdas soltaron los triálogos secretos.

Al temblor de las cañas huyeron los faisanes,
galoparon corceles al retumbar tambores,
todas las sensitivas quejumbres de las dalias 
revelaron sus ecos al besarse los címbalos.
La gracia se volcaba por míticos paisajes
como una cabellera caía con desmayo,
como una cabellera por los hombres del bosque.
esmaltando de fuego las colinas seráficas.
Todos los elementos dejaron la materia,
cesaron en sus cargos al sentir el concierto;
ni nubes, ni metales, ni gemas, ni amapolas
irrumpieron los ángeles.

Oratorio de San Bernardino.
(1952)


APPAREBIT REPENDINTA DIES

¡Qué cansado está el cielo de ser cielo!,

de ser azul y negro,
de ser claro, 
de ser cielo,
qué cansado está el cielo
¡Qué cansadas las olas de ser olas!,
de ser olas inquietas,
de ser olas serenas,
de soñar siempre solas,
¡qué cansadas las olas de ser olas
¡Qué cansados los astros de ser astros!, 
de ser brillantes astros, 
de observar y alumbrar; 
qué cansados los astros de ser castos, 
de ser puros y altos,
qué cansados los astros!
¡Qué cansada la tierra de ser tierra!,
de ser monte y ser piedra,
de ser cieno y ser niebla,
de ser dura y ser tierna, 
¡qué cansada la tierra!
¡Qué cansados los ríos de seguir siendo ríos!, 
qué cansados los ríos de ser bellos. 
de correr sin descanso,
de saber sus remansos;
qué cansados los ríos de sus fríos. 
¡qué cansados los ríos!
¡Qué cansada la luna de ser luna!, 
de ser pálida y una,
de velarse con bruma,
de enjoyarse de estrellas,
de rielar en los lagos y en las dunas. 
¡qué cansada la luna de ser luna!
¡Qué cansadas las flores de ser flores,
de sus tonos y olores,
de sorprender amores,
de sugerir imágenes,
¡qué cansadas las flores de sus trajes!
¡Qué cansado está el tiempo de ser tiempo!, 
de ser tiempo y ser tanto,
de ser tiempo y ser largo,
de ser tiempo y ser viejo, 
¡qué cansado está el tiempo!
¡Qué cansados los días de ser días!,
de volver a ser días,
de ver morir las yemas,
de ver nacer espinas,
de amontonar cenizas,
de acostarse entre ruinas.
qué cansados los días de ser días!
¡Qué cansados los hombres de seguir siendo
hombres!,
de mirarse en espejos, 
de saberse esqueletos,
de esperar a ser muertos, 
de temerse deformes, 
de matar y engendrar,
¡qué cansados los hombres de ser hombres!
¡Qué cansados los muertos de ser muertos!, 
de ser polvo y ser muertos, 
de ser amores muertos,
de ser recuerdos muertos, 
de ser olvidos muertos,
(le llevar cuerpos muertos, 
de aguardar sin luchar,
¡qué cansados los muertos de ser muertos!
¡Qué cansado está todo de ser nada!, 
de soñar con ser algo y no ser nada,
qué cansado está todo de ser todo!
¡qué cansado está todo!
Y qué ansias de alba tiene el polvo. 
qué ansias de ser alba, 
qué ardores de ser oro tiene todo, 
qué instinto de ser vidrio y de ser gracia, 
de ser colmo en su Dios;
de ser en Dios del todo,' 
de ser árbol y brisa y arroyo en Dios,
de ser en Dios arroyo, 
de ser fuente y ser mar.
de ser de veras algo,
de ser de cierto en Dios arroyo y luna, 
pájaro y hombre en Dios,
nubes y tiempo,
fuego y eternidad, 
ser en Dios todo, 
alma y amor en Dios. 
ser al fin algo.
ser al fin algo en Dios,
ser al fin todo.


Oratorio de San Bernardino.

(1952)


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