ARIS DIKTEOS



Heraclión, Creta-Grecia, 1919-1983 



EUNUCO

¿Cómo llegué, o cómo dejé que me 
trajeran a este punto muerto, 
donde el hombre ya no es hombre 
sino solamente un objeto destinado 
al uso ajeno? 
Pero pensaba 
que, sacrificando mis pasiones, salvaguardaba 
la serenidad de mi carne y ganaba 
mi alma; que al impedir 
la consumación del amor, me libraría 
también de sus heridas. 
¿Cómo, Dios mío, 
podía saber que mi alma 
no era independiente de mis testículos, 
que apagando el efecto 
de la pasión no había aniquilado 
su causa? 
Ay, todo ahora 
ha perdido sentido, todo se ha vuelto 
una honda tristeza: esas mil 
alegrías de la naturaleza, que me asedian, 
sólo existen para desesperarme, 
inundando de rabia mi corazón. 
Pero esa tristeza y la desesperación y la rabia 
de nada sirven al objeto 
condenado a la inmovilidad en que me han —o me he—
convertido: mis sensaciones, mis sentimientos, 
no salen de ese punto muerto, 
no alcanzan a templarse. 
El mundo 
más allá de mí, a pesar de mi contumacia, sigue existiendo 
y la vida maquina, pérfida —pero siempre 
inescrutablemente bella y grandiosa. Sólo 
puedo imaginar tales maquinaciones, al saber 
bien una cosa: que habiendo matado 
mi presente, ya no tengo futuro, que pertenezco 
sólo al pasado; que, para la realidad, he 
muerto ya, y aunque estoy vivo, no tengo 
más mi alma. 
La perdí maquinando 
contra la vida —y la vida, para siempre, ahora 
maquina contra mí. Se hizo justicia. 
Y lo he aceptado —el muerto, 
al fin y al cabo, acepta todo. Sólo una cosa 
no puedo aceptar, ni ahora ni nunca 
podré entender: Si dejarme 
dividir fue 
libertad, esclavitud o quizás 
ambas cosas. ¿Quién, al fin, ha 
ganado este sucio juego, 
la vida o yo? Los dos, creo, hemos perdido... 

FESTOS

¿Qué oculto designio me impulsó a pasar de la zona de lluvia 
a la zona de sol? ¿Lo sabía este dios cuando 
me recibía con naranjas y sonrisas bajo la colina, 
allí donde todavía apacible, en el mes de diciembre, el viejo río 
corre entre saúcos y jóvenes plátanos? 
Todo en este 
lugar, en la zona del sol, estaba puesto 
en orden y en línea y cortado 
a mi medida: las montañas, el campo, el río 
y el dios adolescente —y, en la cima de la suave colina,
la ciudad en ruinas. Imagen señorial de la catástrofe 
conocida por sismos y guerras, incendios e inundaciones. 
A la derecha, bajo mis pies, se extendía escalonado 
el antiguo palacio. Restos de columnas, 
muros y escaleras lo insinuaban fielmente, y el palacio 
empezaba a erguirse con sus santuarios y sus teatros y sus salas, 
con sus baños, sus depósitos y sus cloacas, 
todo construido a mi medida, todo preparado 
para mis necesidades elementales hace cuarenta siglos. 
Pero lo que levanto ante mí 
con profundo respeto, lo derriba sin cesar mi 
incansable asistente —el paisaje, elegido sin embargo 
no por mí o por el dios, sino por los antiguos reyes, 
que desearon habitar en la música de las líneas 
y los colores. Por las puertas y ventanas 
se lanza, desbordante de sol y azul y campo lavado, 
el dios eternamente joven, frustrando 
todo mi esfuerzo por revivir lo perdido para siempre, 
y llamándome para que lo atienda y juegue 
junto a él con flores y pequeños animales de las ruinas: anémonas 
minúsculas, langostas enanas, caballitos de la Virgen y lagartos 
ociosos pero insomnes. 
Se habrá dormido la vida aquí, 
pensé, y ahora vivo en su sueño y contemplo 
las ruinas ajeno y seguro, con mi esqueleto 
siempre revestido de selecta carne. 
Pero, de pronto, un 
PROHIBIDA LA ENTRADA en el siniestro foso, 
habitado todavía por la noche, el silencio, el Hades, 
derriba mi mirada, y bruscamente me asaltan 
la noche y el silencio y la muerte: la destrucción 
sin adornos. Estas ruinas y estas tumbas excavadas, 
donde la muerte no cabe del todo, no son Festos 
sino Londres, Moscú, París, yo y mis ídolos 
y mis ideas y mis afanes. Y este joven 
dios, que me recibió con tantas sonrisas y naranjas 
y permanece siempre a mi lado hospitalario, sereno 
y gentil, es el mismo que recibió también a aquellos antiguos reyes, 
ofreciéndoles por morada la música del paisaje, 
indiferente a todo lo demás. Y hoy, desbordante de sol 
y campo y cielo, está aquí, como siempre, para ofrecer 
sus servicios, cortés y diligente, a todos nosotros, los de nervios 
destrozados o insaciable curiosidad, sin importarle 
de dónde venimos ni adonde vamos, 
—porque, no obstante, todo lo sabe. 

