DÁMASO OGAZ


Santiago de Chile,1924- Caracas-Venezuela, 1990

TIEMPO


Somos un estar anegados de aureolas antiguas

una tolvanera en la osamenta de un iris convulso

succionado por reflejos

que dan forma al vacío de los cristales
hacia un recóndito rumbo extraviado
en el fondo de los delirios.
Vamos transportando desnudos brotes
que taladran los vitrales deshechos
en un desierto de columnas confusas
como lejanas cárceles de eterna luna sin rostro
sin saber bajo qué isla sobrevive el germen
ni qué atmósfera se agita desvanecida en el humo
taciturno y seco de las mareas
llevando siempre
donde un pez petrificado araña el pulso
de la espuma con un eclipse creciente
de alas enrojecidas
un morado cuerno grumoso
semejante a signos invisibles.
Vamos por un árbol en densidades fugaces
con ese musgo alto
esa ermita tatuada en la órbita de la espiga
que cruza su música de ebrio arpegio violado
a la sal de una larva de luces
177degollada en el magnetismo de las playas estáticas.
Oh unificado arcano vas coagulado en los abismos
donde varios mundos te contemplan
abatiéndote en las gotas de un lirio doliente
que aúlla en las rocas efímeras de los cauces.

CONSOLA GRIS

Abro
y surgen formas de vestir,
conductas, actitudes en la punta de los labios
(“¡Dichosos los ojos que los ven!”),
mientras sostienen en el aire la punta del meñique
En una interrogación, en una sombra que se curva en la punta.
Suman miles los encuentros semejantes, miles de agujeros en el perfume
húmedo desplomado sobre la fragilidad amarilla de las páginas.
Reconozco esas identidades tras las tapas afelpadas de los álbumes, 
esas caras que parecen tener miedo de fijarse en los espectadores,
esos cuerpos que han perdido todo peso, toda adherencia, pero que conservan 
aún las costumbres ancestrales y distribuyen esa luz de expresión furiosa 
y posan frente a objetos simétricamente dispuestos,
con relaciones largamente asociables: 
La consola que sustenta figuras talladas que dramatizan los ángulos 
con ademanes patéticos y títulos literarios; el espejo que ha perdido 
la imagen, cuchillo que ya no tiene filo; la palidez magnolia pegada 
a tu oscuro pelo y esa mirada que se ha posado sobre las cortinas y no
las abandona...
De esas estampas opacas, en las que todos lucen como los grupos de porcelana 
de las repisas, se nutren interminables días de asfixia, conversaciones 
que dejan caer las palabras a lo largo del cuerpo hacia las tablas del piso. 
Para quitarme esas hondas huellas 
-y no dar un paso en falso-, 
trabo amistad con el dragón de la consola gris y juntos 
aventamos la muerte en todas direcciones.

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