MARIANO ESTRADA

España, 1947



COMO BARRO

Como barro te quiero, como arcilla,

sin tamiz ni remiendo ni censura;

con la esencia mortal o levadura
con que fue modelada la costilla.

Te requiero mujer, no mantequilla
ni artificio de libro o de pintura.
Que te abunden en barro la cintura,
la cadera, los pechos, la rodilla.

Porque barro naciste, de semilla
que fue barro anterior en andadura
al barniz, al disfraz, a la cultura.

Y del barro tuviste la mancilla
que yo quiero ensanchar hasta la orilla
de la tierra final, la sepultura.

Del libro “El cielo se hizo de amor” (1986)

AÚN TENGO EL AMOR

Yo tengo en el recuerdo la pureza
del verso, de la rosa, del rocío;
yo puedo regresar al mismo río,
tener en el hogar la misma pieza.

Yo tengo en un rincón de la cabeza
el fuego del amor, que fue tan mío;
el beso, la pasión, el desvarío,
los pasos que se dan con ligereza.

Yo tengo un corazón en la corteza,
un vuelco en la razón hacia el vacío
del tiempo, que no acaba, que no empieza.

Yo tengo en el recuerdo la certeza
del sol, de los calores del estío,
del rojo de la sangre y la cereza.

POR AMOR

En el vientre desnudo de esta tierra,
por los dioses jamás favorecida,
he empeñado mis manos y mi vida
con la fe del amor, que nunca yerra.

Y no voy a negar que me ha pesado
la presencia obligada del tocino,
el remiendo abundante, el poco vino,
la inclemencia del tiempo y del arado.

No lo niego, lo abundo y corroboro:
me ha pesado esa cruz como una losa
y a menudo caí desfallecido.

Pero supe apoyarme en el tesoro
del amor prolongado de una esposa
y del fruto que de ella he merecido.

SE ME PONE EL ALMA

Se me pone el alma
solitaria y triste,
descreída y vieja,
porque nadie admira,
porque nadie escucha,
porque nadie sueña.

Porque nadie sabe
mantener el fuego
con aquella leña
que nos dio calores
que nos dio esperanzas
que nos dio creencias

Y la vida pasa
como pasa el hombre
que no tiene señas:
sin dejar constancia,
sin hacer ovillo,
sin hacer madeja.

Sin dejar tampoco,
como deja el aire,
como el agua deja,
una marca honda,
una huella firme,
una firma cierta.

Pues si fuimos fuentes
con el agua limpia,
con el agua fresca,
ahora somos pozos
con el agua turbia,
con el agua negra.

Ojalá los hombres,
ojalá las cosas,
ojalá las bestias,
me trajeran sueños
de la Edad de Bronce,
de la Edad de Piedra.

Donde hubiera arraigo,
donde hubiera calma,
donde el tiempo fuera
el reloj callado
de las grandes horas,
de las horas muertas.

Pero nadie sabe
de ese pauso sueño
que nos da paciencia,
porque todo urge,
porque todo empuja,
porque todo aprieta.

Y el aprieto agobia
y el agobio mata
y la muerte entierra
los amores hondos,
los quereres dulces,
las sonrisas tiernas.

Pues las ansias mueren
y las glorias pasan
y las prisas dejan
a los hombres solos,
entre sueños vanos
y palabras hueras.

Que los pies se cansan
y los cuerpos sufre
y las almas quedan
como el alma mía,
solitaria y triste,
descreída y vieja.

(Del libro Vientos de soledad.)

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