WILLIAM FAULKNER


New Albany, Misisipi, (Estados Unidos), 1897 - Byhalia, 1962

CINCUENTA AÑOS DESPUÉS


Su casa está vacía y el corazón es viejo
y está lleno de sombras y ecos que no engañan
a nadie excepto a ella, porque aún trata de tejer
con dedos ciegos y torcidos, redes que no sostienen.
Dicen que alguna vez los brazos de todos los hombres se extendían hacia ella,
y planeaban como pájaros blancos esperando sus caricias:
una corona que ella pudo haber tenido para unir cada hebra
de cabello, y sus dulces brazos, el Oro de las Brujas.

Sus espejos saben del testimonio, porque allí
despertó en sueños de otros sueños que le otorgaban
delicadeza cuando se levantaba, coronada por cabellos suaves.
Y con el corazón de él atado y sus ojos jóvenes inclinados
y ciegos, él siente su presencia como fragancia derramada,
reteniéndolo, en cuerpo y vida, en su trampa.

William Faulkner, Albany, 1897- Oxford, 1962
de A Green Bough, 1933, publicado como The Marble Faun and A Green Bough, Random House, New York, 1965
versión © Silvia Camerotto
imagen de Dennis McCarthy ©, Lady in mirror, en Dennis McCarthy Oil Paintings

SI HAY DOLOR


Si hay dolor, que sea sólo lluvia,
y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,
si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte
mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto
tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

Traducción Javier Marías

LA LUNA ESTÁ LOCA, Y BRILLA DÉBILMENTE 

La luna está loca, y brilla débilmente, 
y hurga con los dedos, curiosa, 
en la espesura y los sotos, 
y luego se detiene, 
y mira a su alrededor –la colina 
se impregna de la tristeza que la rodea–, 
y empolva las rocas oscuras 
y las jorobas de grano alineadas 
en solemnes tresnales; 
detrás de cada una de ellas, una sombra 
mira al cielo y escucha 
el silencio reluciente 
de estrellas, vivaces y tristes, que 
circundan a la luna escrutadora, y la observan, 
trastornada y solemne; y vientos monótonos 
meditan allí donde había crecido el grano, 
en campos sin flor que alzan sus pechos 
desnudos contra el año que muere. 
Sin embargo, yo no me muevo, porque 
estoy triste bajo este cielo otoñal, 
porque me he quedado ciego y helado, de pronto, 
al pie de esta colina escarchada, 
y le grito a la luna, transido de un dolor 
ignorado por todos, y la luna, de nuevo, 
me mira con indiferencia, mientras, bajo su mirada, 
el mundo fulge y muere en silencio, 
y las hojas caen y me cubren 
de tristeza y de deseo de estar 
–el mundo espera, frío y marchito–, 
como él, muerto con el año que muere. 

11 DE NOVIEMBRE

Gris es el día, y todo el año es frío,
y por la tierra deshabitada el chirrido de las golondrinas
señala el vuelo austral de la primavera. Nada alberga,
salvo el invierno, la bóveda del firmamento.
Oh, triste tierra, cuando este amargo y lúgubre sueño
se remueva y gire, y reverdezca de nuevo la estación,
por el camino y el sendero solitarios reptará la hierba,
y nadie la hollará, limpiando el paso.
Abril y mayo y junio, y toda la penuria
de un corazón para verdearla, para herirla y despertarla;
de qué sirve florecer, tierra gris de noviembre:
no tienes que interrumpir tu sueño para reverdecer.
La acallada querella del viento en los árboles azotados
estremece a la hierba del camino y el sendero,
y la Pena y el Tiempo devienen mares dorados, sin mareas.
¡Calla, calla! Ya ha vuelto a casa.

COLINAS DE MISISIPI: MI EPITAFIO

Lejanas colinas azules, en las que me he deleitado,
a las que sigue la primavera con pies de plata y el manto
de los cornejos floridos, entonando el «¡Amante!» del pájaro azul,
mientras me dirijo al divisado final del camino.
Que esta suave boca, moldeada para la lluvia,
no sea, por todo dolor, sino áureo dolor,
y que estos verdes bosques sueñen aquí con despertarse
en mi corazón cuando regrese.
¡Y regresaré! ¿Dónde está la muerte,
si en estas azules y soñolientas colinas, allí en lo alto,
tengo yo, como el árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
este suelo que me ciñe me ha de dar el aliento.
El árbol herido no alberga un verde nuevo para llorar
los años dorados que gastamos en comprar dolor.
Que esta sea mi condena, si olvido
que aún queda primavera para agitar y quebrar mi sueño.

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