EL POETA

He aquí uno que cantó 
en un sediento mes de julio, 
que tuvo sed de intimidad consigo mismo, 
que se buscó en el viento, 
se persiguió en el mar. 
He aquí un hombre sin consuelo, 
porque el mar se encrespaba a veces en su interior, 
porque el viento jugaba a veces en su interior, 
ahora, se perdió a sí mismo en el bosque de los monos, 
se perdió a sí mismo en el bosque de las fuentes, 
a sí mismo en el bosque de los ladridos. 
Vio salir el sol por occidente, 
el cielo bajo sus pies, 
a los vivos bajar a las tumbas, 
a los muertos gobernando el mundo. 
Colmó la sabiduría de su visión consigo mismo 
fundiéndose arriba en imágenes y fantasmas. 
He aquí un hombre sin consuelo que recuerda: 
una isla lo encerró en un círculo de agua, 
las ruinas de una vieja ciudad le enseñaron: 
aprendió que quien tiene memoria gana la paz, 
quien canta, gana el tiempo, pero no tuvo tiempo 
para ganarse a sí mismo. 
He aquí un hombre que canta y recuerda. 
Sabe, no sabe, vive, no vive, murió, no murió... 
La distancia entre el pasado y el futuro lo destrozó 
y vio una escala uniendo la tierra y el cielo, 
y allí, en el cuarto escalón, se sentó sin consuelo. 
He aquí un hombre sin esperanza que cantó: 
vio, no vio, vive, no vive, murió, no murió... 


UN VIEJO

Ahora, sé. Todo lo aprendí. Qué es el paraíso, qué es 
Dios, qué es el hombre. Sobre todo qué significa 
ser hombre: algo tremendamente grande, algo 
curiosamente indefenso frente a su misma dimensión. 
Viví, siempre, cortado en dos, viendo corno un tercero 
a mis dos pedazos en eterna lucha, 
y ahora que los reconcilié he visto que estoy 
separado de los dos, y de todo: y estoy solo. 
La fealdad (un poema feo, un cuerpo feo) 
es soledad. Y la risa, y el dolor, son soledad. 
Y estaba sonriente con ropa ajena, y sufría, 
tratando de hacer la ropa ajena a mi propia medida. 
Tuve un rostro mío y, ahora, no lo tengo, 
no puedo encontrarlo bajo tantas máscaras 
como lo oculté. No quiero ya buscarlo, 
porque tengo miedo de lo que pueda aparecer. 
Dios fue todo, me dio todo: noches 
y días, estrellas y aguas, pájaros, flores, 
mujeres y vino y música —y no los tomé, 
los desprecié llamándolos pecado, 
y pecando, así, sólo por obedecer 
mandamientos diabólicos: la Ley, que niega a Dios. 
Pero Dios es bueno, la vida lo es, el mundo 
alegre lo es, y me ofrece siempre, inclusive ahora, 
que imperceptiblemente me exilio de mi cuerpo. 
¡Extraña sensación! Cuando este cuerpo era joven y vigoroso 
abrazaba al mundo entero como una atmósfera. Ahora,
sus manos infinitas lentamente lo abandonan 
y se cruzan sobre mi cuerpo. Y estoy solo— 
soy mi cuerpo: árbol deshojado, árbol nudoso, 
árbol carcomido y ladeado. Al principio, no me atrevía 
a estar solo con mi cuerpo. Me acusaba. 
Pero ahora tengo fuerza para contemplarlo. Y ha callado. 
¿Qué puede decir? Ha callado. Está solo consigo mismo


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