RAMÓN PÉREZ DE AYALA


Oviedo-España, 1880 - Madrid, 1962



LA PAZ DEL SENDERO

Con sayal de amarguras, de la vida romero,

topé, tras luenga andanza, con la paz de un sendero.

Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba,
y los sones del pájaro que en lo verde cantaba
morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
vertía en el crepúsculo olores celestiales;
víanse blancos brotes de silvestres rosales
y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila se iba mezclando el son
al canto del jilguero, mi pobre corazón
sintió como una lluvia buena, de la emoción.
Entonces, a mi vera, vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
y este ganado era por seis vacas formado,
lucidas todas ellas, de pelo colorado,
y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón: —¡Dios guarde al señor forastero!
—Yo nací en esta tierra, morir en ella quiero,
rapaz. —Que Dios le guarde. —Perdiose en el sendero...
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía,
y queda y dulcemente otro algo que nacia.
En la paz del sendero se anegó el alma mía,
y de emoción no osó llorar. Atardecía.

LA MANDOLINATA

Sobre las ebúrneas gradas bizantinas, 
entre rasos ricos y piedras preciosas, 
van las seis princesas, en sus mandolinas 
modulando gráciles frases amorosas. 
Son las seis princesas de un país distante 
de que hablan las áureas crónicas francesas; 
de un país en donde la brisa galante 
suspiros murmura, son las seis princesas. 
Amalia: corona la regia figura 
las líneas correctas de su rostro fino, 
de Bizancio finge débil escultura 
o frágil madona del buen Perusino. 
Paz: lo austero tiene <le una diosa ática 
que esculpiera Fidias en mármol pentélico, 
y surge en sus ojos atracción simpática 
que esfuma en el ánimo propósito bélico. 
Victoria es capullo de tibia fragancia 
que a un beso temprano de amor se entreabrió; 
luce de las reinas la misma elegancia 
que, a un tiempo, en Versalles, pintaba Watteau. 
Es suave y de brisa la risa de Luisa, 
aroma y conjura los besos soñados 
cuando la princesa deslíe su risa 
que finge por entre los dientes nevados, 
María: sus ojos son de terciopelo, 
ojos que destellan en tenues cambiantes. 
Luce rosas ígneas sobre el negro pelo; 
tal en sus gitanas Miguel de Cervantes. 
Y Ana, en cuyo rostro no es blanca la nieve, 
un ángel ha hilado su cabello en oro; 
de su cuerpo lindo la escultura es leve 
y en sus labios arde de amor un tesoro. 
Sonríen las rosas pomposas y hermosas 
-las mejillas rosas son en las princesas
y las mandolinas dicen quejumbrosas 
secretos que ocultan las bocas traviesas. 
El crin crin armónico tiene indiscreciones 
y al azul lanzando sus notas perladas 
el ritmo modula de los corazones 
y rima destellos de amantes miradas.

De los recios trajes entre brocateles 
cual pálido lirio florece la mano; 
tal trazó sus vírgenes con suaves pinceles 
en sus cuadros místicos el viejo Tiziano. 
El plectro de Concha destaca en la cuerda, 
la mano de nieve nostalgias evoca 
y la vacilante música se acuerda 
al leve y discreto temblor de una boca. 
Hablan indiscretas las seis mandolinas 
de las seis princesas de los labios rojos; 
hablan los secretos de las bocas finas, 
de los pechos frágiles, de los negros ojos. 
Y entre el torbellino de las notas locas 
que brillan con giros mágicos de plata, 
tienen languideces de dolor las notas 
que va sollozando la mandolinata.

LA DIOSA LOCURA... 

