JUVENCIO VALLE


Villa Almagro, Nueva Imperial-Chile, 1900 – Santiago, 1999

DESTINO


Emoción sin raíz y sin espiga 
que hincha el corazón de los botones 
y desangra en aromas.
Pestañita de lumbre de mis antros 
por donde va mi tosca melodía 
y revienta en estrellas mi palabra.
Pecado que desgrana su lujuria... 
¡con mis manos de barro lo recojo 
y me parecen rosas sus espinas!
Polen de luz dormido sobre el alma, 
¡Viene ebria la abeja de la vida 
y aparecen los besos como estambres!

MARINA

Cuán triste te espera mi playa de arena. 
Tu mar de belleza se acerca cantando, 
me muerde y me deja su sabor de pena.
Cuando ya rendida te tengo a mi vera, 
te yergues de nuevo, dejándome sólo 
tu beso mordiente de angustia y salmuera.
Mi playa te espera doliente y serena, 
pero en esa danza que cimbra tu vida 
tú rompes mi pobre corazón de arena.
Mi playa te sigue tendida al ocaso... 
Tu cuerpo de fruta, lejano y esquivo, 
¡cómo lo tuviera ceñido a mis brazos!

ROBLE

Cómo le nacen hojas a mi roble. 
cómo revientan flores en mis ganchos!
He sido, apenas, la raíz oscura 
y hoy el amor me da su linfa grande.
Cómo me abrasa un hálito de surco, 
y cómo tremolan mis anillos verdes!
La primavera me besó las manos 
y entre los dedos me cuajó esmeraldas.
Gloria de un pobre gajo carcomido: 
¡hoy también puedo perfumar el aire!
Decir que tengo suavidad de nido 
y lengua de seda que se apaga y arde!
Aves del cielo cobijó mi copa 
y se han vuelto cantos todas mis palabras.
Germinal de ensueños me besó la boca 
y en hojas y flores reventó el milagro!

LA FLAUTA

Esta flauta tan vieja que canta mientras sueño 
¿con qué dedos de azúcar la tocan los pastores?
Mi sombra se divierte y se convierte en vuelo 
por esta simple flauta que silba en la colina.
Finos alambres de oro se cruzan en el prado 
y son como una vela en el lomo del viento. 
Antenas, puentes, febles escaleras de seda, 
¿hasta dónde no llega este tren de silencio?
Danzando al viento vienen por el lado del bosque 
unas sílfides blancas, cándidas como un ala, 
mientras las mariposas con sus cuerpos de loto 
velan el viejo encanto de la hoja de parra.
La flauta de mis sueños en su círculo de oro 
no abandona su siembra de rica pedrería. 
Quiebra al viento los vidrios de sus veinte portillos 
y ardida y simple sigue tocando en la colina.
Unas arañas verdes andan en una hoja 
glosando esa alegría de convertirse en hilo;
una explora su pago, la otra cae al vacío
y así hacen las urdimbres de sus cachemiras.
Es justo el medio día y el sol parece un faro,
mas las estrellas miran la fiesta en la colina.
¿Qué cosa habrá más buena para lavar las sienes 
y florecer, huyendo del pilar de cemento,
que abandonar los remos y tender las raíces
escuchando la flauta que silba en la colina?

MANZANA

Eres el Sur Florido, la ágil manzana verde, 
eres la buena tierra preparada con tiempo; 
y eres el gajo blanco y el racimo de oro 
y eres también la estampa de los naipes silvestres.
¿Qué centauro ardoroso con sus cascos de plata 
holló el musgo ligero donde estabas tendida? 
¿Quién se tendió a la orilla de tu río de sueño 
para pescar tu luna y morder tus mañanas?
Corre, corre tus lomas, grácil manzana verde, 
huye de pampa en pampa la pasión de los toros. 
Nadie te eche su lazo de rocío en el cuello, 
nadie te engañe nunca debajo de las higueras.
Que los faunos ignoren tu cantarito nuevo 
y que ignoren el vaso de tus néctares buenos, 
y la fiesta de cuentas de tus veinte arlequines 
riendo como unos diablos debajo de tu cielo.

