LUIS CARDOZA Y ARAGÓN



Antigua-Guatemala, 1901 – México, 1992

NIEVE

Cuando una hormiga cae
ninguno se da cuenta.

Cuando yo estoy sufriendo hasta la médula
sólo yo lo averiguo.

Y se me antoja hoy-no sé por qué zodíaco-
que si sufro lo sepa todo el mundo.

Y que no es justo que padezca solo.

Y que alguna mujer debiera estar llorando
sobre mis metacarpios.
Al menos, ayudándome a llorar.

Me siento solidario con todo aquel que tiene
alguna torva pena, alguna neuralgia,
alguna madre agónica, alguna cárcel suya.

Y sólo pediría una brocha imponente
para llenar los muros de palabras soeces,
hasta que todos sepan
lo enfermamente triste
que un hombre puede estar de igual manera,
de igual simple manera
como caer una hormiga.

SIEMPRE

He vivido casi toda mi vida lejos de mis cielos. 
Pero mis pies están marcados en los códices, 
en la voz profunda de mi pueblo. 
Camino sobre el mar y las nubes que me traje: 
son mi tierra firme. 
¿Quién me la puede quitar? 
Cuando digo que estoy solo es porque no estoy en la plaza pública 
sino en cada uno de vosotros, 
como en los granos la granada. 
Podríais enterrarme en la voz de cualquier niño 
si tiene los pies descalzos y ha visto los volcanes. 
Mis ojos siempre se abren sobre la luz primera, 
y al cerrarlos, sobre mí cae siempre la sombra de mi infancia. 
¿Y todo lo que he vivido, 
me pregunto, toda el agua escurrida entre mis dedos, 
todo lo bailado, no es un sueño? 
No he tenido tiempo para soñar, amigos. 
Apenas si he tenido para no morirme. 
No puedo descifrar el símbolo 
porque el símbolo no es un lenguaje. 
Estoy tan cerca que no me veis 
en las cenizas de los muertos 
y en las manos de los niños futuros. 
Tercamente guatemalteco, 
no necesito recordar, me basta con palparme. 
El sueño no tiene vocales, 
pero tiene llamaradas y tambores mudos, 
y las mismas fogatas 
arden en las mismas cumbres. 
...Si tiene los pies descalzos y ha visto los volcanes.

VOLVÍA A CASA

Volvía a casa entre disparos y engañadas multitudes
ciegas en su tormenta, amado pueblo mío.
Qué trágico, qué duro, qué cruel nuestro destino
de arar sobre el mar y que la luz te enlute.

Desasosiego físico, que podía palpar
como un dolor de muelas en el alma,
me saturaba el cuerpo: zozobra que era náusea, 
entre certeza y duda de tu verdad mañana.

Yo soy mi pueblo ciego con los ojos abiertos.
Mi pueblo luminoso embarrado de sombra.
La realidad y el sueño, la raíz y el lucero.
La guitarra que siembra la semilla del alba.

Por igual me dolían la bala y el herido.
Tu día levantaba sus blancas torres altas
lúcidas de esplendor, oh recio pueblo mío, 
si tu noche invadíame con pirámides truncas.

Sólo soy la guitarra que canta con su pueblo.
Aliento de su barro mi voz suya.




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