PAUL CLAUDEL


Villeneuve-sur-Fère (Francia) 1868 - París, 1955



EL SOMBRÍO MAYO



Las Princesas de ojos de corzo pasaban

A caballo por sendas del bosque sombrío

En las selvas sombrías cazaban

Las jaurías de sordos balidos.



Las ramas enredaron sus finos cabellos,
Se pegaron las hojas húmedas a sus caras.
Ellas apartaban las ramas con sus manos
Y alrededor miraban con salvajes miradas.

Reinas de los bosques donde canta el ave de las hayas
Donde se arrastra el día lívido,
¡levantad vuestros ojos, levantad las cabezas,
Vuestras jóvenes cabezas con rocío!

¡Ay demí! Soy muy poco para que me améis,
¡oh, amigas encantadoras, Princesas de la tarde!
Vosotras escucháis cantar a los remeros,
Vosotras me veíais, pero sin mirarme.

¡Corred! ¡Los ladridos de la jauría se crece!,
Van las nubes rodando por el cielo
¡Corred! El polvo del camino se levanta,
Y el oscuro follaje cae al suelo.

El arroyo está lejos. Va bajando el rebaño.
Yo corro y lloro solitario.
Las nubes se confunden con los montes.
La lluvia los boscajes va bañando

EL RÍO

¡Para explicar el río con el agua, nada hay sino la inmensa pendiente irresistible!
¡Y, a modo de mapa y de concepto, nada sino, en seguida, esta devoración al instante de lo inmediato y de lo cosible!
¡Ningún otro programa más que el horizonte y el mar prodigiosamente a lo lejos!
¡Y esta complicidad del relieve con el deseo y con el peso!
¡Ninguna otra violencia más que la dulzura, ni otra paciencia que la continuidad, otra herramienta que la inteligencia, ni otra libertad.
¡Qué esta cita con el orden y la necesidad que sin cesar me precede!
¡Y no este pie que sigue al pie, sino una masa que aumenta y cobra peso y que camina,
Un continente entero conmigo, la tierra que, tomada por un pensamiento, se despierta y se pone en marcha!
En todos los puntos de su cuenca, que es el mundo, y a través de todas las venas de su territorio,
El río, para encontrarlo, ha creado todo tipo de fuentes necesarias,
Ya sea el torrente ruidoso bajo las rocas, ya ese hilo de lo alto de las montañas virginal que brilla a través de la sombra sagrada,
O la profunda ciénaga olorosa de donde rezuma un líquido turbio,
La idea esencial, hasta lo inalcanzable, enriquecida por la contradicción y el accidente
Y la arteria en su curso magistral ajena a las fantasías del afluente.
Hace girar eternamente los molinos, y una a una las ciudades, gracias a él, se vuelven interesantes y comprensibles.
Arrastra con él y con su fuerza todo un mundo ilusorio y navegable.
Y no hay duda de que, por voluntad de toda la tierra en marcha tras él, no logra superar la última barrera,
Lo mismo que la primera y todas las que le siguieron.

¡Ah, tu Sabiduría antaño conocida! ¡Eres tú, pues, quien, sin que yo lo supiera, caminaba delante de mí en los días de mi infancia,
Y quien, cuando yo tropezaba y me caía, esperaba por mí con tristeza e indulgencia,
Para en seguida, poco a poco, retomar el camino con una autoridad invencible!
¡Eras tú en la hora de mi salvación, ese rostro, tú, digo, alta virgen, la primera que encontré en la Biblia!
Eres tú como otro Azarías, que se hizo cargo de Tobías,
Que nunca te hartaste de ese rebaño de una sola oveja.
¡Cuántas tierras recorrimos juntos! ¡Cuántos peligros, cuántos años!
¡Y tras una larga separación, k alegría de este reencuentro inesperado!
¡Ahora el sol está tan bajo que podría tocarlo con la mano,
Y la sombra que proyectas es tan larga que parece trazar un camino,
Hasta perderse de vista detrás de ti, identificado con tu vestigio!
Quien alza los ojos hacia ti no teme la duda o el vértigo.
Ya sea el bosque o el mar, o incluso la niebla y la lluvia o el cambiante aspecto de la comarca,
Todo al mirar tu rostro se vuelve conocible y dorado.
Y por mi parte te seguí por doquier, como a una madre a la que se honra.

Versión de Régulo Hernández

De “Los mejores poetas franceses”
Selección y traducción de Luis Guarner

Editorial Bruguera. Barcelona-España, 1974

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