Estudio al pastel 
Al Marqués de Valero de Urría 
La diosa locura de risas perladas 
-risas en que perlas desgrana riente 
encendiendo bocas con las llamaradas 
de goces futuros, flota en el ambiente. 
Penden en los muros tapices rojizos, 
cubre el pavimento alfombra escarlata, 
y en los artesones lucen sus hechizos 
helénicos rostros de efebos de plata. 
Los rígidos pliegues de las colgaduras 
simulan solemnes, litúrgicos mantos; 
doquiera, soportan niveas esculturas 
ménsulas corintias de áureos acantos. 
Esbeltas arañas de oro cincelado 
engarzan diamantes de luz refulgentes, 
y en un fino auténtico Palyssi esmaltado 
las rosas de sangre yacen indolentes. 
Dulces violoncelos y tristes violas 
sollozan cadencias de un vals delirante, 
y con blando impulso se mueven las olas 
etéreas, polícromas del mundo elegante. 
Aquí, una Ateniense de húmedas miradas 
ostenta sus hombros para muchos caros 
-se ven en sus formas tibias y rosadas 
los tintes de nácar de mármol de Paros
y entre los sollozos de los violines 
escucha imposible, bella, escultural, 
los dulces requiebros de los paladines, 
uno florentino y otro provenzal. 
Allá, una Teodora beldad bizantina 
que lleva en sus ojos el Bosforo azul 
con suave y lasciva molicie se inclina 
ciñendo su clámide de raso de tul: 
su risa engañosa de mágicos giros 
seduce a un esbelto, gentil chambelán, 
cuya ardiente súplica y tiernos suspiros 
envueltos en notas de la orquesta van. 
Pasea una Médicis maligna, enigmática, 
que enlaza su brazo a un Conde español, 
una hija del Nilo de expresión hierática 
contempla a sus plantas rendido al rey sol. 
De un lado una dama de ojos esmeralda 
su busto recuesta en muelle cojín, 
mientras, misterioso murmura a su espalda 
sentidas endechas un rubio Delfín; 
de otro, un atrevido paje veneciano 
con un cisne blanco en campo de azur 
sus cálidos besos estampa en la mano 
menuda y sedosa de una Pompadour. 
El vals dice lento frases voluptuosas, 
y vense en el fondo entre medias tintas 
gentiles galanes, mujeres hermosas, 
y joyas, y sedas, y tules y cintas. 
La Diosa Locura de risas perladas 
-risas en que perlas desgrana riente
encendiendo bocas con las llamaradas 
de goces futuros reina en el ambiente.

LA BELLA LUCERITO 

(Esbozo de sentimientos que provoca la danza) 

¡Bien, chavita, Lolita, 
Argentinita, Malaguita, todas 
las que habéis celebrado vuestras bodas 
con el monstruo voraz que goza y grita 
y os desea, y al cabo os marchita! 
Vuestra flor al esposo vigor da; 
por su amor teje danzas vuestro pie; 
vuestros ojos se encienden ¡anda ya!; 
el rojo labio es para el beso ¡ole! 
85 ¡Con qué dúctil dulzura 
y sumisión, aurora de un futuro 
próximo, doblegáis vuestra cintura, 
hecha para el supremo abrazo impuro! 
¡Con cuánta gentileza 
enderezáis al aire los amenos 
senos: una realeza 
marmórea, y por la vida hechidos, llenos! 
¡Cuan sutiles y apenas 
grávidas! El cabello, endrina o miel. 
A la boca febril brindan las venas 
un arroyuelo azul sobre la piel. 
¡Y vosotras, adolescentes 
de muslo fino y acerado, 
que por ser sonrientes e inconscientes 
placéis al amor hastiado! 
Son vuestros brazos infantiles 
como un árbol mozo y en flor 
que moviera brisas gentiles 
de juventud y un gran frescor. 
Y vosotras, tan placenteras 
y raudas, como Salomé, 
o tristes, como bayaderas, 
o vertiginosas ¡ole! 
A todas os admiro, ingenuas criaturas, 
ya que en la vida todo baila sin ton ni son, 
y sólo hacéis vosotras ritmos y galanuras 
con pie tan breve como es vuestro corazón.


http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/7480/1/ALE_06_04.pdf

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