FRANCISCO DONOSO


Llay Llay-Chile, 1894 - Santiago, 1969


EL RUMOR DEL RÍO


“Dejé muy lejos el río
y, sin embargo, está cerca;
cerca el murmullo tranquilo
de sus aguas que se alejan.
Dejé muy lejos el río
y, sin embargo, está cerca.

Hiere el sol con dardo estivo
y las sombras caen rectas;
diamantes que rayan vidrios,
las cigarras de la siesta.
Dejé muy lejos el río
y, sin embargo, está cerca.

Los eucaliptos floridos
mantienen sus dagas quietas;
y en cada flor de eucalipto
rondan zumbidos de abejas.
Dejé muy lejos el río
y, sin embargo, está cerca.

Los caracoles marinos
guardan rumor de mareas;
pero el rumor de los ríos
vuela en cigarras y abejas”.

EL AGUA

Yo vengo del imperio sagrado de lo blanco,
donde el sol y la nieve lanzáronme a la vida:
y, loca de alborozo, de barranco en barranco,
he bajado hasta el valle de amor estremecida.

En mi largo camino, yo vencí el duro flanco
de las rocas soberbias; y de cada florida
soñadora ribera mil suspiros arranco
para llevar su aroma sobre mi luz dormida.

Por tercos roquedales, por arenas y frondas,
buscando los abismos amargos de los mares,
caminaré entonando los versos de mis ondas;

porque yo sé que un día me verán los querubes
llorando en los divinos silencios estelares,
llevada por los vientos, barqueros de las nubes. 

EL POEMA

El poema mejor nunca queda en los libros.
Va viajando en los barcos de los grandes silencios
por las aguas remotas de todos los crepúsculos
cargado de nostalgias igual que un marinero.

El soneto de Arvers no era más que el epílogo
de un poema que siempre fue soñando de lejos
las palabras son garfios que destrozan las túnicas
cuando pasan por ellas los más finos ensueños.

El idioma pretende coger las mariposas:
aprisiona colores, pero nunca misterios;
nuestros ojos verán sus matices brillantes,
pero nunca los ritmos delicados del vuelo.

El poema errabundo que navega en el alma
deja solo sus huellas en la estela del verso;
la música celeste que eleva hacia los éxtasis
no está en las cuerdas finas ni en el dorado plectro.

Dice más que una estrofa la música lejana,
el rumor de las hojas que acarician los vientos,
el silbo de los trenes que nos dicen ausencias
o la vieja canción que nos trae un recuerdo.

Dicen más que un poema viñetado en un libro
las sutiles fragancias que nos vienen de lejos,
el olor de los campos, la tierruca mojada,
o el perfume que retorna en silencio.

El poema ya escrito no es ya más que una esfinge
inmóvil en el bronce o en el mármol egregio:
¡y el poeta no puede repetir con su lengua
el “¡Levántate y anda!”, milagroso del Verbo!”

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