TERESA SOUBRIET

Alcázar de San Juan (Ciudad Real), España

 I 
Yo he perdido el recuerdo 
De las lejanas tardes 
Sin saber dónde el viento se alejaba, 
Para tener memoria 
Del eco inevitable 
De tu pulso y de tu piel 
Donde todo renace 
Y todo se concluye, 
Donde junto al abismo 
Me asomo a los espacios 
Que me reclaman luego 
Sin remedio. 
El ritmo estremecido 
Que me arrastra, ¿hacia dónde?, 
Y allí las gaviotas 
Y las estrellas fijas 
Y las islas flotantes; 
Allí están desde siempre 
Para ser habitadas 
Solamente un momento. 
Están deslumbradoras 
Las aspas giratorias 
Del molino, la huella 
De las naves perdidas 
Por un golpe de espuma. 
Y tú aquí, pero lejos; 
No hay voz entre los dedos 
Sino profundidad 
De exactas dimensiones, 
Como un presentimiento 
De terror silencioso, 
Una lluvia sin gotas 
Y una suave cantata 
Para el sueño, 
Donde mi corazón 
Quisiera refugiarse. 

 II 

 Aquí Junto a la noche 
La ráfaga sonora 
De la lluvia 
Y tu perfil lejano; 
Tu cabeza 
Y tu exacta mirada. 
Amor, he preparado 
Mis palabras más claras, 
Mis sueños 
Y la ternura 
Que tengo para el árbol. 
Como un álamo, tú, 
Habitante del viento 
Silente y rumoroso; 
Yo me quedo en tus ramas 
Como un pequeño ser 
Estremecido. 

 III 

 Afirmativamente 
Llegaste desde un mundo esperanzado, 
Vital y luminoso 
Donde es azul el sueño 
Y el silencio, 
Donde las golondrinas y los trigos, 
Los chopos y la brisa 
Habitaban contigo. 
Tú conoces la clave 
Para inventar la lluvia 
Y para controlar 
La rosa de los vientos. 
Por el alba se agolpan 
Mis recuerdos de los primeros días 
Ajustando mi paso torpemente 
A tu proyecto firme 
De caminos y mares sucesivos. 
Yo, Mi dulce muchacho de mirada clara, 
Suspendida entre todo tu insomnio afortunado, 
Tengo mi corazón lleno de niebla, 
Sin plumas y sin ecos, 
Atento solamente a tu llamada, amor, 
A tu existencia áurea, 
Entre la hierba mansa de las tardes 
A las que me convocas 

 IV 

 Recuérdame en las tardes 
De los días más tristes, 
Cuando mires los campos 
O las playas desiertas 
Si descubres la huella 
De los peces 
O un grito se derrama 
Sobre las amapolas. 
No olvides que mis manos
Se quedaron vacías 
Reteniendo las brisas. 
Elige si prefieres 
Mi gesto de sonrisa 
O de llanto continuo. 
Dejo mi corazón 
Con un mínimo obsequio, 
Para que lo compartas 
Con las aves, 
O lo lances al mar 
Entre la niebla 

 V 

 Cuando cesa la lluvia 
Y comienza la brisa entre los chopos, 
Se detienen los sueños
 Como ángeles quebrados. 
Puedo escuchar tu voz 
Que me trae la distancia; 
Puedo tener tu pulso 
Inesperadamente. 
Tengo algo que decir 
Acerca del recuerdo. 
A veces, en silencio 
Comienzo a dialogar 
Sin esperar respuesta. 
¿Caminas?, ¿piensas?, ¿sueñas?, 
¿a qué niños sonríes?, ¿sobre que primaveras 
Se abre tu esperanza? 
No dejes que destruyan tu ternura 
Ni olvides que los pájaros 
Conocen la primera luz del alba. 
Yo quiero imaginar 
Cuando cesa la lluvia, 
 Que un signo luminoso 
Surgirá entre la niebla.

Antología de Poesía Amorosa Contemporánea 
Recopilación de Carmen Conde 
Editorial Bruguera, Barcelona, 1969

ELEGÍA A LA TIERRA
                   
Cuando sobre los sueños se levanta
la roja geometría de la tierra,
quiero cantar al chopo y al sendero,
al tordo y a la vid y a la colina;
quiero cantar
a los trigos granados, que dibujan
los mapas de mi infancia.
se me vienen de golpe
los ecos de seles
que habitaron mi mundo.
Porque la tierra es algo que el tiempo no destruye
que espera silenciosa,
que no escapa ni pierde su estructura.
La tierra permanece
palpitante y caliente entre mis manos;
es algo vivo y firme,
donde el árbol sustenta
sus profundas raíces.
Cuando la tierra es roja
se ilumina el ocaso al borde de los cerros.
y en el surco
la frágil amapola, pone su nota tierna,
arrebolada y breve como un vuelo.
Y se tiñen las vegas
y los caminos brotan
encendidos de rojo, brilladores,
como el añejo vino que los pastores beben,
cuando el merino guardan
y el solano sestea.
¿En qué alcores dormidos
crecerán las retamas
que erizaban sus hojas sobre el polvo?
¿Sobre qué encrucijada se perdió como un silbo
el aromado viento?
¿Quién escucha, gozoso, el grito de la tórtola
y el rumor de la lluvia en el collado?
Soledades abiertas para el ave,
para el árbol y el hombre.
Porque la tierra guarda
las razones del tiempo desesperadamente
mientras cruzan las aves
por el alto paraje del cielo sosegado.

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