LUZ UNITARIA

Quieta y firme en su fondo de dulce índice blanco 
y vale decir de hueso puro o de metal sonoro, 
o vale decir ruiseñor de piedra santa, 
sal descubierta a golpes de herramienta 
o campana cantando a golpe vivo. 
Y vale decir de hermosa piedra congelada 
o de dulce corazón y de lámpara.
Cincelada en celeste como una espada fría 
y mas verde que el delgado corazón de alambre, 
ni el agua limpia que pesa mas que un río 
ni el sueño espeso que le sirve de alimento, 
ni aun el esfuerzo de los elementos primarios 
que establecen su cuerpo ideal en el aire, 
ni la raíz, ni el hueso, ni la lámpara: 
sólo su pura y dulce luz de adentro.
Su brasa inmóvil de duro y seco hielo 
mas que una imperial estrella de hierro azul, 
mas que un agua mineral de agrios filos; 
toda encendida debajo de su pollera fría, 
hecha hoguera y pan blanco, vuelta unísona leña, 
toda retoñando por sus natales substancias, 
labrando una sortija antigua con los dientes, 
haciéndose una cavidad obscura con las unas, 
o un aire propicio para su naturaleza.
Crece su nuez adentro como un órgano nuevo, 
crece como un sol solitario en un vientre, 
como el diente del niño en la leche blanda; 
crece el lento gusano transformándose en hueso, 
crece el blanco carbón, crece hacia adentro.
Luminosa materia, en su gran consistencia 
hay un gusto a pecado, existe un ciego beso, 
una apretada lágrima de sal viva que quema; 
hay un crimen violeta en este anillo espeso, 
en este unido corazón que suena fuerte.

CANTO AL AGUA

El agua azul y limpia y cristalina 
nace desde las lindes de tu pelo 
y baja, libre, hasta tus uñas finas.
Al agua canto y sobrellevo en vilo, 
al agua azul que desvelada crece 
desde tus plantas en delgado hilo.
Al agua, al agua limpia canto y digo: 
desde mi oscuro abismo te presiento, 
aguacopa, aguacielo y agualirio.
Bebe, María, bebe al agua fría, 
pon tu boca en su boca, pon tu vida 
sobre el deleite de esa resalía.
Desde tu pie dormido hasta tu pelo 
súmate al agua en flor -lágrimas viva- 
dilúyete en cristalino terciopelo.
Baja tu frente hasta tocar la piedra, 
busca llorando la raíz del agua, 
búscala de rodillas en la tierra.

