RAMIRO DOMÍNGUEZ

Villarrica, Paraguay, 1930

ODA A MI PERRO


Hoy enterré a mi perro.

No sé por qué lo lloro. Tal vez

porque nadie lo lloraba.

Por su pequeña soledad. O por

el reducido espacio de su pena.

Lo cierto es que allí está. Indefenso
al avance de la lluvia y el barro.
Para su ínfima fosa
busqué el lugar más íntimo del patio.
Ahora siento crecer también en mí
el hueco de su ladrido manso.
Para morir, supo apartarse
de todos, encogiendo su asombro
de venirse, poco a poco, abajo.
Quise prodigarle
las pequeñas caricias. El corto
ritual de mimos que sus ojos sumisos
solían arrancarme.
Pero ya había aprendido
el sabio desapego,
el gesto comedido
de los que se están muriendo.
Deposité su diminuto cuerpo
casi a escondidas, en silencio,
como el ladrón oculta su rapiña
para perderse lejos.
Con él se fueron tantas horas
mínimas -que no valen
sino centavos de sueño-
como tantas cosas simples que se cambia
un hombre con su perro.
Me volví, mordiendo
una raíz amarga, que aún
me está escociendo.
Lo miro -cuando ya no me ve-
aunque él me está muriendo.

CANCIÓN DE LAS MANOS QUE EMIGRAN

¡Qué buscan estas manos!
-ponen su adiós, en todo lo que tocan:
al agua que se escurre entre los dedos;
-adiós al viento
y a la pálida ronda de las horas.
Al aleteo de las manos tibias,
y en las manos yertas.
-Me iré ... ¡me iré! pero, quién sabe adónde:
¿Vuelves tú, noche; acaso
vuelves tú?
¿O eres el esqueleto de los días:
sólo un abismo, apenas?
Cuando todo se apague, estarás tú, desnuda y sola,
-¡pero, y el ansia! ¿adónde?
El silencio se empapa con el ámbar
Azucenas y rosas dan grandes suspiros olorosos y lloran gotas
de ambrosía sobre la tumba de su mejor hermana.
que destilan, remotas, las estrellas.
-¿Qué fue, en tanto, la luz?
¡Volverás, sí: lo tengo aquí, en el pecho!
¡Su corola de luz abrirá el día
nuevamente, en la noche!
¿Cómo será? -no sé- mas lo atestiguan
la palabra que viene de los astros
y de los ojos ciegos.
Todo palpita en expectante anhelo:
-el alma, el cielo-;
¡y te buscan las manos!,
y te siguen los pájaros:
-la plegaria que brota desde el pecho extenuado.
Y los pámpanos verdes. Y los frutos del árbol:
-¡Luz dadora de vida!
Volverás, sí; tal vez cuando la noche
haya puesto su sombra en mis pupilas;
y otras manos saldrán a recibirte
con jubiloso vuelo.
-Brincará la campana,
sacudiendo el rocío de las flores tempranas:
¿Y, quién dice, si al hueco
de mis manos atadas por el sueño,
no alcanzará la gloria de tu albo mañanero;
y abrirán nuevas alas
mis anhelos vencidos,
hasta hallar otra luz, y otro destino?

CÁNTICO ESPIRITUAL EN TRES MOMENTOS

¡Oh, Dios, mi Dios!
acudo a Vos, porque se ha puesto el drama
que no tiene razón.
-¡Si pudiera soltar lo de aquí dentro
en un grito o una queja!
¡Si pudiera escapar a la presencia
de mi propia conciencia!
-¡o arrancarme y morder esta careta
que me han puesto a la fuerza!
Como muerdo y me trago lo que fuera
la floración más pura
que en mí darse pudiera.
Y todo es tan revuelto, y tan oscuro
se ha puesto, en torno mío,
que si con ansias Os pido,
no sé si Os digo por quién guardo dentro
o por quién tengo que pasar de serlo.

-¿Qué es esto, Dios; que dicen "ser humano"?
que si éste soy, bien lo contrario fuera,
si no se me exigiera
negarme a lo que tengo de más sano.
Por un lado, mi "ser",
por otro, el "parecer",
-no queda en mí, sino tiniebla y humo,
y en medio, un grito que se me atraganta,
con la razón turbada que, me espanta,
se rebela y protesta! -hasta abatirse
supersticiosa, ciega.
Buscan las manos donde asirse puedan:
¡se agitan, vuelan.! -pero vuelven trémulas,
y se quedan yertas.

¡Qué canto triste en noche tan serena!
¡Qué voz más húmeda, para una plegaria!
-parece enferma y lánguida!
¡Pero es mi voz, que sale desde adentro!
y, ¿cómo alzarla, cuando desmayada?,
si no la alzáis hasta la Cruz bendita
de la que pende mi Ansia,
para beber la miel de vuestra gracia
donde Os llagó el acero de mi encono.
Y si mi boca indigna no se abriera,
porque el Amor la consumiera,
¡clavarme ahí, con Vos! pero desnudo:
ya libre de mis hábitos;
y sin esta careta que me oprime,
abate, y me sofoca.
-Entonces, si volviera a "ser", y fuera
sencillamente, un hombre:
sin pasión, ni desmayo;
sin soberbia ni oscuras soledades.
¡Sí, que fuera vivir, perder la vida
donde se la recobre redimida!

