AURORA ESTRADA Y AYALA


Puebloviejo-Ecuador, 1903-Guayaquil, 1967


EL HOMBRE QUE PASA


Es como un joven dios de la selva fragante,

este hombre hermoso y rudo que va por el sendero;
en su carne morena se adivina pujante
de fuerza y alegría, un mágico venero.

Por entre los andrajos su recio pecho miro:
tiene labios hambrientos y brazos musculosos
y mientras extasiada su bello cuerpo admiro,
todo el campo se llena de trinos armoniosos.

Yo, tan pálida y débil sobre el musgo tendida,
he sentido al mirarlo una eclosión de vida
y mi anémica sangre parece que va a ahogarme.

Formaríamos el tronco de inextinguible casa,
si a mi raza caduca se juntara su raza,
pero el hombre se aleja sin siquiera mirarme.

LLUVIA

No me siento la cara,
Ni las manos,
Ni el alma.
Solo la angustia
Y el violìn vertebral que desgarra una bruja.

Nada saben los que de mí nacieron,
Planetas girando en sus propias órbitas
Y yo, quemándome en un mundo de hielo.

Llevo en los brazos mi propia pena
Como a un niño dormido.
Y la aprieto para nunca olvidarla,
Sin dejar que mi fuego la convierta en ceniza.

Si alguien me toca,
Pensaré en una ánfora,
Quemándose sobre arenas soleadas,
Pero tengo frío…
¿Omar Khayyam, bebiste todo el vino?
Tengo sed. Tengo sed.
Y no hay viento de bosques
Ni rumor cristalino.
Por cada poro una garganta abrasada
Y las nubes lejanas.

No me siento la cara
Sòlo dos pozos locos,
Gritando: ¡Lluvia! ¡Lluvia!

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