EL GRITO

Me dicen 
que respete las leyes, 
la Constitución del Estado, 
los reglamentos, 
las costumbres establecidas.
No puedo acatar nada, 
soy una hoja, 
nada tengo que hacer con esas flores, 
por ese anchuroso lado 
sobro de pie a cabeza.
Me cuentan al oído 
historias edificantes 
de oficiales pundonorosos 
y funcionarios de carrera; 
pero yo soy un pájaro perdido 
no tengo medallas, 
no estoy obligado a nada.
Me crié en la espesura, 
vengo de la hojarasca 
y, ay Dios, si yo pudiera, 
al retornar a tierra 
recobrar mis instintos: 
comerme al hombre quiero, 
al hombre con corbata, 
con bisagra, 
con plancha, 
comerme al hombre quiero.
Me miro en lo que soy, 
entre real, a veces, o hipotético; 
me palpo con los ojos 
y me descubro sobrevivido, 
me pesa sobre los hombros 
el traje de diablo fuerte.
Con ojos inmisericordes 
me contemplo: 
me condeno a mí mismo 
por mi carencia de afirmación y desafío, 
por mi impasible cara de palo. 
Difícilmente encuentro 
razones que me justifiquen.
Apretando los dientes me pregunto 
¿quién te da el pan, poeta, 
si tú no lo sustraes 
destripándote a tí mismo 
—asesino evidente—, 
rasguñando día y noche 
empecinado y mañoso 
sobre una costra dura?
Me vienen ganas incontenibles 
de incendiar la oficina, 
echar al diablo tanta papelería inútil, 
números, oficios, fichas 
horarios y estadísticas 
sin pasión ni rocío.
Tanto fórmula estricta 
y tanto timbre, 
y para arriba y para abajo 
tanto usía, 
y por las orillas 
ningún arranque de la sangre, 
ningún beso salvaje, 
ningún trino.
Entre tanto 
la Secretaria al frente, 
perfumada y alada: 
boca, nariz, garganta, 
pestañas como alamedas. 
Qué hace tu sangre antártica, entonces, 
bestia domesticada, 
qué hace tu diente carnicero, 
perro de presa.
Tránsito suspendido, 
subió la leche, 
no hay carne en ninguna parte, 
escondieron el té; 
debes pagar impuestos, 
te queda un saldo en contra, 
debes siete botellas, 
viene la policía.
Irme saltando muros 
como escapado de la cárcel, 
correr con el corazón fuera del pecho 
hasta los propios límites del mundo, 
hundirme en la soledad, 
perderme en el vacío.
Háblenme de la ley escrita, 
del estatuto orgánico, 
de la educación, señores; 
El buen comportamiento 
y las buenas maneras.
Qué tiene que ver con esas plumas 
un buscador de miel como yo, 
un picaflor, a penas, 
que con el aire puro se emborracha.
Un día nací, es cierto, 
pero nací llorando 
y tan evidente disconformidad 
afirma mi derecho 
a contrariar los códigos impuestos, 
a defender como una fiera 
mis deleitosos defectos: 
únicas conexiones 
que tienen sabor a vida.

De los buenos oficios
De repente suelen llamarme aparte para decirme 
muy en privado 
y muy a lo amigo: 
"Tú eres un poeta bucólico 
cantor incomparable de la naturaleza, 
no vale la pena que te desazones 
no hay iracundia que valga lo que tu poesía, 
ningún desborde te saque de quicio, 
cuida de no manchar tu inmaculada flor de lis".
Pero yo soy un pájaro porfiado, 
cerril como un peñasco, 
y como mejor puedo 
contesto disculpándome: 
no mi sabio rey Salomón, 
no mi amigo letrado, 
no mi señora de moño y copete. 
Seguro de mi causa 
-en un rictus largo de oreja a oreja- 
yo debo todavía dar las gracias: 
esa maleza no me perturba el seso, 
no me enreda los pasos 
ni ensucia mi flor de lis.
Yo no le canto a esas malas hierbas 
-qué cosas me suponen-, 
procedo por higiene solamente, 
señalo el tumor maligno para que lo extirpen; 
con acento patético 
expreso el hecho absurdo 
que inquisidores retrasados 
-enquistados sin saber como entre los libros- 
estén dictaminando a gritos sobre la poesía.
La poesía es libre como el rayo, 
incorruptible como el oro; 
hace llorar a veces como una cebolla abierta 
o es difícil de mascar como el pan duro; 
ningún extraño le entierra el diente, 
no admite lazos ajenos en su cintura, 
anillos frívolos en sus dedos.
No traten de domesticarla con elementos de
tortura, 
coronándola de espinas 
o haciéndola sudar sangre; 
la poesía es como el diamante, 
no la pulverizan con palabras gruesas; 
cuidadosa de su persona y su tocado 
no admite engaños, 
orgullosa de sus orígenes 
no podría aceptar ásperas carrasperas, 
arranques trasnochados.
Santa Teresa se sentiría enclaustrada, 
Quevedo se desangraría por sus viejas heridas, 
a Baudelaire le saldrían canas verdes, 
Rimbaud retornaría al Africa, 
Mayakovsky volvería a suicidarse.
De eso solamente se trata: 
dejar tranquila a la reina en su estrado 
o, lo que es lo mismo, 
no enturbiar el agua limpia.
De todos modos, muchas gracias.