Hasta entonces, de acá,
no sé cómo se va.
¡Pero ya me alzaré, con la primera estrella!
Iréme, en pos de ella,
asido al haz de luz,
de un brinco, pasaré
los círculos del día;
y dejaré a la noche burlada y aterida
para alcanzar el Seno de tu Claridad, ¡no ambigua!
sino firme, y sin nubes.
¡Abajo, en los abismos,
resonará la máscara que me quité al saltar!
¡Y han de vibrar
las ondas del espacio con su estrépito!
-¡Y más ha de brillar
tu Claridad con eso!
-Después, han de ponerse las estrellas:
luego mi voz, hecho un suspiro, apenas,
se unirá a la de Tronos y Virtudes
para besar tu Pecho inmaculado
con un Hosanna! inacabado,
y desmayar por fin.
-¡Oh Fin Supremo!
en el Seno sin par de tus Saludes.

UNA GLORIA EN RUINAS

Parábola dulcísima, esa estrella
fugaz, que se elevó en el firmamento
prodigando a nuestro embelesamiento
la breve gloria de su chispa bella.

La vi yo -Tú la viste.. .- y cuando ella
se apagó, aún la vimos un momento,
tras la mortaja de su abatimiento
que sofocó el fulgor de su centella.

Después, los dos, miramos, nos miramos;
sentimos la presencia del Misterio
y detrás del misterio, una luz nueva.,

Volvimos, saboreando el refrigerio
de saber que si al fin nos apagamos,
otra Luz encontramos, que nos lleva.

EL NIÑO DE LAS ALOJERAS

Ya no vale la pena
-decidles que no vuelvan-
que esta noche me desocupen la iglesia
y que me dejen sólo la ventana entreabierta.
Ya no quiero nacer todos los años
como el maíz y la naranja
para que me preparen el patíbulo
también, todas las Pascuas.
En Villa Rica, el niño Cristaldo
y el Niño de Praga.
Frente por frente
El Crucificado de Semana Santa.
Para la Misa del Gallo
Va el Niño Cristaldo
El Niño de Praga
Va para Reyes Magos.
La mayordoma quiere el pesebre
con pacurí y granadas.
(La caña de Castilla para el Calvario)
El pesebre, sólo ha de ser de "ramas".
No hay flor de coco. Tráiganme un ramo
de reseda.
Si faltan velas, del Crucificado
me las darán.
Y avisen, al venir la banda,
Que el Niño está acá.
No sea que la de enfrente
saque su santo de Navidad.
Noches de alojas y de campanas
-que campanero repicará-
Al Niño Cristaldo
lo han puesto desnudo sobre el altar.
Si he de nacer en Villa Rica,
que me pongan un pañal.
Noche sin noche
Luna como de día,
el melón y la sandía.
No tenemos nieve, ni tenemos pinos.
Pero, si tienes calor,
te dejamos mosto en el cantarillo.
Y no me vengan esta noche
con caña de Castilla;
para el Calvario, queda tiempo todavía.
Que abran todas las puertas
-y decidles que vuelvan-.
Hoy naceré en la plaza
con el maíz y la naranja.
Para morir en villa Rica,
volveré a ser Niño Cristaldo
y después, Niño de Praga.

(1970)

POEMA

-He preguntado
si esto es amor
y me dijeron
que sí señor:
esto es amor.

1

Entonces me dijes
hermano,
qué hay de distinto entre los dos.
Entre tu pan y mi pan
corre un mismo fermento de dolor.

Que te parece si juntos
destituimos el silencio
y enarbolamos la voz.

Qué te parece si probamos
hablarnos el uno al otro
con menos viento
con menos viento
y con más calor.
Qué te parece si ganamos tiempo
y acercamos el oído
al corazón.

2

Dejemos lejos la palabra lejos
y que haya un pacto entre los dos. Apenas
cabe aquí el zanjón del pensamiento.
Porque yo quiero incorporarte, abriendo
el ventanal sin luz de tus pupilas
hasta enclavarte -cocotero en flor-
sobre el ancho sillar de nuestro suelo.
Acerquemos la voz. Hagamos alto
al traer y levar nuestros agobios
para instalar el canto y la semilla.
Hazme un hueco en tu oído guitarrero,
alláname el camino hasta tu pecho
y sufre la invasión de mi alegría.

A la vera del tiempo hay un remanso
donde lavar la costra que lastima.
Deshabítame el odio. Desde afuera
sopla un viento mejor para el que quiera.
Regresa al tiempo vegetal que estalla
su violencia estival en las espigas.

Juan, Rosendo, Nicanor
Julio
Nolasco
Celestino
hagamos juntos el mismo camino.

(1968)

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