FABIÁN VACA CHAVEZ

Trinidad, Beni-Bolivia, 1883 – La Paz , 1949


MADRIGAL


La necia multitud alborotada 
vio con asombro en ocasión pasada 
un eclipse lunar; 
y yo, que en mi aposento estrecho 
escuchaba el bullicio desde el lecho, 
me puse a murmurar: 

Con júbilo profundo 
anuncian los astrónomos al mundo 
de un eclipse la próxima ocasión; 
y no saben, los tontos, que en los días
en que abrir la ventana no solías, 
¡hubo eclipse de sol en tu balcón! 

TRISTEZAS

No me puedes negar que siempre lloras: 
el resplandor que en tus pupilas arde 
ya no tiene la luz de las auroras, 
sino las palideces de la tarde. 

El extraño fulgor de tu mirada, 
de tu mirada pudorosa y bella, 
es una claridad arrebatada 
de alguna errante y solitaria estrella. 
Por eso la nostalgia te consume 
y en tu cerebro el desencanto anida; 
y el mundo, que es tan necio, no presume 
los ignotos dolores de tu vida. 

Yo también, como tú, no encuentro calma 
y vago por el mundo, triste y solo, 
llevando en las estepas de mi alma 
la nieve de los páramos del polo. 

Nuestro mutuo sufrir Dios lo ha querido. 
Tal vez la comunión de nuestra pena 
nos salvará mañana del olvido, 
pudiendo ya exclamar: "la vida es buena". 

CRIOLLA

Bajo de tus finas cejas encarnadas 
refulgen tus ojos de brillo andaluz, 
y son un poema tus negras miradas 
de amor de ternura, de fuego y de luz. 

Sobre tu cadera recia y prominente 
caen tus cabellos con sensualidad, 
semejando un río de rauda corriente 
hecho de perfumes y de obscuridad. 

Nada hay que supere tu gracia divina 
cuando vas tendida sobre un carretón, 
o cuando contemplas el sol que declina 
desde el camarote de una embarcación. 

Cuando sus ardores agita la siesta 
y en la hamaca entonas alguna canción, 
vibran en las notas de tu voz de fiesta 
todas las ternezas de tu corazón. 

A veces navegas en una canoa, 
coqueta, sonriente, graciosa y veloz; 
y al ver que se yergue tu busto en la proa 
tordos y maticos modulan su voz. 

¡Qué voz más suave que tu voz canora! 
¡Qué rosa más fresca que tu fresca tez! 
De todas las almas eres la señora, 
púdica y mimosa y altiva, a la vez. 

Frescuras y trinos te ofrecen las frondas: 
el sol sus caricias, su luz, su calor... 
En tu cuerpo dejan sus besos las frondas 
y sobre tus labios los deja el amor. 

Por las verdes pampas, ricas de palmeras, 
llevan los corceles tu busto gentil, 
con un movimiento que da a tus caderas 
el ritmo ondulante, sensual y sutil. 

La luna te besa con su luz de plata, 
las aves modulan sus voz de cristal; 
y mientras tú escuchas esa serenata, 
yo sueño con una pasión tropical... 

Trinidad, 1906 

UN SUSPIRO DE AMOR

En el llano. La siesta. Primavera. 
El sol llueve su luz torrencialmente 
sobre la esplendidez de la pradera 
a la que adora con pasión ferviente. 

La luz sobre la fuente reverbera: 
creyérase que el astro sonriente 
sueña con una erótica quimera 
al contemplar su faz sobre la fuente. 

Los tordos pasan en veloz bandada 
como si sorprendieran la mirada 
de alguna oculta y enemiga fiera. 

El viento norte los ramajes mece 
y su vago susurro me parece 
un suspiro de amor de la pradera. 

LA MUERTE DE LAS FLORES

Sobre la fresca lozanía del parque el Invierno imprime sus 
ósculos de hielo. 
Las flores se estremecen. Y el sol, que las contempla 
y que las ama, sufre... 
El sol está celoso. 

¡Oh, qué triste es la caricia de la nieve! 
Al reclamo constante del invierno las flores han cedido. 
Y el sol, que las ha visto cobijarse con el manto del invierno, 
cree que asiste desde arriba a las bodas de las flores con el hielo. 
Y se escucha en el espacio el rugir de una tormenta. 

Las flores no perfuman... 
Las flores están mustias, deshojadas y marchitas. 
Y el sol, que las contempla y aún las ama, ha observado que 
las flores, al cubrirse con el manto del invierno y al abrir a las 
caricias de la nieve sus corolas, no han sentido las ardientes 
vibraciones de la vida ni ha brillado la sonrisa del color sobre 
sus pétalos... 
El sol duda. 

¡Oh, cuán lúgubre es el sueño de las flores! 
Y el sol, que las contempla sin descanso, ya no duda que las 
flores —cuyo aliento no percibe— jamás fueron desposadas con 
el hielo; que las flores, sus amantes, están muertas; y que el 
manto que las cubre no es el velo de las novias, sino el lienzo 
de la muerte. 
¡Y el sol llora y se estremece y no fulgura!... 

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