GEORGES CHENNEVIÈRE



París-Francia, 1884-1927

INMOVILIDAD

I

Todo lo que he hecho surge ante mí en este instante:
Todos mis actos se alzan, juntos, a un llamamiento
Que no viene de mí: del sitio, de la hora…
Los afronto, sumiso, sintiéndome ante ellos
Sin repro hes, sin pena, sin recuerdos, sin gooz,
Con la única emoción que crea una presencia.
Son igual que los naipes cuando el juego está hecho,
No pueden recogerse, y aunque yo lo intentara,
Sé que mis propias manos no habrán de obedecerme,
Y si quiero gritar, para así recobrarme,
Palabras y sollozos en tumulto se empujan,
Tapando mi garganta, donde quedan, ahogándome.
Si quiero solamente levantarme, me hallo
Preso por un abrazo que se iguala a mi esfuerzo,
Y reviste y moldea mi cuerpo justamente;
Y aún si tuviera fuerzas para arrancarme a él,
Sería como un perro que desgarra un harapo,
Y sin romperlo, huye con espuma en los dientes…
Todo lo que he hecho surge ante mí en este instante.
Sin embargo, soy joven y de mí fluye alma…
Si una manzana hubiera aquí, la mordería,
No por comer su carne; por sentir sólo el jugo
Brotar en torno al trozo que mis dientes mordieran.

II

Pronto caerá la noche. Las ramas están secas.
El alma que difunde cada objeto, la lo borra,
Flotando sobre él con la suave ternura
De la niebla que exhalan los ríos, a las tardes.
Aunque todo ante mí pasa sin detenerse,
Siento la gravedad ansiosa de una espera;
Siento que de las gentes que pasan, de los coches,
De las casas que alzan a lo lejos sus techos,
Va a surgir pronto un ser para llegar a mí.
Y lo distinguirán mis entreabiertos ojos
Màs por su dirección que por su mismo rostro.
Mi vida está segura esperando que llegue.
Y corro las cortinas, sin encender la lámpara,
Dejándome borrar por la sombra creciente,
Para que sólo el alma subsista inalterable,
Y el cuerpo participe de la vida del cuarto.
Pongo en la cerradura la llave; quieto, espero.
Y mi vida, en el tiempo que es como un mar inmóvil,
Apenas, palpitando, alza una leve ola
Y se arranca a su fija existencia en el tiempo.
Pero aún veo pasar a hombres y caballos
Sin color ni volumen, para que así mis ojos
No guarden de ellos más que la forma que pasa.
De pronto, he aquí el anuncio; y me alzo tembloroso;
Ese ruido de pasos es para mí tan sólo,
Pronto resonarán dentro ya de mi casa;
Después en la escalera los apaga la alfombra;
Nada detendrá ya su progreso solemne;
La llave, al abrir, ata un destino cumplido.
Algo termina ahora en mi vida y mi ser;
Ya el pasado no importa; y la ansiedad se vuelve
A lo que en este instante acaba de nacer.

III

La noche que estés triste, llégate a la ventana
Y hunde el rostro en el mar que sube de la calle.
Las voces, los rumores, no podrán distraerte;
Bastará a conturbarte alguna de esas risas
Que parece que estallan al instante preciso,
De una baja alegría, anónima y rastrera.
Y sentirás, de pronto, que fluyen bruscamente
Mil pequeños recuerdos que creíste perdidos,
Y que te evocan todo tu pasado:
Uncamino en que marcha el niño que tú fuiste,
Un granero que se abre de par en par en el campo;
En la cima de un muro, un geranio de púrpura,
Y un implaable rostro que avanzará hasta ti,
Para aplastar de un golpe contra el tuyo, veinte años…
Recordarás también iluminadas calles
Por las que siempre pasas, pero que en esta noche
Surgen con el prestigio de lo que ya no existe.
Olvidarás tu edad y estarás inclinado…
No esperes a llorar; cierra el balcón de pronto,
Y si a tu lado hay una presencia femenina,
Mírala, hasta encender el fuego del deseo,
Y huge luego al silencio de un cuarto en que estés solo.
Deja el rincón del sueño y el balcón hasta donde
Sube la voz, como onda nerviosa por la médula;
Deja los libros bajo la lámpara estudiosa,
La vidriera que muestra el prestigio del viaje,
Y el lecho donde todos tus días tienen fin.
Busa el solo lugar que anule estos hechizos;
Y el alma del contorno que al llegar alteraste
Recogiendo tus pasos entre su remolino,
Te levantará al fin sobre su ola más alta
Para dejarte como testimonio y ofrenda.
Y entonces, sin saber que oras, juntas las manos,
No guardando del cuerpo sin la humana forma,
Sentirás que eres Dios, y tu sostén el mundo;
Y lo mejor de ti, consagrado en ti mismo,
Lo tendrás apresado entre tus manos juntas…

IV

Pesa tanto en mi alma, esta noche, la vida,
Tan cargado está el aire de mi angustia y mi luto,
Que sólo sé pensar en lo que he abandonado;
Y a pesar que, en la noche, aún saben ver mis ojos,
Mis oídos oír y mi piel afinarse
Para ponerme así más próximo a la vida,
Me separa de ella un espeso silencio.
Pero escucho, de pronto, que surge de un rincón
El ruido de las horas que me llega amistoso.
Y presiento el instante de la liberación.
Y después, es un rayo que deslumbra mis ojos,
Y a través de la sombra me une a los otros hombres,
Y endulzo, sin quererlo,
Su trabajo y su llanto que creen solitarios.
Silencio activo que hacia la plenitud me llevas,
Mi inmovilidad basta a extenderte en la noche,
Pues sólo quiero ser como una llama ardiendo
En la sombra que llena las bóvedas del sueño.
…Y he aquí los campesinos que ya van al mercado,
Aquí y allá las sillas guardando nuestras formas,
Un objeto, al azar, que recuerda una mano,
El fuego consumido, la casa silenciosa,
Y la respiración a través de los muros
De todos los que duermen, y los pasos tardíos
De alguien que se recoge, y a quien amo de pronto;
Y yo mismo en la noche, heme aquí como un niño
Que, en el baño, sonríe a su cuerpo desnudo…

(F.F.)
La poesía francesa moderna. Antología ordenada y anotada por Enrique Díez Canedo y Fernando Fortún, Madrid, Renacimiento, 1913.


No hay comentarios:

Publicar un comentario