RAY DUREM


Seattle-Washington-Estados Unidos, 1915-Los Angeles, 1963

PREMIO

UN RELOJ DE ORO AL AGENTE DEL FBI
QUE ME HA SEGUIDO POR VEINTICINCO AÑOS

Bueno, viejo espía,
parece 
que te he guiado por lindos callejones,
te llevé a México varias veces,
a pescar en las altas sierras,
a escuchar jazz en la filarmónica.
Me has espiado toda tu vida,
he vestido a tu mujer,
he mandado a tus dos hijos al colegio.
¿Y qué bien has hecho?
El sol sigue saliendo cada mañana.
¿Alguna vez me viste comprando a un asesor presidencial?
¿O cerrando una escuela?
¿O prestándole dinero a Somoza?
Compré algo de whisky fuera de hora en Los Angeles
pero el comisario recibió lo suyo.
No maté coreanos
ni chicos de 14 años en Mississippi,
tampoco bombardeé Guatemala
ni presté fusiles para matar argelinos.
Admito que llevé a una niña negra
a un baño para blancos en Texas,
pero era mi hija de sólo tres años
y tenía que hacer pis
y yo no supe qué hacer,
¿lo sabrías tú?
Mira, mi piel es algo clara y no es bien visto
que entre a un baño para gente de color;
mi hija es oscura y los de Texas
fruncen el ceño cuando la ven.
¡Ya ni sé cómo ir al baño en el mundo libre!
Viejo hombre del FBI,
has hecho todo lo que has podido,
me hiciste perder algunos empleos,
asustaste a dos o tres dueños de casa.
Me hiciste pelear por este pan
pero no estoy muerto.
Y antes que todo termine,
tal vez yo te esté siguiendo a ti

SÉ QUE NO SOY SUFICIENTEMENTE OSCURO

Sé que no soy suficientemente oscuro
ni enrevesado para complacer a los críticos.
Las metáforas me evitan.
No puedo hallar palabras suaves o amables
para trajear una masacre.
La sangre es sangre y el asesinato asesinato. 
¿Cuál es el sinónimo perfumado de linchar?
Vengan, poetas lánguidos, refinados y soñadores: 
una mujer negra deja los bofes
en la cocina de un blanco 
por poco dinero y ninguna gloria. 
¿Cómo debo contar esa historia? 
Un muchacho negro, más negro que la muerte, 
yace boca abajo en el fango helado de Corea. 
Vengan con su estilo jubiloso
a explicarle por qué no sigue vivo.
Expresen en otras palabras nuestro descontento
con alguna melodía lastimera, 
algún sollozo, un poco de gimoteo,
no demasiado. ¡Y nada de rebelión! 
¡Dios, no! La rebelión es demasiado cursi. 
Ustedes se ocupan de sentimientos más finos, 
muy sutiles —una hoja otoñal 
colgando de un árbol: ¡Yo veo un cuerpo!

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