Me Muero Irremediablemente
Me estoy muriendo en una Biblioteca 
entre libros en fila, 
testigos filósofos del hecho; 
libros que desde lejos me contemplan, 
mudos por fuera, 
pero por dentro llenos de elocuencia,
y a quienes digo: 
un momento Jorge Manríque, 
San Juan de la Cruz, espérame, 
Perdóname, Quevedo.
Pidió mi muerte a plazos 
el director del establecimiento, 
la decretó el Ministro a ciegas, 
y las paredes frías 
quedaron silenciosas; 
el techo de cemento 
todavía no se viene abajo, 
los mármoles del piso 
parecen lápidas.
Oídlo por mi boca: 
me muero día a día. 
Que lo digan simultáneamente 
mi compañero Alfonso Montenegro, 
mi amigo Juan Cavada, 
la señora Emma, 
las tres Marías de la Biblioteca
las dos Zulemas. 
Y también los más jóvenes, 
desde hoy sentenciados 
a morir con el libro en la mano.
El alma se me cae en los tinteros, 
nado en un mar de fichas y papeles,
archivadores, cartas, 
máquinas de escribir, feroces máquinas 
de sumar y multiplicar congojas, 
timbres eléctricos, 
gritos del emperador doméstico, 
números, oficios: 
me falta el aire azul, 
me ahogo irremediablemente.
Soliciten una junta de médicos, 
traigan sus instrumentales los doctores, 
alargadme una rama, 
llamad a los bomberos. 
Aquí se necesitan 
brujas en una escoba,
exorcismos violentos, 
uñas de la gran bestia, 
amuletos o cruces 
para espantar el diablo en esta casa.
Píldoras para la libertad perdida, 
cuerdas de salvataje, 
una ventana abierta al sur, 
un caballo ensillado, 
una ráfaga.
Venid con yerbas frescas 
para mi mal de adentro;
necesito con urgencia una botica, 
yo todo me lo tragaré de golpe: 
mis días están contados 
pero aún pudiera ser tiempo.
Poned un radiograma a los poetas, 
que los colegas sepan la noticia, 
que nadie ignore cómo me encarnecen, 
un cable que escuetamente diga: 
"por disposición del jefe de Servicio 
—un malo de la cabeza— 
a esta hora se está muriendo, 
irremediablemente, 
Juvencio Valle 
en la Biblioteca Nacional de Chile".

En donde se aconseja
no volar más alto
que los pájaros
Mas no volaremos tanto. Todavía nos quedan 
verdades de ver y de tocar en tierra firme. 
Al tenor de tanto himno celeste desbordado 
cantan también las aves. 
Los pájaros del cielo 
y de la tierra juntos. Exaltado conciertos 
en este anfiteatro que va de rama en rama; 
al compás de una misma e invisible batuta 
cantan todas las aves del bosque reunidas.
Así, la diuca araucana, de albo delantal; 
el chincol repentino, de militares bríos; 
el jilguero romántico; la enamorada torcaza; 
el tordo todo de luto; el zorzal silbador 
la loica damnificada, de ensangrentado pecho, 
el pájaro carpintero, empecinado artesano 
que hace retemblar con su pico todopoderoso 
las enormes columnas de este lírico Olimpo.
Esta rápida enumeración es incompleta, 
que aún quedan allí cantando en el olvido 
celebérrimos maestros del madrigal más dulce, 
todos de sobresaliente cartel en esta plaza.
Y, además, el concierto de los sapos. 
La ilustre sapería cantando a voz en cuello 
debajo de la noche, en su proscenio líquido; 
a toda orquesta, ateridas batuta y levita; 
sus largas y enfermizas querellas con la luna, 
sus castañuelas secas y sus tenaces crótalos, 
sus contrapuntos sin fin con las estrellas.

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